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Un coche va a estallar en el campus

Actualizada Domingo, 9 de noviembre de 2008 - 04:00 h.
  • TEXTO: IVÁN BENÍTEZ Y GABRIEL GONZÁLEZ - FOTOGRAFÍAS: IVÁN BENÍTEZ

Hasta las 10.58 horas, los más relevante de aquélla mañana del 30 de octubre era que llovía sin parar. La cuarta hora lectiva en la Universidad de Navarra iba a comenzar. De repente, por sorpresa, un coche con 70 kilos de explosivos estalla en el aparcamiento. Este es un puñado de vidas que aquél día se cruzaron con la bomba.

Es jueves 30 de octubre. Llueve en el campus la Universidad de Navarra. Disperso entre todo el ajetreo de una mañana habitual, un joven llega poco antes de las 9.00 horas al volante de un Peugeot blanco y lo aparca frente a la oficina de Dirección de Personas, en el ala este del Edificio Central. En apariencia, es sólo uncoche más. Nada hace sospechar que su maletero está cargado con dos ollas y entre 60 y 70 kilos de explosivo. Alrdedor, todo sigue su curso habitual: los alumnos comienzan sus clases, los empleados del Central empiezan a ocupar posiciones... Sigue lloviendo. Y lo que iban a ser dos horas más en la nómina de la rutina lectiva, hoy son historias extraordinarias que, afortunadamente, todos pueden contar.

Alfonso Ignacio Jáuregui, de 40 años, encargado de las limpiezas generales y saneamiento de las tuberías, ni siquiera estaba en la Universidad, pero no olvidará aquella mañana: "¡Nos salvamos de churro! Justo ese día nos tocaba el lateral donde explotó la bomba, porque estábamos saneando las tuberías de la fachada del Edificio Central. Pero como esa mañana llovía decidimos hacer otros trabajos enCarlos III".

El bedel de la guarda

A escasos metros de donde tenía que estar este limpiador se encontraba Miguel ÁngelTejero, estudiante de 3º de LADE. Poco antes de la explosión bajaba desde su casa en dirección a Económicas y tenía que pasar por delante del Peugeot blanco. Pero entonces vio el coche del bedel Jesús María Martínez, de 43 años en la puerta de Belagua y entró a saludarle."Sólo fui un instrumento para retardar el paso de Miguel Ángel por la zona del atentado", recuerda el bedel. "Él entró a ver si necesitaba algo y aproveché la ocasión porque Miguel Ángel maneja muy bien Internet y le pedí que me ayudara a sacar el horario de las misas para el día de los difuntos en Soria, en mi pueblo, donde viven mis padres", cuenta el conserje mientras se abraza con Tejero. "¡Es mi ángel de la guarda!", exclama el alumno. "Gracias a que me demoré dos minutos todavía estoy vivo. ¡Me ha salvado la vida! Serían las 10.55 cuando salí de Belagua. La explosión me pilló por detrás del Edificio Central, a la altura del Faustino, antes de llegar a la esquina del parking. Me protegí con el paraguas, incluso, aunque parezca de película, llegué a pensar que el coche me caería encima... Hoy (miércoles) al pasar otra vez por el lugar me he asustado. Podía haber muerto".

Un cigarro salvador

Javier Irigaray Murillo, de 25 años, trabaja en Fundación Empresa Universidad y en su caso debe a un cigarrillo el haber salido ileso del atentado. "Para que digan que el tabaco mata, je, je..." bromea mientras recuerda lo ocurrido: "La jornada transcurría con normalidad y, aunque no tenemos una rutina para tomar el café, ese día lo hicimos a las 10.45 porque mi compañero Pablo Martín insistió. No sé por qué fui, tenía mucho trabajo acumulado. Bajamos y tras un café rápido, a Pablo se le antojó un pitillo. Yo no soy fumador habitual, pero de vez en cuando fumo. Caminamos hasta la parte cubierta del Edificio Central y desde allí miramos en dirección al coche bomba. Cuando explotó, toda la gente salía del edificio, pero nosotros entramos rápidamente por si alguien necesitaba ayuda. En las escaleras me crucé con una compañera queme dijo: "Menos mal que no estabas arriba". Al llegar a mi sitio vi que parte del techo y una lámpara gigante de hierro de siete kilos estaba sobre mi mesa... En ese momento, no te haces cargo porque estás más preocupado por la gente, pero al día siguiente sí que piensas que podía haber pasado algo grave. Y cuando escuchas que tanta gente se ha librado... Quizá desde arriba nos han echado un cable...". La potencia de los explosivos fue tan devastadora que el guardabarros del coche penetró por la ventana de uno de los despachos de la segunda planta de la Torre. Voló 15 metrosde alto.

Un portátil escudo

A Carmen Saralegui Platero, profesora de Lengua Española, la explosión le llegó mientras trabajaba en su despacho en el edificio de Bibliotecas. Como en muchas estancias de este inmueble, sus cristales estallaron. "Yo estaba trabajando hacia la ventana con el portátil y saltaron todos los cristales. Me tapé la cabeza ya al levantarla vi que la pantalla del portátil había frenado un cristal con puntas de estas dimensiones (separa sus manos hasta abarcar 30/40 cm). Si llega hasta mi cuerpo, no lo cuento”. Otro compañero de Saralegui estaba en el baño cuando explotó la bomba. Al volver a su despacho, un cristal de similares medidas estaba incrustado en su sillón. En la fachada de este mismo edificio, colgado en los ventanales que estaba limpiando, el brasileño Leandro Gomes Feitosa sintió más la onda expansiva que la explosión. "Me quedé colgado, pero quince minutos antes me encontraba limpiando una cristalera más próxima al coche, y que reventó". En la explanada, a unos 60 metros de la bola de fuego, Maite Sánchez, estudiante de periodismo sufrió un traumatismo en el tímpano. La estudiante de Publicidad Raquel Mollano Valerio, de 21 años, también andaba por ahí, pero en sentido contrario. Y no sólo pasó por el aparcamiento, sino que anduvo justo detrás del coche bomba. Cuando subía las escaleras de Bibliotecas, la onda expansiva la tiró al suelo.

Entró una bola de fuego

En Bibliotecas sintieron la onda expansiva, pero en el interior del ala este del Edificio Central sintieron el bombazo atronador y el calor de la deflagración enprimera persona. El coche estaba situado frente a las ventanas de Dirección de Personas. Allí trabajaban cuatro de las diez personas que habitualmente lo hacen. El resto había salido a tomar un café. María José Bailly-Baillière cuenta lo que sintieron sus compañeras: "Muchísimo calor, una bola de fuego que entraba y salía, cascotes de cristales que caían... Yo estaba en el Faustino y retumbó todo. Salimos tranquilos y la policía nos mandó alejarnos. Ahí fue cuandonos entró el pánico".

En Tesorería y Administración, la esquina más próxima al coche bomba, estaban trabajando seis personas. Tres se encontraban tomando un café y otra, justo la que se sitúa al lado de la ventana que cayó, en clase de un Master. Virginia Minondo Verdú resultó herida: "Noté cristales en la espalda y me los tuvieron que quitar con pinzas. Era más lo aparatoso de la sangre que las heridas", cuenta. Junto a ella estaban Miriam Autonell Alegre y María Fernández Ygartua. "Fue como una metralleta de cristales", dijo una de ellas. Las tres añadieron que un profesor, al que habían entregado una factura y se había marchado a Bibliotecas, regresó porque había algún error. "Luego vino a darnos las gracias por la equivocación, porque si no le habría sorprendido en el aparcamiento".

En el Aula 18, la explosión puso un violento punto final a una explicación sobre Nietzsche de la profesora Lourdes Flamarique. En su caso, el fuego que se veía por el hueco de la ventana, que había reventado, pertenecía al de un coche que tenía pintura roja en el maletero y quese incendió casi de inmediato a la explosión. En clase había 12 alumnos, 8 de los cuales resultaron heridos. "La llama no entró, pero se veía fuera. Los dos alumnos que estaban al lado de la ventana sufrieron heridas y la que estaba más alejada tuvo un corte en la puerta. Alguno gritó y uno del fondo se levantó aturdido. Recuerdo que todo estaba movido y que tuvimos que retirarmobiliario caído para poder salir.

Ludovico Mastrocinque García y Marina Calderón Durá, sobrevivieron por partida doble al atentado. "Menos mal que le convencí. De otra manera, estaría muerto", explica Marina, llevándose los libros que cargaba ese fatídico jueves a la cintura, en la esquina del ala este. "Estuvimos una semana sin dormir por culpa de un trabajo de microeconomía. Después de entregarlo, preferimos saltamos una de las clases y descansar en el Faustino. Ludo y yo nos retrasamos un poco de los amigos porque él quería ir a estudiar a Torre II. Al día siguiente, teníamos examen de cálculo. Nos quedamos en la esquina del parking del Central discutiendo, hasta que logré convencerle. Nada más atravesar el soportal y doblar la esquina, dos minutos después, estábamos ya bajo el marco de una de las ventanas de Oficinas Generales y explotó el coche. La ventana saltó por los aires y cuando iba a caer sobre mí, Ludo tiró de mi mano y evitó que la cristalera me rebanase".

Convencidos in extremis

Sin darse cuenta, se cruzaron en este soportal con Arturo Cuéllar, de 19 años y estudiante de LADE, y José de las Cuevas Tobar, de Sevilla y de la misma edad, también de LADE. "Arturo debía pasar obligatoriamente por delante del coche para llegar a Torre I y yo tenía que ir a la biblioteca; sin embargo, nos llamó mi primo al móvil y para no mojarnos hablamos con él bajo el soportal. Nos demoramos lo justo, y 20 segundos después, el estallido. La onda expansiva era una corriente de humo blanco y restos de coches, luego vino un pitido y... un silencio. Nos acercamos hasta el coche por si había alguien entre el fuego..."

Otros de los que cambió de trayecto en el último instante fue Carlos Febrer Roselló, estudiante de 17 años, y Santiago Sureda de Lucio, de 19. Antes de la explosión, Febrer había pasado seis veces por delante del coche. "Es un camino obligatorio para los estudiantes para ir a desayunar, comer y a las clases. Alas 10.30, fue la última vez que pasé al lado del coche. Tenía que entregar un trabajo a las 11 y no sé por qué, decidí entregarlo antes de la hora.Cuando regresé a Torre II, uno de mis amigos (Santiago Sureda) tenía queir a clase a las 11de la mañana en el Central. Le pedí que se quedara haciéndome compañía. Llovía, y al final leconvencí. La deflagración nos sorprendió en los ordenadores de Torre II. La onda expansiva abrió la ventana y se introdujo en la sala".

Al bedel de su edificio, Patxi Queralt Azpilicueta, de 45 años, le salvó la silicona de la ventana: "Estaba en la misma línea del atentado, leyendo. Escuché un golpe seco, levanté la cabeza y vi una nube de color gris y roja hacia mí. El primer cristal de la portería saltó por los aires. El segundo, el que me separaba de la portería aguantó el impacto gracias a la silicona. La ventana cedió en vez de reventar". Cuando Patxi Queralt salió fuera se encontrócon el cartero Juan José Asiain Esparza, de 51 años: "No sé por qué me adelanté, pero pasé por junto al coche dos minutos antes", aclara.

Con nueve días de vida

El jueves 30 de octubre, también era un día especial de estrenos y presentaciones, sin embargo todo cambió...A las nueve de la mañana, como cada día, Juan Ramón Labiano Zabalza de 33 años y su mujer Silvia Aranguren Oroz, los dos, empleados de la Universidad, aparcaron su furgoneta a escasos metros del coche bomba. "El 21 de octubre nació nuestro hijo Pablo. Normalmente suelo dejar primero a mis hijas en el colegio y luego vengo a la Universidad a trabajar, pero ese día teníamos revisión con el pediatra a las doce y aprovechamos para presentar a Pablo entre los compañeros. Por tradición, solemos presentar a nuestros hijos al nacer", cuenta Labiano. Eran las nueve de la mañana. "Dejé ami mujer Silvia en el coche dándole el pecho a Pablo y me dirigí a mi oficina".Silvia trabaja en el departamento de informática de Derecho. Terminó de amamantar a Pablo en el interior de la furgoneta (casualmente se la entregaron el día 20, un día antes de su nacimiento) y decidió, en un último instante, cambiar el orden establecido: se dirigiría primero a su trabajo en Derecho antes de acercarse a las oficinas donde estaba su marido. Y así fue. En cuanto entraba por la puerta de su departamento, la tierra tembló...Su marido salió del Central a la carrera en su busca: "¡Mi mujer está dentro del coche!", gritaba. La encontró en Derecho. Ella y su hijo estaban vivos, como el resto de las personas de esta historia.


Comentarios
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  • ¿Y si la bomba hubiera sido activada por control remoto? ¿Nadie lo ha pensado? Es probable que un terrorista tuviera visión directa del coche... No creo en las casualidades ni en los milagros, cuando quieren muertos, los tienen, por desgracia.Javier
  • Por favor ni san escriva ni nadie prootege la universidad, las casualidades de la vida hicieron q no tngamos que lamentar vidas, pero si la hubiese protegido no habria dejado ni tan siquiera poner el coche que a costado cientos de intoxicaciones...Es solo protector parcial o q tipo de broma es esta, otra mas del opus ??fran
  • UN PREMIO LITERARIO SE MERECEN Y UN APLAUSO DE TODOS LOS ESPAÑOLES QUE QUEREMOS LA PAZ Y ESTAMOS HARTOS. DIOS ESTA EN NUESTRAS VIDAS AUNQUE NO LO QUIERAN ENTENDER ALGUNOS. GRACIAS POR QUE ESTAIS VIVOS Y NOS CONTAIS ESA EXPERIENCIA TERRIBLEBRAVO. SOIS VALIENTES.
  • San Escribá protege la universidad...Sin duda
  • impresionanteq fuerte
  • Es un relato sobrecogedor, parece imposible que una serie de circunstancias normales en sus vida corrientes, tales como se relatan, coincidan como si estuvieran sincronizadas, en el momento en el que sus vidas estaban en juego. Todo esto me ha dado mucho que pensar. ¿Qué ha hecho posible que todas esas personas coincidieran en no estar en el aparcamiento? ¿Parecece evidente que sería más correcto preguntarse por el QUIÉN que por el qué? Después de esto nada, que desde ahora pienso ser mucho mejor amiga de mi ángel de la guarda, ¡por si acaso!Guadalupe Arribas Echeveste

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