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CRÓNICAS DE ASFALTO | FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Una vida en lista de espera

Acaba de cumplir el chaval sesenta años, y cuatro décadas lo contemplan como el rey de las listas de espera. El chico supera las de la Seguridad Social, y hasta esas filas que se ven en los lavabos de señoras

Actualizada Domingo, 7 de diciembre de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

S U mami cuenta con ochenta y dos años, y ahí sigue, aguantando el parterre del sombrero, flemática medioambiental, como si fuera princesa en edad de merecer, y tanta longevidad en el trono, a la par que empecinamiento, parece recochineo por lo que al hijo toca. Eso es lo que debe de pensar Carlos, el heredero de la corona británica, al que no le va a servir de nada, a este paso, toda la mili hecha como simple cabo gastador (de gastar).

No negaremos errores del príncipe, de ahí que se viertan aquí algunos consejos, a ver si entre todos conseguimos auparlo de una vez. Es importante no abusar de la estridencia negativa, y en eso no ha andado fino el hombre. Si yo fuera Carlos de Inglaterra, nunca me compraría, verbigracia, unos pendientes, pues evitaría a toda costa llamar la atención hacia mis pabellones; en su caso, unos pabellones más de Expo que auditivos. Quiero decir que no coquetearía con nada que pudiera atraerme perjuicio y si, dado el caso, necesitase dar un golpe en la mesa para demostrar que sigo ahí, esperando, resaltaría cualquier cualidad que tuviera (alguna tendrá, digo yo), nunca presumiría de cuanto la plebe súbdita puede entender como defecto. Y en caso de que no me adornasen virtudes, me soltaría la lengua en la intimidad de la familia, no destacaría dando carnaza a los tabloides sensacionalistas con andanzas escabrosas. Si yo fuera el ex de Diana, a buenas horas me hubiera casado con ésta de ahora, pero, en cualquier caso, aprovecharía ese resquicio legal que han descubierto para largarla por imperativo legal. Lo tiene chupado (del divorcio hablamos). Parece que el heredero debió casarse por la iglesia para que el matrimonio fuera válido, y aquí viene lo mejor: su madre representa la cabeza de su iglesia anglicana -junto con el arzobispo de Canterbury- y en eso lo apoyaría, no en vano es, además de monarquísima cansina, una suegra ejerciente con Camilla (no la puede ni ver). A no ser que el hombre esté enganchado a ella, a Camille, por vínculos contactuales (de contacto) que se desconocen y le destrozan el oremus en las horas del desparrame, cuando la sangre no es azul ni falta que hace. En este negocio, quien sabe la verdad es Carlos, y los demás tocamos de oído, que ni tocar es.

Si yo fuera el Príncipe de Gales,podría tener cualquier complejo, pues sin serlo ya los tengo, pero jamás de los jamases me adornaría con ése de Edipo, porque amaría a mi madre dentro de un orden, con la compostura de un gentleman y, apurando la flema, le sonreiría a la hora del té, justo antes de irme a buscar en el armario de la ropa mi escondida botella de ginebra (y los chicles de menta, auténticas bayetas del polvo alcohólico). Si yo fuera el heredero de la corona inglesa, sacaría a mi madre de su ensimismamiento, acaso fruto de ver pasar el tiempo sin darse cuenta, porque a quienes no laboran prieto se les van los días sin rascar, suavecitos, y nunca se preocupan de maldecir un lunes, les da igual, sólo tienen que esperar a que oscurezca, luego dejan que amanezca. y así. Y entre medio -de noche- se lo pasan regio.

Si yo fuera Carlos, no haría cuentas de mi espera porque me daría a todos los demonios, pero a mi santa madre le hablaría de cuán pesado, a la vez que efímero, es el peso de la corona, pues aun respondiendo a la voluntad divina -expresada por los hombres, desde luego-, no puede ser bueno emperrarse en la tozudez malsana de los 82 años cumplidos. Mamá, le diría, ¿dudas de mí todavía?, ¿algo huele a podrido?, ¿somos acaso Dinamarca?, ¿no ves que estamos ya dos generaciones en la cola de espera, que ni en los quirófanos forales se llega a tanto? Lo mío, madre, es como el que nace para contribuyente y casca sin que los inspectores de Hacienda lo pongan en su sitio. Que sepas que tu empecinamiento ayuda seriamente a engordar el Inem de las monarquías que, como sabes, son listas del paro que carga el diablo republicano, y mañana mismo, a cuenta de cualquier protesta del vulgo, se hincha el lío y nos dejan sin curro -es un decir-, y sin oficio -es otro decir-, y a mí sin la posibilidad de estrenarme. Ni siquiera Castro, mamá, ha dudado tanto en la sucesión. Céntrate, mamá, sé una buena abuela británica y cambia la corona por esos sombreros tan nuestros, por esas floreadas parcelas (hay jardines de adosado más pequeños). Por amor de Dios, mamá, tira ya la toalla y el armiño, piensa en este hijo que te quiere. suceder. Y si tampoco así me hiciera caso, me volvería un rebelde con causa allí donde más doliera: empezaría a conducir por la derecha, cambiaría el té de las cinco por el cubata de cualquier hora, al curry le darían por mimísimo saco, denunciaría al pirata sir Francis Drake ante el justiciero Garzón, por negrero y chorizo, y me afiliaría a Esquerra Republicana.

Ya lo sabes, mamá, no provoques al chico.


Comentarios
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  • Eres muy bueno te leo siempre que puedo . Un navarro en MadridRafael

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