El Teatro Gayarre acoge hoy y mañana la obra "Los chicos de historia", un texto sobre la educación de Alan Bennett dirigido y protagonizado por Josep María Pou. No quedan entradas.
Hector contra Irwin, un profesor de literatura que se salta las reglas para transmitir su sabiduría frente a un recién licenciado que busca resultados mucho más inmediatos. Ese duelo es la base de Los chicos de Historia, que dirige y protagoniza (como Hector) el polifacético Josep María Pou (Mollet del Vallés, 1944). La obra fue, además, su estreno como director artístico del Teatro Goya de Barcelona.
Dice que es una declaración de intenciones.
Sí, se estrenó en Barcelona hace año y pico, inaugurando el Teatro Goya. Dejó clara la intención de hacer textos importantes, que conduzcan a la reflexión sin renunciar a la diversión y con una estructura dramática de primera categoría. Me gusta que la gente se vaya a su casa llena de preguntas, como ocurría en La Cabra o El rey Lear.
¿Tiene algo de descubridor para el público español? porque La Cabra la vio en Nueva York e inmediatamente compró los derechos para traerla, y ahora más o menos.
Con esto también. Se estrenó en el Teatro Nacional en Londres hace cinco o seis años, me fui corriendo a verlo, porque soy un fan de Alan Bennett, del que por otra parte nunca se había hecho nada en España. Me gusta mucho ir por ahí, estoy pendiente de todo lo que se estrena por el mundo para encontrar los textos que creo que pueden ser importantes.
¿Por qué no se había hecho nada de Bennett en España?
Es extraño, porque es uno de los grandes autores ingleses. Quiero creer que es porque escribe un teatro con muchísimos personajes y que es más por un problema de producción. Sí hay, sin embargo, publicadas algunas novelas suyas, como Una lectora nada común, en la que con su sentido del humor imagina que a la reina de Inglaterra se le ocurre coger un libro y descubre el placer de leer, lo que está a punto de provocar una catástrofe mundial.
Cuando entregó el premio Donostia a Ian McKellen comentó que no había una obra suya que no hubiera ido a ver a Londres.
Aquella noche en San Sebastián fue muy especial. Es que yo he tenido esa tendencia siempre, desde muy jovencito. Desde los 17-18 años ya con mi primer viaje a Londres no he dejado de ir por el mundo a ver teatro. Soy un fan absoluto del teatro inglés y americano. fue una noche mágica. Esta noche [el pasado jueves] en el Teatro Nacional de Londres, en el mismo escenario en el que se estrenó Los chicos de historia, se estrena la nueva obra de Alan Bennett, The habit of art. No hace falta decirte que estoy deseando encontrar 24-48 horas, que será dentro de dos semanas, para irme corriendo a verla.
Marcos Ordóñez define la obra como una partida de pinpón intelectual entre los dos profesores. ¿Recuerda en su época algún Irwin o algún Hector que le dejara huella?
Bueno.... no. No recuerdo antes de la universidad a ningún profesor especial, tan particular como Hector, que me contagiara el placer de ser culto, de disfrutar del cine, del teatro. Pero sí tuve ejemplos de los otros, de los malos, yo recuerdo el terror con el que iba a una clase de matemáticas de un profesor al que llamábamos Atila, porque suspendía a todos con un 1. Sin embargo luego sí dí en la Escuela de Arte Dramático de Madrid con un profesor que era un gran actor, Daniel Dicenta. A lo mejor si no me hubiera encontrado con él ahora no sería ni actor, ni estaríamos hablando.
Ahora que se habla tanto de Bolonia y de reformas educativas, ¿Se olvidan quizá de la importancia de los Hectors?
Exacto. De ese tipo de maestro vocacional, que va más allá de los planes de estudio y los horarios, que tienen un compromiso personal con cada alumno y que se preocupa de algo que creo que ya se ha perdido, la enseñanza humanista. También hay que decir que Bennett es muy inteligente, y hace que ni los buenos sean buenos del todo ni los malos sean malos del todo.
En la obra compiten en una especie de seducción al alumno.
Claro. Hay un combate entre los dos porque de alguna manera enseñar es seducir y dejar huella. Eso es lo que pretende Héctor. A mí me sigue poniendo la piel de gallina cuando dice determinadas frases que definen muy bien su concepto de la enseñanza, como: "Pasar el testigo, ésa es nuestra única obligación".
Hace unos días, por cierto, pasó por el Gayarre Concha Velasco, con La vida por delante, dirigida por usted, y decía que usted le hizo sufrir un poco.
(Risas) Cuando yo como director del Teatro Goya la llamé para este proyecto me contestó que sí, pero a condición de que lo dirigiera yo. Yo tenía otros planes, pero lo acepté como un reto. Fue ella la que me dijo que la tratara como la chica que estaba empezando. Trabajé con ella con mi concepto del teatro que no es de látigo, sino de trabajo. Es verdad que ensayo seis y siete horas diarias, y a lo mejor Concha y otros actores están acostumbrados a un tipo de teatro donde a las tres horas de ensayos ya están cansados. Pero debo decir que dio una lección de entrega, de colaboración, de humildad... ella dice que se puso enferma. Efectivamente. Estábamos ensayando en pleno invierno, en una sala con suelo de mármol y le pedía que tenía que caminar de una manera determinada, con unas zapatillas. Ella lo hizo descalza, y claro al segundo día cogió un resfriado brutal.
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Josep María Pou, en el centro, con los alumnos de Los chicos de historia. DAVID RUANO/FOCUS
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