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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Tarde gloriosa con Mutter-Orkis

Actualizada Miércoles, 19 de noviembre de 2008 - 04:00 h.

F ERNÁNDEZ Arbós cuenta en sus memorias que "el centro principal de Sarasate durante sus estancias en Berlín era la casa del editor Simrock, donde todos le querían y admiraban muchísimo (.) Más de una vez coincidieron en sus veladas Brahms y Sarasate y tuve la oportunidad de presenciar la curiosa amalgama que formaban artistas tan opuestos.

Recuerdo que, en una de estas ocasiones, después de tocar Sarasate como un dios la "Fantasía escocesa" de Max Bruch, recién publicada por Simrock, ambos interpretaron la "Sonata en sol mayor", de Brahms; difícilmente podrán oírse juntos dos artistas más grandes y una ejecución peor. Brahms, como pianista, era rudo y potente, su interpretación más bien maciza, y con él contrastaba la diafanidad aérea y el juego grácil y soñador de Sarasate. Éste, que vio perdida la partida, renunció a la lucha desde el primer momento tocando con una placidez y abandono que pronto frisó en la indiferencia, y hacia la mitad del primer tiempo, sólo oíamos el torrente sonoro de los zarpazos que Brahms hacía brotar de su instrumento, mientras que, a la deriva, el arco Sarasate subía y bajaba con elegancia sin que el menor sonido lograra hacerse perceptible". La primera sonata de Brahms es de la primavera-verano de 1879. La "Fantasía" de Bruch, dedicada a Don Pablo, del invierno siguiente. La historia transmitida por Arbós tiene su mensaje críptico -él era de escuela alemana, discípulo de Joachim, amigo y mentor de Brahms- y no debe hacernos olvidar algo fundamental: Sarasate en público no tocaba nada de Brahms -el hijo de E. Lalo nos transmitió un porqué de la aversión-, pero conocía la música del hamburgués-vienés. Basta asomarse a las obras de la biblioteca musical de Don Pablo conservadas en el Archivo Municipal de esta ciudad. Allí hay dieciocho partituras de Brahms. Entre ellas, las sonatas segunda y tercera, editadas por Simrock.

Tuvimos anteayer mucha más suerte que Arbós. Una suerte extraordinaria. La noche de este lunes debe pasar a la historia de las grandes veladas musicales de la ciudad, por muchas razones. Era la primera actuación aquí de Anne-Sophie Mutter (Rheinfelden, Baden, 1963), pero más que el acontecimiento del debut importa subrayar que la violinista ya demostró su talla y rigor antes de hacer sonar la primera nota. El programa severo y exigente, hablaba por sí solo. Sólo una intérprete incontestable afronta en una tarde las tres sonatas de Brahms, sólo un nombre imprescindible puede imponer esas piedras angulares de la música de cámara y cumbres del romanticismo, desnudas de amenidades triviales, y sólo un auditorio avezado goza con tal programa.

Las versiones de Mutter resultaron deslumbrantes, cuajadas desde cualquier punto de vista. A estar alturas estarían de más apreciaciones técnicas y hay que dejar constancia de las musicales. Mutter, con un sonido controlado en todo momento, sutil de color y vibrato, creó un inolvidable ambiente de emoción íntima y contenida. Pasarán años y quien pueda contarlo hablará de la tarde en que Mutter hizo un Brahms dulce y equilibrado, fiel a las indicaciones del autor, precisas siempre, denso que no mazorral u oscuro, contrastado, lírico y nunca frágil. Filó los pianissimihasta extremos inverosímiles, pero siempre impecables de afinación y de timbre, y en ese virtuosismo -tan valioso como el de la velocidad- rozó la afectación, en la que no cayó porque en todo momento observó la métrica de la obra. La intensidad expresiva nunca llegó al amaneramiento, especialmente en los tiempos centrales, adagios o andante tranquillo, cuya placidez traslucía la tensión interior, como la línea melódica respondía a la solidez de los bajos armónicos, magistral siempre en Brahms.

Por lo dicho, podría parecer que Mutter no rebasó el volumen medio, pero los trescientos treinta y siete compases del presto agitato final de la tercera sonata derrocharon potencia, precisión y fuego, como luego, en la propina de Sarasate, cuya primera parte sonó límpida y tierna -las frases en sordina- y la segunda arrebatada y precisa, con unos pizzicati en la mano izquierda asombrosamente fuertes. Unos "Aires gitanos" para el recuerdo. Para muchos, una revelación, porque, según me dijo un oyente ducho, nunca habría pensado que esa pieza contuviera lo oído.

Más que injusto, sería irreal limitar la belleza musical de la tarde a Mutter. Brahms exige al piano tanto como al violín y a veces más. Lambert Orkis demostró su larga experiencia en el género camerístico y sobre todo su arte. A piano abierto, nunca tapó a la violinista, pero tampoco se tapó él. No acompañó, dialogó de igual a igual y logró matices y planos extraordinarios en el teclado y con uso sabio del pedal. La presentación del allegro inicial de la tarde anticipó toda la sesión. Y la introducción de "Aires gitanos" casi nunca suena con tan cálido color.

Tarde gloriosa y memorable. Por desgracia, también tarde de violín, piano y tos. Una vez más. Qué desgracia. No hay manera de que nos respeten el derecho a escuchar la música en silencio, que es lo que se cobra en taquilla, sin pelmas tosedores, carraspeadores y demás fauna con urgencias en la garganta. Más de un aficionado de largo recorrido ha observado hace tiempo que la tos no responde sólo a una necesidad fisiológica, sino al aburrimiento. Anteayer, hubo momentos en que las toses parecían responderse unas a otras y, sin embargo, en la propina de Sarasate, toda la primera y larga frase del violín no tuvo ni la más leve y disimulada.

En las notas al programa, apreciables por la oportunidad informativa y la ponderación del juicio, se hablaba del último trabajo discográfico de Anne-Sophie Mutter, "In tempus praesens", concierto de Sofia Gubaidulina, dedicado a la intérprete alemana. El texto decía präsens. No sabía que en latín existiera diéresis. Y al hablar de la primera sonata de Brahms, se atribuía la divulgación de la obra a Von Bülow "y el violinista Norman-Neruda". El violinista en cuestión era mujer, checa de cuna, Vilma (Wilhelmina Franziska) Neruda, y Norman, el apellido de su primer marido sueco. Me atrevería a señalar el origen bibliográfico francés de ese error, mantenido en la versión castellana.


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