U Si el encierro no fuera peligroso, vitalmente enfrentado a la muerte, carecería de su sentido existencial. En una fiesta tan perturbadora, que mezcla elementos sagrados y profanos con las emociones más profundas, invocar el derecho al peligro es como invocar la sustancia radical de Pamplona, como el ADN totémico de la tribu y de los Sanfermines.
Si el encierro no fuera peligroso, vitalmente enfrentado a la muerte, carecería de su sentido existencial. En una fiesta tan perturbadora, que mezcla elementos sagrados y profanos con las emociones más profundas, invocar el derecho al peligro es como invocar la sustancia radical de Pamplona, como el ADN totémico de la tribu y de los Sanfermines.
Pero racionalizar el ámbito emocional y de los sentimientos que acompañan a quien entabla un diálogo consciente con una verdad fundamental como es la muerte, resulta tan inútil como íntimo. Sin embargo, morir embestido por un toro rojo, cautivo en un pasillo de cuerpos sin espacio, abrasa la lógica de muchos ciudadanos. Que los últimos actos de tu vida sean públicos, filmados y fotografiados admite, además, preguntas tan fundamentales como el propio placer de gobernar el miedo en una sociedad tan abrazada a las seguridades. ¿Pero vale una vida la grandeza del encierro?
Corredores y espectadores acudían ayer al encierro hablando de lo de siempre: la masificación. "Los toros te matan sin que tú los veas" se escuchaba. Era una especie de denominador común en las conversaciones de ayer: el encierro acaso esté en la UCI y puede fallecer por falta de cuidados. Si se desea conservarlo resulta necesario mejorarlo.
Que en la era de la comunicación visual y planetaria un acto de tal magnitud permanezca, esencialmente, con la misma arquitectura que hace un siglo resulta complicado de digerir. Pamplona ha fracaso en difundir un mandamiento: jamás se debe tomar el nombre del encierro en vano. Cerrar el telediario en Estados Unidos y en Europa conlleva unas consecuencias que en Pamplona no se han evaluado todavía.
Trasládense de escenario. El encierro se entiende a la perfección por esa gente que te dice que las paredes de hielo de las montañas se escalan porque están ahí. Simplemente. ¿Reducir el riesgo en la montaña? ¿Bajar de metros la cumbre del Everest, dinamitarlo y convertirlo en más accesible? ¿Llegar en helicóptero a 200 metros de la cima?
Reducir el número corredores por día, por sorteo o por carnet, resulta más lógico que solicitar actuaciones como las escuchadas estos días reclamando remedios para que las carreras resulten más lentas, las manadas más estiradas, y concedan más oportunidades de encuentro con la cabeza del toro.
En una fiesta tan asociada al purismo como San Fermín, reducir el número de participantes no significa una transgresión hacia la modernidad, al contrario, es volver la vista a las fotos antiguas de Zubieta y Retegui. Que el encierro se gobierne por las mismas reglas de los tiempos de Hemingway es un regreso a la autenticidad.
Sacar al encierro de la UCI provisional con menos actores podría significar salvar vidas y más oportunidades de carrera y , paradójicamente de riesgo controlado. No articular medidas en el bando municipal resultaría síntoma de esclerosis de quienes deben tomarlas.
Necesita en encierro un atajo a la salvación si no se quiere cumplir un augurio: morir de éxito. Los viejos corredores americanos con 30 años de encierros en la memoria afirman que "imposible is nothing".
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