El torero sevillano cautivó con un par de verónicas de cartel y algún trincherazo de trianero pellizco
Cierre de feria bañado en torería. Así se puede definir el festejo que puso fin a la 51 Feria del Toro. Corrida de toros, o de toritos, para figuras, nada sobrados de fuerza, nobles hasta el final, bonachones, pero escasos de esa importancia que emociona al aficionado. Toros fáciles al alcance del triunfo. En cualquier caso, fue la mejor corrida que Núñez del Cuvillo ha traído a Pamplona, en lo referente a juego, claro está, no en cuanto a presentación.
Y en el ruedo Morante. Su figura, de torero añejo, como de otro tiempo, o de ninguno, o de todos. El sevillano realizó dos faenas muy distintas: la primera fue de Morante; la segunda, morantista. Al principio, le costó despertar, como si se viese inmerso en un escenario demasiado raro. Lo hizo con un quite por tafalleras, que simplemente gustó. Después, su muleta no fue más que un ligero instrumento de sereno y suave mando. Faena por ambos pitones, limpia, con gusto, con tranquilidad. Morante se sentía a gusto en Pamplona. Las veinte mil almas que le contemplaban, también. E, incluso, ese toro noble y colaborador, que murió tras una estocada algo desprendida. Oreja para Morante, oreja para la historia.
En su segunda intervención, tras el puro de rigor en el callejón, no obtuvo premio. No importó. Qué más da. Dejó en el aficionado ese regusto de toreo diferente, único, con duende sevillano, con pellizco trianero. Primero, con dos verónicas para pintar otros tantos carteles taurinos. Después, ya con la franela, con trincherazos profundos y cambios de mano artísticos, que embrujaron, cautivaron, enamoraron, y emocionaron... Un rico abanico de sentimientos taurinos. Gracias, Morante. Vuelve pronto. Pamplona te quiere y tú demostraste ayer que quieres asimismo a esta acogedora ciudad.
Debe ser muy difícil torear después del sevillano, cuando éste lo hace bien, como nadie. Pero El Juli superó esa situación y dejó claro en el ruedo pamplonés quién manda y por qué manda.
Su primera faena tuvo mando y temple, en el más puro estilo julístico, y su estocada, rotundidad de maestro. Una oreja. Pero el madrileño quería más. No estaba dispuesto que nadie le pisara, le ensombreciese en ésa que se presume de ser la Feria del Toro.
Su segunda faena fue la más completa y torera de todas las que se han podido presenciar en ocho corridas consecutivas de toros. La ejecutó toda en los medios, con cuatro series en redondo, siempre a más, la última como lección obligatoria para las escuelas taurinas. Terminó con una media estocada y mandó a sus peones que se retirasen, sabedor de que era suficiente. Enhorabuena, maestro.
Perera volvió a mostrar ante el tercero esa elegante quietud que le caracteriza. Una pena que ese sexto sólo le permitiera esfuerzo y no arte para esa puerta grande.
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Perera da un muletazo a uno de sus toros. JOSÉ CARLOS CORDOVILLA
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