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SOCIEDAD

Lonja de Pamplona, 6.00 am

A las cinco de la madrugada comienza la jornada para los pescateros de Pamplona que puntuales se acercan a la lonja para seleccionar y comprar el mejor género. Son los últimos "detallistas"

Actualizada Domingo, 30 de noviembre de 2008 - 04:00 h.
  • I.BENÍTEZ . PAMPLONA

L OS primeros camiones en llegar a Mercairuña son los de Pasajes. A eso de las dos de la madrugada terminan de descargar los de Galicia. Una hora y media más tarde, Paco Oroz Arróniz y Ángel Mari Oteiza se desperezan para empezar la jornada. Supervisan el género y lo organizan, cada uno en sus puestos de venta en la lonja. Es de noche. Miguel Piqueras Navas ayuda en la colocación de las cajas. Ha entrado a trabajar a la una y media.

A las seis de la mañana, bajo los intensos focos de luz blanca irrumpen los pescateros más madrugadores. Seleccionan con premura las piezas más codiciadas del día y los mejores precios. Tres bonitos traídos en avión desde Canarias brillan con especial intensidad. Este año, durante la campaña del atún y bonito (julio, agosto y septiembre), en la lonja se vendieron 129.000 kilos de bonito y 40.900 de atún.

Paquita Campillo García es la primera en amanecer. A sus 61 años, después de 32 de experiencia, mantiene una vitalidad excepcional. Se acerca a uno de los tres cetáceos y les echa un vistazo. Amaga con levantar uno. Bromea. "Me quedan 3 años para jubilarme", anuncia sonriente. Aunque Campillo garantizó el relevo generacional de su familia, sin embargo, duda cuando le preguntan si sus hijos mantendrán el suyo. "No lo sé. Depende. Si mi hijo no encuentra trabajo fijo en otra cosa... quizá acabe en la pescadería".

El más veterano

José Ignacio Olaverri y su mujer empujan una traspaleta cargada de cajas de pescado, de un lado a otro de la lonja. Tiene 51 años y empezó cuando apenas contaba 14. Probablemente, sea el más veterano de los pescateros de Pamplona. Se ha levantado a las cinco de la mañana. "He comprado de todo", dice, " con la mirada puesta en la mercancía. "Mi padre trabajaba en la rotativa del Pensamiento Navarro. Y un día lo dejó todo y empezó con este negocio. Ha cambiado mucho la forma de trabajar desde entonces", asiente. Su mujer ojea la mercancía de Pescados Oteiza. "El futuro es negro, cada vez hay más competencia. Sin embargo, no creo que desaparezcamos. Nos defendemos con un producto de calidad". Olaverri ha depositado la confianza en su hija Maricarmen, de 25 años, para que continúe con la tradición familiar.

Pili Ros Oneca odiaba el olor a pescado cuando era una niña. Su madre lo sabía, y por eso, no le mandaba a por pescado a la pescadería Sesma en la Rochapea. Lo que es la vida. Ros y su marido, Pedro Urtasun Sanz, regentan hoy una pescadería en el barrio de San Juan de Pamplona y acumula más de 20 años tras el mostrador. Urtasun es más veterano. Tiene 41 años, pero se inició a los 14. Sus padres poseían un negocio familiar en el Casco Viejo. Tanto tiempo bregando entre escamas y agallas le han hecho más pesimista que su mujer. Responde con más contundencia a la hora de definir su futuro. Lo tiene claro. No quiere que ninguno de sus hijos le releven. "Es una vida muy sacrificada. Espero que mis hijos no continúen con un oficio que va en picado...", sentencia Urtasun. Su mujer, más optimista, le mira de reojo. "La influencia de las grandes superficies se notaron en su momento", afirma. "Estamos bien, dentro de las limitaciones. Las más jóvenes compran en los supermercados y las mayores se quedan en los barrios. Pero son las que menos consumen".

Urtasun insiste: "A pesar de que las pescaderías tradicionales mantenemos un género de calidad, la tarta es la misma para todos, pequeños y grandes. Las pescaderías de las grandes superficies buscan un precio más barato, con un producto de menos calidad, traído en su mayoría de caladeros fuera de España".

El más joven

Julen Sádaba Sesma, con 26 años, es el más joven de la lonja. Lo tiene claro. "Empecé cuando tenía 16 años, ayudaba a mi padre en la pescadería mientras estudiaba. Me gusta el oficio. La gente de mi edad no lo ve con buenos ojos porque es un trabajo muy duro y frío. Hay que madrugar". Su padre, Javier Sádaba Sesma, le mira con ilusión. Sádaba se inicio a los 14 años. Ayudaba a sus padres en la pescadería Sesma de la Rochapea, donde, casualmente Pili Ros Oneca no se atrevía a ir cuando era niña por el olor. Sádaba con más de 40 años de experiencia en sus manos, es otro de los pescateros más veteranos de Pamplona.

María Goñi y Mari Cruz Bértiz arrastran 42 años de olor a sal. No son muy optimistas. "Van a cerrar muchas más pescaderías", aseguran. "Es un trabajo demasiado sacrificado y los hijos no lo quieren. A pesar de la bajada de las ventas, nos mantenemos. Hay días que vienen clientes no habituales que han comprado el producto en alguna pescadería de las grandes superficies y no les ha gustado".

En 45 minutos, la lonja se queda vacía y las decenas de personas que se agolpaban en torno al marisco y el pescado, salen en una carrera contra reloj para preparar las existencias y exponerlas en los mostradores de sus negocios. Son las siete de la mañana. Es de noche. La ciudad despierta lentamente. El kilo de anchoa se vende a 5,5 euros. Un día más, Pamplona también huele a mar.


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