Osasuna supo frenar el fútbol del Barça gracias a su excelente presión en la primera parte, pero luego bajó el ritmo
La fe mueve montañas. Ricardo había evitado una derrota mayor, cuando Osasuna corría con la lengua fuera. Le había pasado factura un tremendo derroche de energías y su suerte parecía estar echada. En esos últimos 20 minutos, el Barcelona encontró por fin su fútbol, las ocasiones y el gol. Pero sólo marcó uno. Faltaba un fogonazo, la sorpresa que hace grande al deporte. Ese subidón en el tiempo extra cuando nadie lo espera.
El fútbol se lo debía a Osasuna. Por tantas tardes desgraciadas y por la intensidad que le puso ayer en una excepcional primera parte. Camuñas se apoderó de una pelota casi imposible para él y muy fácil para Márquez. Llegó a línea de fondo y tiró el centro a la espera de un rematador. Fue una de las pocas ocasiones que el balón rodó por el área culé en la segunda mitad, y su resultado no pudo ser mejor. En su intento de despejar, Piqué mandó el cuero a las mallas de su portero y, sin quererlo, desató una explosión de júbilo. El inesperado empate tiene tintes emotivos, por el valor que encierra y el golpe de confianza que supone. El Barça sacó de centro y Rubinos pitó el final. ¿Se acuerdan de El Sardinero?
Duelo táctico y de intensidad
Camacho tenía muy estudiado al Barcelona. Lo mismo que Guardiola a Osasuna. Los dos equipos protagonizaron un partido táctico que no defraudó, porque navarros y catalanes pusieron sus mejores credenciales. La de Osasuna no podía ser otra que su presión, y la del Barcelona, la del toque. El choque de estas dos filosofías dejó un partidazo que conectó la grada.
Aranda fue quien lideró la mordiente para que el Barça no sacara el balón jugado como le gusta. El malagueño y sus compañeros complicaron a Piqué y a los defensores azulgrana, que se las vieron y desearon para circular la pelota y buscar a sus organizadores. Xavi no se acomodó, agobiado por Neko y Puñal; Messi apareció y desapareció; y sólo Iniesta dejó alguna perla. Ese insistente ritmo impidió que Ibrahimovic recibiera balones. Josetxo y Flaño le ataron.
Osasuna se desfondó para coger los balones muertos y cabalgar hacia Valdés, por el centro con Aranda o por el costado derecho con Juanfran, meteórico. Aranda fue el hombre más activo, un miura astifino. Rubinos le anuló por fuera de juego un mano a mano con Valdés y luego no le perdonó un piscinazo. El Reyno vibraba con sus acciones. No llegó a disparar con claridad, pero busco el gol desde todo los rincones. Su mejor expresión fue el repertorio de regates explosivos ante Piqué y Puyol antes de llegar al descanso.
En esta primera parte, el Barcelona sólo dominó en los primeros minutos, en esa fase de tanteo y que a veces puede ser determinante. Messi tuvo la primera a los 57 segundos y Ricardo impidió que el marcador se moviera tan pronto. La otra fue de Ibrahimovic, en un desajuste defensivo en un saque de esquina plano de Xavi. El Barça también vigilaba el juego directo. Bastaba con ver los saques de Ricardo para comprobar cómo se formaba una línea de cinco o seis culés. Era la prueba evidente de que Guardiola había estudiado a Osasuna. Eso y su tela de araña, con Busquets, para borrar al Rifle.
De más a menos
Quedaba por conocer la respuesta física de Osasuna en la segunda mitad. Los rojillos cedieron terreno al Barcelona, que comenzó a combinar. La presión ya no era la misma, y Aranda y Juanfran acusaban el cansancio. Los de Pep acorralaron a Osasuna. En su mejor jugada colectiva, esa que comienza en un lado y termina en otra tras intervenir toda la máquinaria, Keita remató un pase de Puyol. Mirando al tendido al capitán, Messi dejó un regalo precioso.
Este gol hizo daño a Osasuna, al que no le quedó más remedio que correr detrás de la pelota. Mala señal. Primero fue Ibrahimovic y luego Messi, en dos ocasiones, quienes rozaron el 0-2. Pero no contaron con un gran portero como Ricardo, que lo paró todo. La diferencia mínima en el marcador siempre siembra incertidumbre. La fe deparó el premio del empate.
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Javier Camuñas, tras robar el balón a Márquez, puso el centro que se coló en la portería de Valdés gracias a Piqué. JAVIER SESMA
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