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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Scriabin y ni una sonrisa en toda la tarde

Tarde interesante, porque Scriabin merece atención, y excesiva de dosis, por redundante

Actualizada Jueves, 20 de noviembre de 2008 - 04:00 h.

V OLODOS (San Petersburgo, 1922) es solista bien conocido por los aficionados locales. Volodos ha demostrado aquí desde su primera actuación lo que había propalado la fama: una potencia compacta, firme y resuelta, así como una capacidad técnica indudable. Con ellas puede enfrentarse a cualquier obra para piano, aunque las características de su preparación parecen predisponerle a épocas y autores concretos. El programa de anteayer lo explicitó.

La primera parte se basaba en Scriabin (1872-1915), ruso y contemporáneo de Rachmaninov, que le sobrevivió veintiocho años. No sólo eran coetáneos, sino compañeros de aula en el conservatorio. Pero ni sus gustos ni las derivas personales y estéticas guardaron paralelismo alguno. No habrá aficionado que ignore alguno de los dos conciertos de piano y orquesta -especialmente los números 2 y 3- o alguna de las páginas para teclado que escribió e interpretó Rachmaninov, pianista sobresaliente e instrumentador hábil, autor también de melodías de amplia difusión y de coros litúrgicos, ortodoxos, claro es. A Rachmaninov se le puede echar en cara que adule al público con músicas edulcoradas, retros y fáciles, pero nadie cuestionará su "rusidad" esencial, como observó Guy Sacre. Nada de eso ofrece Scriabin, atento sobre todo al goce de la sonoridad por sí misma y, pasados los fervores poschopinianos de la primera época -y de la pequeña forma-, sumido en la creación de un universo musical propio, cargado de filosofía y misticismo, mistagógico, que se cerró con su muerte. Pero, purgada la faramalla teórica de sus textos, apta para epatar a ingenuos y desprevenidos, queda el músico, especialmente el del tercer período, abiertamente simbolista, que se ha comparado con el Mallarmé final.

Volodos sirvió su Scriabin fiel a la crudeza abrupta, a las indicaciones -salvo en el orden de las dos danzas, op. 73, que cambió- y al carácter de esa música difícil e innovadora, aunque en el fondo no lo parezca tanto, si se tiene en cuenta las conmociones de Stravinski y Schönberg. Scriabin, se diría, no llega a liberarse de los arpegios de Chopin. Pese a la calidad y potencia nítida de pulsación y articulación acreditadas por Volodos, música confusa, redundante y contradictoria. Scriabin llamó "Misa blanca" a su sonata preferida, la séptima, que interpretaba como un rito beatífico frente a la angustia mortal de la sexta. Pero anteayer pudimos comprobar la violencia disonante y dislocada de la obra, no menor que en otras del programa. Una tarde, en ese sentido, interesante, porque el Scriabin pianístico merece atención, pero quizá excesiva, por poco variada.

Las mismas cualidades derrochó Volodos en Ravel, Schumann y Liszt. Técnica poderosa y precisa, apabullante en todo momento, sonoridades fuertes, que dejan el instrumento en manos del afinador. Virtuosismo aparte, que no es sólo velocidad, eché en falta algo esencial, imprescindible en Schumann: pulsación lírica, poesía, sombras y alguna sonrisa. No las hubo en toda la tarde.


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