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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Un Händel poco conocido, de alta calidad

La historia de Daniel en Babilonia le sirve a Händel para un oratorio que exalta al Dios judío

Actualizada Domingo, 18 de enero de 2009 - 04:00 h.

B ELSHAZZAR es aquí, para nosotros, Baltasar. Belshazzar, Bel-"ar-usur, que significa "Bel protege al rey", fue el nombre babilonio de Daniel, joven rehén judío, en el palacio de Nabucodonosor, donde recibía la educación para llegar al servicio real, según el primer capítulo del libro de Daniel. Bel equivale al cananeo Baal.

El hilo argumental de este oratorio de Händel sigue la historia de Daniel y su intervención en la de otro Belshazzar, rey de Babilonia, hijo de Nabucodonosor y bebedor orgiástico, sobre el que cae la maldición de unas palabras crípticas, misteriosamente escritas sobre la pared por una mano, durante un festín regio, y que el profeta -uno de los cuatro mayores, según los Setenta y la Vulgata, pero no para los judíos- desentraña con terrible exactitud: Mené, Téquel, Perés: "Dios ha contado los días de tu reinado", "has sido pesado en la balanza y te falta peso", "tu reino se ha dividido y ha sido entregado a medos y persas". Belshazzar era un crápula, pero cumplió su palabra de encumbrar en la administración del reino a quien interpretase los tres vocablos. Aquella misma noche cayó asesinado y Darío el Medo, ya sesentón, se hizo con Babilonia y el poder. Todo esto nos lo enseñaban antes, más o menos -las palabras misteriosas, mucho; la orgía, no-, en clase de la llamada Historia Sagrada, pero nunca nos dijeron nada de Händel, ni de su oratorio, ni la verdad de Ciro o que los historiadores no identifican a ese Darío el Medo.

Händel y el libretista Charles Jennens cuentan la historia a su aire y hacen que Ciro, agradecido al Dios de Daniel, prometa devolver a los judíos a Jerusalén, que reedificará y cuyo templo se compromete a levantar desde los cimientos. Jennens relee el libro de Daniel, oreiginalmente trilingüe y muy posterior al exilio judío en Babilonia -que también alienta el "Nabucco" de Verdi-, pero bebe en otras fuentes: Isaías y Jeremías, Heródoto -que recoge la tradición del Éufrates convertido en fácil pista de acceso a Babilonia-, la "Cyropaedia" de Jenofonte -aporta el personaje de Gobrias y su adhesión a Ciro-, Flavio Josefo. En realidad, Ciro II tomó Babilonia el año 538 a.C., Belshazzar no era hijo de Nabucodonosor ni rey. Heródoto llama Labynetus al hijo del último soberano del reino neobabilonio, Nabuna"id, el Nabónido, que subió al trono el 556 a.C. y desde el primer momento delegó en Belshazzar el gobierno de Babilonia, a la vez que reformó incluso el calendario: suprimió la fiesta de año nuevo, lo que le granjeó el odio de los sacerdotes -que vieron esfumarse buena parte de sus ganjerías- y la conspiración de éstos a favor de Ciro. De todo esto no hay nada en el libreto de Jennens, que Händel retocó bastante, pero no la lección final: el castigo divino al orgullo impío de Belshazzar, que cabe etiquetar como "hybris" imperial, lo cual recuerda uno de los rasgos del pensamiento griego. Y, por otra parte, el texto contrapone hábilmente a judíos, el pueblo elegido, babilonios y persas.

El oratorio de Händel, dividido en tres actos y veinticuatro números, puede resultar un poco pesado en algunos números, por su carga doctrinal -que debió de proporcionarle a Händel crasos apoyos contables-, y en el conjunto de la obra, tan elaborada como perseguida por la mala fortuna. También es cierto que, pese a la variedad -hoy diríamos étnica- de sus coros, la intensidad de algunas arias y la belleza de su obertura, ningún número de este "Belshazzar" figura en el Händel imprescindible.

La versión fue muy apreciable, digna de pasar al disco. La orquesta sonó en todo momento pulcra, rica de timbre, con equilibrio y propiedad de articulación, exacta en la acentuación y muy flexible en la dinámica, sin el mínimo exceso en los reguladores pero plausible en la evidente gradación de volúmenes, según la intensidad dramática. La Wiener Akademie evidenció la belleza y conveniencia de los instrumentos de época -originales o auténticos, que no es lo mismo- y su intervención determinante frente al coro y los solistas, a los que aporta el color decisivo. Pero a la vez demostró, ya en la obertura, que esos instrumentos no pueden brillar ni por el legato ni por la longitud de fraseo.

La Wiener Akademie, de evidente juventud en los atriles, prueba la calidad de una enseñanza y la verdad incuestionable de que los instrumenistas y cantantes se curten en la práctica profesional. Porque lo dicho de la orquesta puede aplicarse al coro, veintiséis voces -15 blancas, 11 masculinas-, estupendas de limpieza, respiración y apoyo, exactitud de ataque y emisión, incluso en las vocalizaciones más dilatadas: conjunto homogéneo, aunque brillasen sobre todo sopranos y tenores, que acertó en el carácter de los himnos hebreos, la frivolidad babilónica y la marcialidad persa. El coro final, "My mouth shall speak the praise of the Lord", fue emocionante sin afectación, pero ya el primero, "Behold, by Persia"s hero made", nos puso ante una formación de calidad.

Isabel Monar, que sustituyó a la soprano prevista y cantó con partitura, comenzó nerviosa, con excesiva vibración en el arioso, aria y recitativo iniciales. Luego, sin apenas intervenir en la acción escénica, sirvió números cuajados y hondos. Así, el "The leafy honours of the field" y especialmente "Alternate hopes and fears".

Ciro y Daniel corrieron a cargo de contratenores. Forster, con laringitis, salvó el papel a media voz. Lee, muy potente y seguro, limitado en el grave. Brutscher demostró una excelente voz de tenor para el género, holgada, poderosa y expresiva, y capacidad escénica directa y adecuada.

Una sesión de calidad. Debemos atribuirla a los intérpretes, sin olvidar al director, especialista teórico y práctico en Händel.


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