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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Este muerto no es el mío

Son casos recogidos por aquí y por allá, reales como la muerte misma. Todos ellos ponen en evidencia la escasa responsabilidad de algunos vivos hacia los muertos. Morir para ver.

Actualizada Domingo, 14 de diciembre de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

E STE mundo acelerado no se detiene ni ante la muerte. Llevan a los finados en coche, ya no se hace a hombros, y dentro de poco habrá máquinas en los cementerios que rezarán una oración si echas unas monedas: Su oración, gracias. Hace unos días, esas prisas de equinos desbocados, que van desde los bautizos a los tanatorios, jugaron una mala pasada a una familia, pues descubrieron que el muerto del ataúd no era el suyo cuando estaban a punto de proceder a su entierro.

Ya antes les había extrañado que su familiar no se pareciera nada a cuando iba de vivo, pero un vivillo de la funeraria les argumentó cuán agresiva es la muerte, cuyos efectos son capaces de cambiar aspectos de las personas hasta hacerlas irreconocibles. Amén. Con todo, al ir a depositar el polvo al polvo, quisieron echar una última mirada, y allí fue Troya. Uno de los hijos del difunto recordó una pequeña cicatriz en la mano derecha de su padre, y no estaba. Revolvieron Roma con Santiago, hasta descubrir la confusión de un empleado del hospital, que equivocó las etiquetas. Justo llegaron a destiempo de intercambiar los difuntos porque la otra familia acababa de enterrar al que no era su muerto. Desentierro habemus. Ya cada cual con su muerto, las familias recuperaron el sosiego, pero surgieron algunas dudas: ¿a quién habían rezado unos y a quién no los otros?, ¿a quién habían velado? Y lo peor, a un muerto lo habían honrado con el rito católico, cuando era ateo, mientras que al otro le dieron sepultura, siendo católico, sin una oración. Unos volvieron a rezar, y asunto resuelto, ¿y los otros? ¿Alguien sabe cómo se desreza a un muerto? Y más grave: imagínense que, al haberle rezado, el ateo va al cielo. ¿Pediría daños y perjuicios?

En otra ciudad, suramericana o algo así, quisieron apurar el velatorio con una despedida de cuerpo presente, aunque los presentes estaban, al parecer, con el cuerpo bastante tomado después de una madrugada de destilería aguda. Desclavaron la tapa de la caja y se encontraron con un fajo de fusiles kalashnikov y alguna munición salpicada. En medio de la tremenda barahúnda formada, acertaron a llamar por teléfono para pedir explicaciones al dueño de la funeraria. No fue fácil encontrarlo, porque se encontraba entre ellos, bastante alegre y con la memoria sumergida en el aguardiente. Serenado el músculo en parte, y no los espíritus, acudieron al local donde habían arreglado el cadáver y comenzaron a mirar por el diverso muestrario de ataúdes. Con la llegada de la policía fueron descubriendo cajas repletas de armas de diversos tipos y calibres, porque eso era la funeraria, una tapadera. Un negocio más de matar que de muertos. El cadáver apareció bajo una escalera de obra, en el suelo, entre un bazuca y un lanzacohetes tierra-aire, y tan pancho.

Filinto Ruiztorres falleció de un infarto en la isla de Aruba, mientras trabajaba por un periodo de seis meses en una refinería. Natural de Venezuela, como otros trabajadores, formaba parte de una brigada especializada en esas tareas de transformar el crudo en petrodólares. La muerte le sobrevino cuando ya había dado el callo en su turno de mañana, así son las cosas: unos no dan chapa y otros curran hasta el final. Inmediatamente, la empresa se hizo cargo de la situación y embarcó el cadáver en un vuelo de cabotaje que salía hacia Maiquetía, el aeropuerto de Caracas. Pero al pequeño aparato comenzó a fallarle un motor y aterrizó de urgencia en La Chinita International, a la sazón aeropuerto de Maracaibo. Allí determinaron que debía reemplazarse una pieza del motor, pero fue preciso pedirla aCaracas. Entre tanto, el avión quedó en el hangar. Cuando la familia del difunto pudo averiguar dónde podía o debía encontrarse el cadáver, había pasado una semana, y el avión, ya con el motor reparado, había partido rumbo a Barranquilla, en Colombia. Finalmente, dieron con el aparato, aunque Filinto, el infartado, no aparecía. Un juez abrió diligencias y la madeja fue embrollándose en medio del disgusto de los parientes. Al piloto lo detuvo la policía en un burdel de Barranquilla, donde solían juntarse aventureros de ron y alcoba, y declaró que un colega suyo se había hecho cargo en Maracaibo del cadáver, para llevarlo, vía marítima, a Caracas. Dos semanas habían pasado cuando apareció la embarcación en el puerto de La Guaira. Interrogado su patrón, aceptó haber cobrado por el transporte del difunto, pero se olió que había gato encerrado y prefirió arrojar la caja por la borda, por si era un encerrona. De drogas, dijo, mientras se fumaba un canuto.

Los pilotos, del avión y del barco, fueron juzgados y condenados, por su irresponsabilidad ante la muerte, y a Filinto, enmarado en el Caribe, le echaron unas flores de despedida.

La verdad te digo, son historias como éstas las que le quitan a uno las ganas de morirse.


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