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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

La confusión del orden

Un cajón desordenado puede darte la sorpresa de tu vida, es deliciosamente imprevisible. Cuando estoy deprimido, acudo al cajón de mi mesa y me da un subidón. Demasiada gente ha querido ya imponer su orden.

Actualizada Domingo, 15 de marzo de 2009 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

E NTONCES yo no sabía qué era la entropía, qué había de saber. Sin embargo, dentro de mi ignorancia, la admiraba, aunque no fuera capaz de ponerle ese nombre, como tampoco estaba muy versado en conocer ni utilizar la palabra caos. Para mí, las vivencias arrimadas a esas dos palabras se quedaban en follón y desorden. Pocas veces nos acercábamos a ellas, porque mi casa era casa de orden.

Dinero no habría, pero orden nos sobraba. En general, si el orden hubiera sido cotizable en bolsa, nos hubiéramos forrado, pero no, aquella sociedad se ajustaba más a una economía sumergida, tanto que no la vimos emerger nunca. En casa, ya digo, se estilaba la rigidez del reloj; se comía a una hora y se cenaba a otra; la puntualidad al levantarse era la envidia de la Renfe, por aquellos años cansina hasta lo enfermizo en los retrasos y, por la noche, ni las gallinas fueron competencia para nosotros, lo mismo en tiempo de recogerse que de encamarse. Todo estaba muy medido, pillarle la vuelta a ese mundo cartesiano presentaba serias dificultades, y casi todos los éxitos de estamparlo contra el muro del barullo nos venían dados, como no podía ser de otra manera, de la mano de la mentira. Inventos creativos para dar bocados criminales a tanto concierto en aras del desconcierto.

De ahí que, siendo un crío, agradecía las inmersiones en la entropía y el caos como una granizada de rayos celestiales que fulminaban a dentelladas chisposas la tediosa rutina y el fastidioso orden, por otra parte, virtud de los mediocres (esto se supo después, una lástima). Cualquier elemento externo -con los años también aprendería a decir exógeno-nos servía para dinamitar la regla familiar preestablecida. Qué horrible, sin embargo, ese alarde ajustado el método, porque esos hábitos acaban dejando huella y, si no andas listo, terminas tan ceñido a las formas y los tiempos, que se te pone cara de real decreto, que es buen sinónimo de orden. Otros dirían cara de mameluco, sin más. Claro que, en el colegio, el menú social seguía siendo el mismo. Caminábamos en filas ordenadas, la distribución en el aula se hacía por orden (alfabético, qué cruz para mi zeta), era obligado mantener siempre el orden, había revista de pupitres, para ver si estaban en orden, salíamos en orden... Muchas veces, el profesor irrumpía en clase al grito reiterado de: ¡Orden, orden, orden!

Vayamos a lo exógeno: las visitas de parientes lejanos -los del pueblo no contaban-, las primeras comuniones, las bodas, los cumpleaños de terceros ..., todo eso suponía astillar la métrica a hachazos, provocar el desinterés hacia nosotros. Ya no éramos la prioridad, había otros protagonistas, la anarquía era posible. ¿Hay algo mejor después de permanecer mártir en el ojo del huracán del control? El caso es que tanto orden me llevó a equivocar las cosas de la peor manera posible, es decir, hasta hundirme en la confusión más absoluta. En el caos. Para que vean de qué forma tan fácil se puede pasar de un desfile militar de los conceptos a la algarada más desordenada de los mismos. Espero fidelidad de mi memoria a la hora de contarlo, porque hace tiempo renuncié al orden y esa decisión, supongo, repercutirá en unas neuronas apiladas de cualquier modo (tampoco serán tantas). Lo que sí adelanto es que, cuando fui consciente de mi inconsciencia, me hice un fan del desorden que todavía milita conmigo (mi mesilla puede provocar el infarto a cualquier mediocre ordenado).

Así fue: una conversación entre mi madre y una vecina vino a informarme de que una tercera mujer -vivía un portal más arriba, en nuestra misma calle-, iba a ser madre sin hablar con su padre, o sea, sin que el progenitor del nasciturus (pobres críos, mira que llamarlos así) lo supiera, ni mucho menos hubiera tenido el detalle de llevarla al altar, que así se decía. Estaba embarazada sin casarse, y eso ya era una gacetilla de escalera, y más, en aquellos años (ahora es lo mismo, pero el incremento ha rebajado el impacto) Y todo -contaba la vecina-, por haberse comido el postre antes que la ensalada. Eso es lo que yo oí. Así que, pensé, el orden sí servía para algo, porque nosotros siempre comíamos primero la ensalada y, al final, el postre (si lo había). Así no registrábamos en casa nacimientos de niños sin padres. Como me quedé con la copla, casi me da un sofoco cuando, un mediodía, observé que mi hermana mayor daba un pellizco al bizcocho antes de sentarse a la mesa. Se lo advertí, porque creí que era mi obligación: No hagas eso, no te saltes el orden, porque serás madre sin padre, como mengana(me niego a poner fulana), la del número 15. Me miró descompuesta, me soltó un sopapo y me llamó imbécil.

Pero más ordenado que tú -respondí y salí corriendo delante de ella mientras le gritaba: Y no pienso ir al bautizo, que lo sepas.

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