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ELENA LABARQUILLA

Leonor de Aquitania: Una leyenda para el s. XXI

Actualizada Jueves, 22 de enero de 2009 - 04:00 h.
  • ELENA LABARQUILLA, LICENCIADA EN HISTORIA, ARTE Y LITERATURA POR LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA Y MIEMBRO COLABORADOR DE LA FUNDACIÓN PROFESIONALES SOLIDARIOS.

H AY personas que hacen la historia y otras veces es la historia la que las hace a ellas. Sus circunstancias, sus aconteceres, sin negar su temperamento, talante -sin el cual no hubiera sido posible ser lo que fueron- y sin dejar de ser hijas de su tiempo, una de estas fue Leonor de Aquitania, a quien la historia y la literatura convirtieron en una mujer de leyenda. Por eso, al hablar de ella, habría que hacerlo en términos de leyenda.

Hubo una vez un tiempo en el que el mundo se debatía entre guerras que llamaban santas, galanterías en cortes de trovadores y gentilezas, pero que en el fondo de su esencia seguían enraizados, como siempre ha sido, los sentimientos de ambición, poder, traición, adulación. Pero también de la búsqueda de un cambio, de un anhelo de belleza, de un amor más soñado que real, de delicados modales y cultivo de la mente cubriéndolo todo con ricos ropajes, inestimables joyas, festejos y cantares. Un mundo que hoy, con el paso del tiempo, se nos antoja, en medio de su confusión y crueldad, inmensamente bello. En ese mundo, artífice del mismo, está Leonor de Aquitania, a quien la Historia ha mimado mucho, olvidando sus lados oscuros o, tal vez, convirtiéndolos casi en mitos, haciéndola conocer como "La Reina de los Trovadores". Sin embargo, su vida no fue sólo eso.

Casada en primeras nupcias cuando tenía unos 15 años, con el rey de Francia Felipe VII. Ella era una riquísima feudal única heredera. Convenció a su esposo para que la llevara a la cruzada, tal vez más por anhelo de aventura que por espíritu religioso. Organizó un maravilloso cortejo de damas y carros, de atuendos que maravillaron a la corte de Constantinopla. Sus damas y ella -deslumbrando entre todas- con ricos trajes de brocado, estrechas mangas, generosos escotes y velos que transparentaban el color de sus cabellos, causaron sensación en aquella corte oriental de un lujo extraordinario, de una etiqueta exquisita. Pero Leonor también cuidó de sus varones, hizo les quitaran la barba, que vistieran también bellos trajes y bellos pajes que atendían con solicitud a sus damas. El Emperador hizo en honor de Leonor fiestas y torneos, y que decir tiene que ella, con ese espíritu tan exquisito y liberal, se encontraba como pez en el agua.

De vuelta a occidente Leonor ya no era la misma que había partido y en su mente empezó a bullir la idea de la anulación de su matrimonio. En 12 años no había dado ningún hijo varón a Felipe y había algún grado de consanguinidad entre ellos, cosa que esgrimió con todas sus fuerzas para conseguir la nulidad. Consiguiéndola poco tiempo después.

Ya en su reino, los reyes de Francia, Felipe VII y Leonor, convocan a sus barones, Con la agradable sorpresa para el Rey de Francia de que el Duque de Normandía le renueva su fidelidad como vasallo, cosa que, a la larga, benefició más al Duque de Normandia. Leonor, concedida su nulidad, conoce a Enrique de Normandia y la Reina se enamora perdidamente del joven duque que contaba 18 años. Ella le pasaba 10 o 15 años, pero conservaba todo su hechizo de la mujer entre la juventud y la madurez, inteligente, culta, de una gran agudeza política y gran majestad, enamorada de la vida y la libertad. Hay que reconocer que aunque ella era un partido indiscutiblemente ventajoso, hubo amor entre los dos durante 18 años a pesar de las consabidas infidelidades.

A juzgar por los cánones de belleza que regían en su tiempo, debía ser muy esbelta, de piel muy blanca, no se sabe si rubia o morena. Los trovadores, en su mayoría, la describían como rubia, pero esto no es muy de fiar. Sí era de una gran elegancia, de exquisito gusto y muy amante del lujo y de la cultura y de un gran atractivo, sobre todo respecto a su personalidad.

Fueron muy felices durante 18 años, crearon el imperio más grande conocido después del de Carlomagno, tuvieron muchos hijos y, por ironías de la vida, varios varones, algunos de leyenda, como Ricardo Corazón de León, Juan sin tierra... Pero aunque dominadores de un gran imperio, nunca lograron controlar a su familia, entre padres e hijos no había amor. Los hijos eran piezas con las que jugar en el tablero de la política y más tarde en sus luchas íntestinas.

En estas luchas fue capturada por las tropas de su marido, el cual la mantuvo prisionera en una fortaleza inglesa durante 15 años. Enrique nunca fue el de antes. Sus dos pilares más importantes en su política, habían desaparecido: Tomás Bequet y la reina que ahora era su enemiga. Rico, odiado, sucio y feo, murió solo, le heredó Ricardo Corazón de León que liberó a su madre convirtiéndola en Reina Madre del imperio.

Leonor salió de la prisión a los 70 años, más altiva y elegante que nunca, con una lucidez mental extraordinaria, para hacerse cargo de su tercera corona la de Reina Madre. A su muerte se derrumbó el imperio y se abrió una hostilidad entre Inglaterra y Francia que años más tarde desembocaría en la Guerra de los 100 años en la que la dinastía francesa estuvo en entredicho.

Leonor es de una gran actualidad en su forma de ser, en su afán por la cultura, en su versión política, en esa independencia y voluntad tan difícil de lograr en su tiempo. Fue la mujer que se adelantó a su tiempo, pudiendo muy bien encajar en un s. XXI.


Comentarios
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  • Un artículo muy interesante. Una vez más nos demuestra lo poco o nada que conocemos de nuestra propia historia, y lo vergonzoso que resulta esa ignorancia. Si supiésemos más, seguro que muchos debates políticos quedarían totalmente obsoletos por el conocimiento.Gracias

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