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ÁNGEL AGUIRRE

Homenaje a Clemente Ochoa

Manuel Clemente Ochoa, junto a una de sus obras. 	ARCHIVO/ÚRIZ

Manuel Clemente Ochoa, junto a una de sus obras. ARCHIVO/ÚRIZ

Domingo, 6 de marzo de 2011 - 04:00 h.

CLEMENTE Ochoa es un gran escultor y el reconocimiento de su obra ha sido internacional. No hace mucho, visité con detenimiento su estudio de pintura en Barcelona, situado en la nave de una antigua fábrica de lejía, que él ha sabido acondicionar con su toque personal. Pude comprobar la intensidad y veracidad de su pintura y me atreví a decirle: ¿dónde escondías tanta intimidad de color y vida?Me contestó con su risueño pero parco lenguaje: algunos ignoran que también soy pintor.

Todavía seguimos, a veces, discutiendo sobre el alcance de su palabra "también".

Recientemente, el Ayuntamiento de Cascante ha querido, con muy buen acierto, rendirle un homenaje, recitando pictóricamente su biografía en una muestra retrospectiva de 69 cuadros en dos centros de exposición. El folleto que invita a visitarla, reproduce, a todo color, 28 de esos cuadros, pero su taller podría ampliar el número de ellos.

Como en su obra escultórica, adivino en su pintura tres fases: una primera etapa de juventud prometedora (expone un hermoso cuadro pintado a los 10 años) que termina con la producción académica de la estancia universitaria en Bellas Artes; una segunda etapa henchida de tierras áridas preñadas de color, que me recuerdan a la segunda época escultórica sobre bronce y hierro cortén, donde las figuras emergían de la pesantez basal de la tierra y se remataban en delicados perfiles líricos.

Son sus tierras íntimas y desérticas de Tenerife, de las Bardenas, de los Monegros, etc., amadas hasta el punto, que casi niega su paleta de colores a los verdes de paisajes pastorales, con ríos y mejanas o a los frondosos y misteriosos bosques. La tierra árida, constantemente regada por una lluvia de color, la convierte Clemente Ochoa en "mater materia", materia que germina con todos los colores apasionados del fuego. En esta segunda etapa, adquieren además, singular prestancia los retratos, sobre todo el de su madre, en cuya dulce y sufrida faz, se adivinan todos los tonos de sus paisajes. También pueden admirarse sus pinturas sobre fachadas coloniales o urbanas, que nos muestran, cómo las calles admiradas no son sino una sucesión de caras-fachada que invitan al diálogo vecinal. ¡Inmensa, íntima, gozosa, admirable, esta segunda etapa de Clemente Ochoa!

En la tercera y reciente fase, al igual que en la escultura, se da paso a un mayor geometrismo y visión abstracta de la realidad, desnudada como un pensamiento espiritual que se libera del cuerpo. Sin embargo, su pasión e intimidad vuelven a respirar en sus cuadros a través del color. En esta etapa se alcanza una profundidad tal, que el color se desmaterializa y trasciende en una verticalidad espiral, a lo meramente cósico o figurativo.

En la entrada de Cascante, plantó Clemente Ochoa, el 12 de febrero una escultura, de 3"40 metros de alto, que él denomina Puerta de la amistad. Lejos de los "arcos de triunfo", la escultura y la pintura de Clemente Ochoa nos tiende su mano, que ha creado tanta belleza. Pero esta escultura tiene también su lado de "esfinge", condenando con su mirada a quien no ama la paz y no aspira con fervor la intimidad y extimidad de la belleza.

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