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SOCIEDAD

"Estoy vivo gracias a esta máquina"

Hoy se celebra el Día mundial del riñón. En Navarra 300 personas acuden a diálisis para limpiar de la sangre las toxinas que sus riñones ya no pueden eliminar. Pablo Lizaso Bergera, de 63 años, es uno de ellos. Así es su día a día

Actualizada Jueves, 12 de marzo de 2009 - 04:00 h.
  • RUBÉN ELIZARI . PAMPLONA

PABLO Lizaso Bergera, de 63 años, hubiese preferido Marbella en vez de Tenerife para pasar las vacaciones de Semana Santa junto a su mujer, Blanca Osés, y sus hijas, Garbiñe, de 31 años y Zuriñe, de 30. Sin embargo, en el hospital de Marbella no quedaban plazas para que pudiera recibir el tratamiento de diálisis al que ha de someterse tres días por semana. Uno de sus riñones no funciona bien.

Este villavés ya jubilado, antes gestionaba un taller de troquelado en Ansoáin, forma parte de las 300 personas que acuden a diálisis en Navarra, el 1% de la población. "A unos les toca la lotería. A mí, esto. Ahora me tengo que cuidar. ", señala a las 7 de la mañana mientras espera a la puerta de su casa en Zizur Mayor a la ambulancia que le llevará hasta las nuevas instalaciones de la unidad de hemodiálisis del Hospital de Navarra. Hoy se celebra el Día mundial del riñón.

La vida de este villavés, miembro de Alcer, empezó a cambiar después de una revisión médica en el año 1996. Entonces, le detectaron un poco de sangre en la orina. Acudió al nefrólogo, el médico especialista del riñón, y le recomendó cuidarse. Tuvo que dejar de comer algunos de los manjares que tanto le gustaban como marisco o las setas que le regalaba uno de sus amigos. Y beber, lo justo e imprescindible. "Cuando salgo a dar una vuelta con los amigos tan solo bebo una "mini" de cerveza o un botellín de agua. A veces, ni eso. Si lo hiciera, mi cuerpo se resentiría".

Son las 7.30 de la mañana y Pablo se cambia de ropa en un minúsculo vestuario junto a otros tres pacientes que también tienen que someterse a diálisis. Es lunes y se habla de fútbol. "¿Habéis visto al Numancia? Parecía que estaba muerto y va le gana ¡al Valencia!", exclama una mujer de unos 60 años en la sala de espera donde no falta el humor: "¿Qué tal estáis? Salvo por Osasuna todo lo demás bien, ¿no?", dice una enfermera que va llamando a los pacientes en grupos de cuatro.

Desde que uno de los riñones de Pablo no funciona correctamente, su mujer, Blanca, ya no cocina lo mismo: "Si como verdura, la ha de hervir dos veces para que no tener una acumulación de sales minerales. Antes, apenas comía macarrones o pasta. Ahora es casi lo único que como. Si voy de vacaciones, tengo que avisar allí donde voy para que me preparen una comida diferente". En su dieta tampoco están permitidos los productos lácteos como el queso o los yogures: "Lo llevo bien siempre y cuando no los vea por casa", bromea. "Procuro llevarlo lo mejor posible".

A la espera de un riñón

"Cuando entras en diálisis la vida te cambia", afirma Javier desde la butaca en la que debe permanecer durante cinco horas tres veces por semana, de 7.30 a 12.30. Eso sucedió el 24 de enero de 2008, hace ya 14 meses. "Al final lo asumes. Vienes como si tuvieras que venir a un trabajo. Gracias a esta máquina sigo vivo", relata con una sonrisa de tranquilidad.

Hasta que las enfermeras llevan el almuerzo a los pacientes, a las 10 de la mañana, Javier intenta relajarse escuchando música clásica en un pequeño transistor que se ha traído de casa. Después del tentempié, toca cambiar de emisora: "Me gustan las tertulias, excepto las de fútbol. Esa las quito".

A la izquierda de la butaca en la que pasa todas las semanas 15 horas, se encuentra la "Hospal Integra", la máquina que limpia la sangre con toxinas que los riñones de Pablo no pueden eliminar, y a su derecha, el móvil: "Siempre lo llevo en el bolsillo y de noche lo dejo en la mesilla. Nunca lo apago. Estoy en la lista de trasplantes. Siempre sueñas con que suene y te digan que hay un riñón para ti. A varios de los que han venido a diálisis conmigo les han llamado. Algunos esperan 8 meses, otros 4 años. La esperanza no se pierde nunca".

Son las 11.30 de la mañana. Varios médicos y enfermeras controlan la diálisis y comprueban que todo marcha bien. Cada paciente dispone de un televisor para él que hace más llevadero el proceso. El cansancio empieza a hacer mella en los pacientes: "Los días que me toca diálisis acabo baldado. Voy a casa, como y me echo la siesta. Después, si el tiempo lo permite doy un paseo y si no, hago bici en casa".

Mientras el proceso va llegando a su fin, Pablo recuerda algunos de los viajes que hizo, como él dice, en sus tiempos jóvenes: "Praga, Hungría, Milán o Venecia son algunos de los lugares que he visitado. Viajar quizá sea lo que más echo de menos. Ya les he dicho a mi mujer y mis hijas que las próximas vacaciones no iré más lejos de Zarautz o de Zaragoza. Si me llaman para un trasplante, quiero estar cerca. Ojalá llegue pronto el día en el que mi riñón no sea una máquina".

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Pablo Lizaso Bergera, de 63 años, el lunes pasado en la unidad de hemodiálisis del Hospital de Navarra. Acude tres veces por semana. JOSÉ ANTONIO GOÑI

Pablo Lizaso en una de las plazas de Zizur Mayor después de haber recibido la diálisis. JOSÉ ANTONIO GOÑI


Comentarios
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  • animo pablo seguro que cuando menos te lo esperas llega ,ese riñon tan esperado , yo llevo 20 años transplantada,saludos a mis chicas del hospitalmirenaev@hotmail.com

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