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TEATRO UN DIOS SALVAJE

Corrección e incomunicación

Actualizada Viernes, 13 de marzo de 2009 - 04:00 h.
  • PEDRO IZURA

R EPARANDO en la ficha técnica y la artística de este evento, un montaje de estas características, trasladado a otras épocas debía de ser como asistir a un estreno de Shakespeare o de Molière o de Lope. Reza, Galcerán, Townsend, Ponce, Verdú, Sánchez-Gijón, Molero, ni uno solo de los apellidos puede escribirse con minúscula, ni siquiera los de los técnicos. Después de estrenar Arte en 1994, Yasmina Reza ha seguido estrenando obras, sin llegar a conseguir un éxito tan rotundo.

Tres versiones de la vida pasó con más pena que gloria por este escenario y Una comedia española se representa en la actualidad en el teatro Valle-Inclán. En todas ellas, un hilo conductor, lo políticamente correcto, y detrás la cruel realidad del ser humano.

Un Dios salvaje, nos lleva a convivir durante una hora y media en la vida de dos parejas. Las dos están intentando resolver civilizadamente un altercado entre sus dos hijos. En esta sociedad, si uno se cae de la bici, denuncia al fabricante porque no venían las normas de uso. Antes los críos nos rompíamos la cara con el suelo de piedras y nuestras madres apenas sí llegaban a tapar con tiritas nuestras maltrechas rodillas después de un buen día de juegos callejeros. En la actualidad un miedo atroz a vivir y un mal entendido civismo han conseguido arruinar por completo las fábricas de apósitos. Una lástima.

Decíamos que las dos parejas protagonistas intentan acordar el castigo que debe recibir un niño por partirle los dientes a otro. La cordura da paso a la realidad y Reza muestra la crueldad interior de unos personajes vacíos por fuera y llenos de contrariedades por dentro. La autora muestra casi siempre un estatus acomodado, culturalmente formado y sin problemas económicos. La observación de estos personajes resulta cómica, pero a su vez es la representación de una sociedad muy cercana a la nuestra, demasiado cercana. Quizás esto ya no dé tanta risa.

Sólo un pero a la propuesta de Reza, el lenguaje. Se hace muy difícil escuchar a los actores; hablan raro, demasiado bien, tan bien que se aleja de la realidad tangible. Son tan correctos que resultan poco creíbles. La traducción de Galcerán no termina de ayudar a este respecto. La escenografía presenta un hogar de diseño, recordando las esculturas de Richard Serra en el Guggenheim. El vestuario, correcto. El atrezzo quizás complica un poco la existencia a los actores que tienen que luchar con él para que parezca natural.

Los cuatro actores desarrollan su labor sin aristas. Combinan momentos de brillantez con secuencias demasiado frías y aunque parezca que este contraste está buscado, dificulta la empatía con el público. La dirección se limita a mover a los personajes por el escenario sin que se molesten demasiado. No quedan claras las alianzas construidas ni algunos movimientos imposibles. Cuando desaparece el velo de hipocresía de los protagonistas lo que queda al descubierto sigue siendo demasiado lejano. Buscar la identificación quizás hubiera conseguido otros resultados. El personaje de Veronique, representado por Aitana Sánchez-Gijón, es demasiado gazmoño, tanto que impide brillar a la actriz. Pere Ponce está inmenso, Molero cumple grandemente con su personaje Y Maribel Verdú demuestra que tiene un don para esta labor.

Parece que todo está en su sitio, pero curiosamente la función transmite un halo de frialdad y de lejanía que trufan toda la velada. Es posible que cuando uno se crea demasiadas expectativas no siempre obtiene lo que espera. Todo resulta demasiado correcto, el lenguaje, el vestuario, la escenografía, la dirección, la interpretación y es posible que este dios salvaje necesite un pequeño salto al vacío, pero sin red.

Personalmente me gustó la visión de la incomunicación humana. La convivencia por conveniencia y el ser humano luchando por su individualidad a brazo partido. La vida, al fin y al cabo, puede esperarnos al doblar la esquina.

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