Rees, graduado en Cambridge y profesor en la universidad de Bournemouth (suroeste de Inglaterra). Rees dio la última charla en las III Jornadas sobre Periodismo y Trauma celebradas la Universidad de Navarra.
¿Cómo se define una situación dramática?
Tiene que ser violenta y no esperada, que desafíe la identidad de una persona, su sentido de quién es. Por ejemplo, un refugiado pierde conexión con su realidad, y eso resulta traumático. Siempre son desafíos emocionales.
¿Desde cuándo la relación entre periodismo trauma?
Fue en 2004, mientras trabajaba en una película de la BBC sobre la bomba de Hiroshima. Volví a Japón, donde ya había trabajado antes, y entrevisté a los supervivientes de la explosión. Para mí fue un punto de inflexión.
¿Por qué?
Porque vi lo difícil que era transmitir mi vivencia y lo que me habían contado, y las altísimas implicaciones emocionales de esas experiencias, tanto para ellos como para mí.
¿Qué trabajo desarrollan en el Dart Center?
Nos enfocamos en conocer el mundo emocional, atreverse con la complejidad emocional de las relaciones, y crear un espacio de investigación y docencia, en el que el mejor periodista es el que se compromete con los sentimientos de los demás.
¿A qué conclusiones ha llegado en su investigación académica?
El reportero está para informar de un suceso o una catástrofe. Su trabajo no es el de psicólogo, sino el de conseguir la historia. Con el tiempo, me he dado cuenta de que las personas tienen una inmensa riqueza oculta en su interior que pueden sacar a la luz. Para ello, el periodista tiene que establecer una relación antes de comenzar la entrevista.
¿Qué más es necesario tener en cuenta?
A veces, hablar con alguien en situación de trauma puede ser una tarea ruda, como un rehén. Hay que transmitirle seguridad y responsabilidad para que cuente su experiencia. Una buena entrevista es aquella en la que te dicen cosas que luego no será necesario contar en la información.
En caso de realizar mal una de estas entrevistas, ¿qué tipo de consecuencias negativas traería?
En ciertas ocasiones, es posible incluso hacer resurgir el trauma de la víctima; no es buena idea preguntar a una mujer violada por qué llevaba ese vestido, o por qué hablaba con ese hombre. En otras circunstancias, es la seguridad del periodista la que puede correr peligro; tampoco es recomendable comenzar una discusión acalorada con un líder talibán.
¿Intenta transmitir todo eso en sus clases de universidad?
Sí, y creo que les gusta. Me siento orgulloso cuando mis estudiantes dicen que no quieren convertirse en periodistas de moda o del corazón. Usamos actores que simulan ser víctimas de una experiencia traumática y ellos les entrevistan, lo que también hemos hecho en Pamplona. Es una actividad muy exigente, en el que los sentimientos se sitúan cerca de la realidad.
¿Recibe respuesta de sus alumnos?
Hace un par de semanas recibí un correo electrónico de una estudiante que quería realizar un reportaje sobre prostitución y tráfico de personas. Le dije que lo importante era escuchar a la otra persona, y entablar una relación antes de comenzar la entrevista.
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