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De Madrid, con las manos vacías

Actualizada Jueves, 29 de enero de 2009 - 03:59 h.
  • MARÍA ANTONIA ESTÉVEZ . MADRID

SI esto no se apaña, caña, caña, caña!" "!Si esto no se arregla, guerra, guerra, guerra!". Lo escuchaban ayer atónitos los vecinos del señorial Barrio de Salamanca de Madrid, para nada habituados a broncas callejeras. El estruendo del centenar de manifestantes de Koxka, apalancados como un solo hombre a las puertas del hotel madrileño Meliá Galgos donde negociaban sus compañeros, se escuchaba por todo el barrio pero lo que ellos querían era que su voz llegara al otro lado del vestíbulo. Allí, en la sala Goya-Velázquez, una gran mesa cuadrada azul esperaba a la treintena de representantes de la parte social y a la media docena de directivos de la multinacional.

La reunión empezó con más de una hora de retraso porque el tren que traía a los representantes sindicales tuvo una avería que retrasó 40 minutos la llegada a Madrid. Los manifestantes, en cambio, habían viajado en autobús. Salieron de Pamplona a las seis y media de la mañana y al llegar aparcaron junto al Museo Lázaro Galdiano, cercano al hotel de la concentración. En el autobús viajaban 65 manifestantes, tres grandes pancartas, un arsenal de pitos caseros de distinta factura y un ataúd, el mismo que acompaña sus habituales manifestaciones por el polígono de Landaben. Allí estaba José Luis Raposo, al que junto a otro compañero se le ocurrió la idea.

"Con la reducción de plantilla que nos proponen no hay futuro. Es la muerte. El ataúd es lo que mejor resume nuestros temores. Lo montamos en un garaje entre cuatro amigos. Es de cartón y lo trajimos en el maletero. Temíamos que a alguien se le ocurriera abrir el maletero y se llevara un susto de muerte.", comentaba.

Directivos a la espera

En el vestíbulo del hotel los directivos de la empresa esperaban el comienzo de la reunión. Conocían el retraso del Alvia. El abogado Molinera, que fue el que negoció el cierre de Alcalá de Henares, se asomó a los cristales para ver la manifestación y vio llegar a Manuel Benítez, presidente del comité de Landaben. Se saludaron con cortesía: "Va a ser muy duro", le adelantó Benítez.

Mientras las pancartas se iban situando frente a las puertas del hotel, la policía fue tomando posiciones: cinco agentes a un lado, otros cinco al otro de la puerta. Una furgoneta en la misma calle y otros dos en las esquinas. Los trabajadores tenían permiso para concentrarse de doce a dos.

Las pitadas y las consignas se iniciaron enseguida: "! Despidos no, despidos no!" "!Así, así. Ni un paso atrás contra el terrorismo de la patronal!" mientras los pitidos estallaban por todas partes. "Este pito me lo dio mi hijo: "Toma papá, para que hagas ruido", decía Alfredo Salinas que viajó en el autobús junto a su hermano Ramón. Su hija Leticia, que estudia en Madrid, vino a apoyarle manifestándose a su lado. Se veían pocas mujeres. Tres llegaron junto a otro compañero desde otra empresa del grupo en Calatayud."Para apoyarles, porque si las barbas de tu vecino ves pelar.", precisaban. Fueron en coche como varios trabajadores de Pamplona que se fueron sumando a la concentración.

"Esto no es por la crisis"

Eran la doce y media pasadas, más de una hora después de lo acordado, cuando se cerró la puerta de la sala de negociación. Antes de entrar el presidente del comité de Landaben auguraba dureza: "Necesitamos salir de aquí con algo porque es la novena reunión y la gente está ya muy alterada. Ya nos hemos ido de Madrid con las manos vacías en las ocho ocasiones anteriores así que estamos en una situación límite. Hoy, nada de milongas: va a haber pelea gorda", anticipaba.

Junto a él, se encerraba Ana Zapata Aguirre, miembro del comité de empresa de Pamplona y responsable de acción sindical de la Federación minerometalurgica de CC OO. "Estamos muy indignados porque no es sólo culpa de la crisis. La plantilla lleva tiempo viendo que aquí hay problemas organizativos, de enfoque de negocio. Sabíamos que algo tenía que pasar, pero esto no es culpa ni mucho menos de los trabajadores sino a una falta real de planes industriales y un fracaso de organización", explicaba

Los concentrados aguantaron hasta las dos sin bajar la marcha. El aerosol de los pitos se agotó, las gargantas se secaron y el autobús se fue a Pamplona sin saber el resultado final de la negociación.

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