C HAIKOVSKI confesó en carta (15 de noviembre de 1880) a Nadezhda Filaretovna Frolovskai (1831-1894) señora von Meck: "Mis órganos auditivos están hechos de tal modo que no admiten ninguna combinación del piano con un violín o un chelo. Los timbres de estos instrumentos luchan entre sí y os aseguro que escuchar un trío o sonata con violín o chelo me resulta una verdadera tortura".
Pero Nadezhda von Meck -generosa mecenas del compositor durante trece años con una condición explícita: no verse nunca en persona- esperaba un obra para el trío que ella mantenía y cuyo pianista era un portentoso joven llamado Claude Debussy. Chaikovski supo vencer su reticencia y compuso su único y espléndido trío, op. 50, "A la memoria de un gran artista", gran amigo suyo, Nicolas Rubinstein, fundador del Conservatorio de Moscú pero oscurecido, como músico, por su hermano, el brillante Anton Rubinstein, pianista de carrera internacional -nada que ver con el polaco Artur Rubinstein-.
Chaikovski tenía razón. El trío con piano encierra la dificultad esencial de que reúne instrumentos de naturaleza y sonido difíciles de fundir. Como recordaban oportunamente, una vez más, las notas al programa antes de presentar cada obra, este tipo de trío arranca de la sonata para teclado, al que se añadieron un chelo que se limitaba a doblar el bajo -trabajo tan ancilar, que carecía de pentagrama propio- y otro instrumento, como violín o flauta. Haydn cumple un papel crucial, como en otros géneros y formas, aunque en sus tríos -injustamente, poco conocidos- la autonomía de las cuerdas no alcanza la igualdad entre los tres atriles. El piano determina y esas obras se publicaron como "sonatas para pianoforte con acompañamiento de violín y chelo".
El primer mérito del Wanderer -ah, la Fantasía en do mayor, Op. 15 (D. 760), de Schubert- es que funciona como trío a la perfección. Ni siquiera estampan los nombres de los tres músicos. Importa el trío como tal, una trinidad que trabaja como unidad orgánica, no la identidad personal de quienes lo forman desde 1987, cuando los tres instrumentistas debían de acabar los estudios en el Conservatorio de París y saltaron a los escenarios internacionales en los que pronto acreditaron sus méritos. De 1988 data su premio en el concurso de la ARD (asociación de las estaciones de radio de Alemania, cuyo nombre alemán les ahorro). Wandereres un homenaje en clave para iniciados. Wanderer vale como "errante" y la figura del Errante, leit-motiv romántico de gran fuerza plástica, puede describir la actitud de este trío, galo de origen pero abierto a todas las épocas. Porque aquí llegó con un programa adecuado para conocer el género y en el romanticismo inicial, que daría luego ejemplos extraordinarios. Pero el Wanderer llega a Bartók, Martinu, Copland, Messiaen y Shostakovich.
Un trío anteayer espléndido, ensamblado hasta el mínimo detalle, limpio en todas las intervenciones solistas destacadas, con un piano fulgurante, rector y dominante, entre otras razones porque tocó toda la velada a caja descubierta, sin tapar a los otros dos, si bien el chelo quedó en penumbra excesiva, quizá en alguna medida por su colocación tras el atril. El violín brilló a lo largo de la tarde por su afinación, timbre redondo y vuelo grácil y, en las propinas, por el toque zíngaro. porque para el oyente curioso, acaso lo más atractivo y novedoso de las velada fue la primera propina, de Haydn -que hoy sería húngaro-, el máximo ejemplo de influencia popular zíngara en el siglo XVIII, página en la que J.Joachim - amigo y asesor de Brahms y cordial adversario de Sarasate- decía ver a un húsar imperial que se atusaba el bigotazo.
Sería injusto dejar de lado los dos tríos de Mendelssohn,tremedos para el piano, un lujo de programación, porque el segundo aún es aquí aún más raro que el primero. Mendelssohn tuvo en el Wanderer un notable ímpetu, sin llegar tal vez a la descompostura que parece transmitir. Es decir, muy mendelsohniana: la tensión de este compositor deriva de que su fuerza es romántica y sus modales parecen clásicos. Bastaría para probarlo el andante con moto tranquillo del primer trío, una "romanza sin palabras" que abre el piano, luego limitado al acompañamiento en semicorcheas del tema a cargo de las cuerdas, una página que parece evocar a Chopin, modelo innegado y aconsejado de Mendelssohn.
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El Trío Wanderer, protagonista anteayer en la Filarmónica. FRANÇOIS MARQUET
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