Algunos familiares que esparcen las cenizas echan en falta un lugar que guarde su memoria
D OS hermanos de Pamplona solicitaron recientemente a un sacerdote que convenciera a su madre de que había lugares más idóneos que el altar instalado en el salón de casa para que descansaran las cenizas de su padre. No era para menos, el templete con la urna "echaba atrás" a sus amigos cada vez que visitaban su casa.
Se van a cumplir diez años desde que se instaló el primer horno crematorio en Pamplona y el proceso de incineración -hoy más cómodo y económico que la inhumación- se emplea ya con seis de cada diez fallecidos. Sin embargo, una vez que reciben los familiares la urna con las cenizas éstos no siempre saben muy bien qué hacer con ellas.
No hay normas civiles que regulen dónde y cómo se pueden esparcir las cenizas de un fallecido y mucho menos si se pueden llevar o no a casa . Sin embargo, no han faltado en los últimos años algunas situaciones que se pueden calificar de sorprendentes, como la del grupo de jóvenes que tomaban el sol en el parque de Biurdana de Pamplona y se vieron sorprendidas por una lluvia de cenizas o la que vivieron los vecinos de Ujué hace dos años, cuando el Ayuntamiento tuvo que rogar a los devotos de la patrona local que dejaran de esparcir las cenizas de los difuntos junto a la Cruz del Saludo.
La Iglesia tampoco es contraria a las cremaciones, desde que lo aprobó el Papa Pablo VI, pero sí que pide a sus fieles que sepulten las cenizas en tierra o en un columbario. En esa línea, los obispos italianos van a dar a conocer la próxima semana un documento con criterios sobre el destino que se debe dar a las cenizas.
Sin embargo, muchas veces las dudas son mucho más personales. La pérdida de la memoria del ser querido, la venta de una casa cuando se han esparcido las cenizas en el jardin... Un grupo de expertos ofrece sus reflexiones en este reportaje.
Un ritual de despedida
El teólogo Arnaldo Pangrazzi, miembro del Instituto Internacional de Teología Pastoral Sanitaria de Roma, destaca que los hombres, "con independencia de que tengan un credo religioso o no, están necesitados de rituales para decir adiós a una persona querida". Asegura que "más que el aspecto material de la ceniza, importa el recuerdo, la dimensión interior. Saber que la persona sigue viviendo en mi memoria".
No obstante, subraya que para muchos es importante visibilizar en algun lugar a la persona querida, "algo que se pierde si se esparcen las cenizas". "Las reservas de la Iglesia al acto de esparcir las cenizas, -añade Pangrazzi- provienen de quien pueda utilizarlo como una actitud de desafío a la inmortalidad y a la resurrección".
La Iglesia navarra ha reflexionado sobre el destino de las cenizas de los difuntos y desde febrero de 2007 cuenta con unas normas aprobadas por el anterior arzobispo, Fernando Sebastián, para la construcción y administración de columbarios, espacios en los que depositar las urnas. El documento recuerda que, aunque los cuerpos sean incinerados, la Iglesia "aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos". Según explica el vicario Santiago Cañardo "esto favorece que se pueda guardar memoria a los difuntos y que exista un espacio en el que rezarles y en el que los símbolos cristianos, como la cruz, recuerden la esperanza en la resurrección".
No hay sociología de la muerte
No es fácil abordar el tema de la muerte desde la sociología debido a la escasez de estudios sociológicos sobre la muerte. Así, el Colegio de Sociólogos de Navarra se remite en este tema al trabajo de un puñado de expertos, como el que ha efectuado Jesús M. de Miguel con las universidades de Barcelona y California.
Este autor establece que no existe "una sociología de la muerte o del proceso de morir" y señala a los propios sociólogos como "los primeros defensores del tabú de la muerte". "Las personas no saben muy bien qué hacer con los muertos, ni qué conducta seguir ante un fallecimiento, qué sentimientos tener o cómo expresarlos. No han sido socializados y han tenido pocas ocasiones para aprender", afirma.
Para este sociólogo, "la vida sana, higiénica, que ahora está de moda tiende, sin embargo a ignorar la muerte, que es una realidad que no se puede evitar". Según él, la dispersión de las cenizas "supone la desaparición radical de la persona muerta y con ello se evita la posterior visita a la tumba".
Asimismo, plantea este sociólogo que la muerte es un tema cada vez menos espiritual y menos comunitario "lo cual no supone necesariamente un progreso".
Respeto al difunto
En cualquier caso, desde que ha tenido conciencia de la muerte, el hombre ha mantenido un respeto por los difuntos. Así lo opina José Ignacio Murillo, profesor de Antropología de la Universidad de Navarra, para quien la tradición de la inhumación del cadáver "ha representado en la cultura occidental la vuelta del hombre a la tierra de la que se procede. Hecho que en la tradición cristiana ha engarzado con la idea de la semilla que muere para volver a nacer".
A pesar de la diversidad de sensibilidades y formas de entender la muerte, Murillo piensa que la incineración "no tendría que suponer un cambio en la tradición de respeto y memoria hacia los difuntos, aunque a veces existe el riesgo de caer en la banalización de la muerte y la pérdida de su significado exterior". "Los cementerios -asegura-, además de guardar la memoria individual de los difuntos, posibilitan que se visibilice la idea de la muerte".
Conflictos personales
Rakel Mateo, psicopedagoga de la Fundación Senda, entidad que trabaja el acompañamiento en el duelo y la reflexión sobre la muerte, aborda las motivaciones que llevan a las personas a esparcir las cenizas de sus difuntos. "Hay de todo, personas que lo hacen porque es la voluntad de su familiar fallecido -a pesar de que la idea no les guste demasiado a ellos-, y otros porque la persona no ha dicho nada y ellos han hecho lo que han creído mejor". A veces los conflictos de intereses son intergeneracionales.
Sin embargo, Rakel Mateo conecta con la idea de que es necesario un lugar en el que poder rememorar a las personas fallecidas. "Aunque uno lleve su recuerdo dentro de él, a veces hay una situación de vacío que a la hora de elaborar un proceso de duelo cuesta definir. Por ejemplo, cuando llega el Día de Todos Santos existe el ritual de ir al cementerio, pero quien ha esparcido las cenizas se queda con la duda de si debe acudir o no al lugar en el que lo hizo, porque tampoco aquel fue un ritual como el del cementerio. Hay un poco de lío, la cremación es algo nuevo, muy de moda, y lo que estoy viviendo desde la Fundación es que las personas no tienen muy claro cómo deben actuar, aunque la confusión es también parte del proceso del duelo". Una confusión que ayuda a explicar algunas anécdotas, como la de la señora de Pamplona que salía cada tarde a tomar el café con las cenizas de su marido.
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Una pareja observa el mar Cantábrico desde el Peine de los Vientos en San Sebastián, lugar elegido por algunos para esparcir sus cenizas. JOSÉ LUIS OLLO
Las urnas toman ventaja para el descanso eterno. JOSÉ CARLOS CORDOVILLA
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