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ENCUENTROS DEL DOMINGO | ÁNGEL ECHEVERRÍA IZU

ESPERAR AL QUE VIENE

Actualizada Sábado, 6 de diciembre de 2008 - 04:00 h.
  • DOMINGO II DE ADVIENTOMARCOS 1, 1-8

N ADIE puede vivir sin abrigar alguna esperanza..., sin un deseo que cumplir, sin unos proyectos a realizar. Deseamos la salud, el éxito en la vida familiar o profesional, en la educación de los hijos. Deseamos ganar dinero con el que buscamos, de alguna manera, ser más felices. Esperamos un "encuentro" decisivo que permita iluminar toda una vida. Estas aspiraciones y deseos son comunes a los hombres y mujeres de todas las civilizaciones, y de todas las religiones.

Pero en nuestro mundo moderno, sobre todo en occidente, nos sentimos a veces como peregrinos en un "desierto" -sin caminos, sin horizonte definido, sin perspectiva-, desierto que simboliza bien nuestra propia existencia. Tenemos una conciencia más clara que nunca de cómo pasan los sistemas, las filosofías, las culturas, los proyectos salvadores, las ilusiones individuales y colectivas. El escritor y filósofo ateo Jean-Paul Sartre resumía así esta impresión: "El mundo es un absurdo".

Por supuesto que es necesaria la fe para comprender que no podemos contentarnos con esperar la salud, o el dinero, o los bienes temporales. No hay una verdadera Esperanza, con mayúscula, sin la fe. Más allá de los bienes terrenos, los creyentes -y esto en todas las religiones- esperan a un Dios desconocido y presente a la vez. Y si atendemos el lenguaje de S. Juan Bautista comenzaremos a vivir la esperanza que él anuncia: ¿qué aguardamos?, ¿a quién esperamos nosotros?

"El viene", repiten insistentemente los textos de este Domingo II de Adviento: "Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos". Con estas imágenes -desmontar, nivelar, terraplenar- el Bautista utiliza el lenguaje bíblico habitual, invitándonos a la conversión; al acto personal y decisión libre de volvernos a Dios, desviándonos de nuestro egoísmo y maldades hacia los verdaderos valores, el amor y servicio a los demás.

Cercanos ya a la Navidad, somos invitados a "la conversión para el perdón de los pecados". ¿Qué tendremos que hacer? El precursor de Jesús lo anuncia con fuerza: "Yo os bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí bautizará con el Espíritu Santo". Es un Espíritu que nos hace renacer, que nos da un corazón nuevo, una semilla que crece desde el seno de la tierra.

Dios viene a nuestras vidas. Él no está nunca ausente. El corazón del hombre guarda siempre, aunque sea inconscientemente, esa pequeña luz tan vacilante de ser "imagen de Dios" y, aunque a veces parece escondida, nunca está apagada. Así es como el desierto que somos nosotros, se transforma en una tierra de esperanza. Lo que Dios ha sembrado en nuestros corazones no muere jamás.

Iniciamos la semana con la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María. Ella se nos presenta como la máxima expresión de la esperanza humana y bíblica del Mesías. Ella orienta nuestra mirada hacia el Salvador que ha llevado en su seno y lo ha introducido en el mundo gracias a su maternidad. Vemos siempre en ella "la primera cristiana después del Único", que nos acompaña en la espera de Aquel que viene a nosotros.


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