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PAISAJES CON LEYENDA

Las tierras de Iranzu

Del monte de Abarzuza han salido varios campeones en las carreras de cutos de Arazuri

Actualizada Domingo, 9 de noviembre de 2008 - 04:00 h.
  • TEXTO Y FOTOS JOSÉ A. PERALES

El monasterio de Iranzu es la puerta de acceso a un mundo mágico, que late todavía en varios lugares del monte de Abárzuza. Es el caso de las piedras de Sansón, en Lizarrate, y del alto de Dulanz, donde se halla el punto más alto de la sierra de Urbasa

L O primero que llama la atención del monasterio de Iranzu es el privilegiado entorno natural en que se ubica: un vallecito alargado, rodeado de rocas fantásticas ( peña del águila, la bandera, etc.) y atravesado por el río del mismo nombre. Hoy el paisaje que rodea el monasterio es un pastizal donde campan a sus anchas las vacas royas del cenobio y las de algún vecino de Abárzuza. Pero antaño, lo que hoy es prado debía estar cubierto de helechales. Al menos, esto es lo que evoca el nombre de este lugar habitado desde el siglo XI, cuando se levantó el primitivo templo de San Adrián.

El aspecto actual de Iranzu se remonta a los siglos XII y XIV, época de esplendor del monasterio. Entre estas fechas se construyeron el bello claustro protogótico, la iglesia de Santa María, la casa abacial, la sala capitular, las celdas de castigo de los monjes y la célebre cocina, con su chimenea central. Por estas dependencias solía andar, ligero como un lince, agitando el aire con sus hábitos, un monje de origen francés, apodado Dulanz que llevaba fama de mago. Según cuentan en el pueblo, este religioso del siglo XIV solía hacer misteriosos viajes a Francia, siguiendo la antigua calzada de piedra que va de aquí a la venta de Zumbelz por el monte de Abárzuza. Cuenta la leyenda que en el punto más alto de este monte, junto a la muga con Urbasa, conocida antaño como "lo del Rey", había una rústica ermita donde el monje solía pasar temporadas entregado a la oración y a la fabricación de pócimas. El caso es que un día, tras una nevada, a Dulanz lo encontraron muerto, y ahí se quedó su nombre prendido de este lugar mágico que ha sido un punto de referencia para los pueblos del contorno.

La estrella del rabo

Como recoge el etnógrafo Pedro Argandoña, en 1910 numerosos vecinos de Lezaun, Abarzuza e Ibiricu peregrinaron hasta aquí de noche para ver a la "estrella del rabo", anunciadora del fin del mundo. Se trataba en realidad del cometa Halley , que algunos interpretaron como presagio inequívoco de un castigo divino.

Entonces, el monte de Abarzuza era todavía lugar de trabajo habitual de pastores, leñadores, carboneros, arrieros, cazadores,. que pasaban el día en el bosque. "El monte Dulanz estaba lleno de carboneros. Desde aquí se veían las señales de humo que levantaban sus eras en toda esa cordillera", dice el antiguo pastor de latxas Jesús Iriarte.

A sus 78 años, Jesús acompaña a veces a su hijo, el ganadero Miguel Angel Iriarte, que sigue subiendo al monte a diario para dar vuelta por las ovejas en los corrales de Zanabe o en el portillo de Urritzaga.

"Hoy, con el todoterreno , vas y vienes en un momento, pero hace unos años había que venir a pie o con caballerías. Por eso, antes pasábamos aquí semanas enteras. En pasando el invierno, corriendo a la sierra. Yo puedo decir que he dormido aquí más que en casa", añade Jesús.

Según dice el alguacil de Abárzuza, Mikel Pascual, guía de este reportaje, desde el alto de Dulanz, situado a 1.243 metros, hasta el monasterio de Iranzu (650 metros) , hay diez kilómetros de subida, y casi seiscientos metros de desnivel. "Primero pasas los tres Zampiaus, como llamamos aquí a las tres cuestas que se abren en la base del desfiladero. Luego, dejas a la izquierda el cañón del río Iranzu, que nace en un lugar próximo, y asciendes por el camino de Donepetri (hoy asfaltado), para enlazar con el camino de Tángano". En este tramo, el camino atraviesa un magnífico bosque de hayas, que los vecinos de Abárzuza siguen utilizando del modo tradicional. "Yo me encargo de marcar la leña para los hogares, y de cuidar que los ganaderos cumplan las normas", añade el empleado de servicios múltiples, Mikel Pascual. "Ya no es como antaño, que la gente se pasaba la vida en estos bosques, pero la gente del pueblo todavía tiene costumbre de hacer leña para casa".

Otros usos del bosque que se mantienen e incluso van a más son la recolección de setas, la caza de la becada, la paloma o del jabalí. "Antes, se cogían de aquí cantidad de ardillas, y también de mitzarras (lirones). Ahora está prohibido pero siempre queda algún furtivo que los coge.

Aunque estos usos van a menos, los vecinos de Abarzuza han desarrollado costumbres particulares que evocan la estrecha relación que hubo siempre con el bosque. Algunos ganaderos de Abarzuza suelen cruzar cerdos con jabalís. Así obtienen una especie híbrida, que produce marranos más vivos, semisalvajes que han dado grandes campeones en la carrera de cutos de Arazuri.

Las peñas de Sansón

A pesar del declive del sector primario, el monte de Abarzuza sigue siendo un lugar propicio para la ganadería. Hoy las especies dominantes son las ovejas latxas, yeguas y vacas pirenaicas. Algunas de estas especies pastan entre monumentos megalíticos (la mayoría tumbas de la edad del hierro y del bronce), o se rascan el lomo en las "piedras calzadas" de Lizarrate. Una leyenda asegura que estas enormes rocas naturales fueron lanzadas por Sansón desde el monte San Donato. También hay cuentos que hablan de gentiles, hombres gigantes que dejaron su huella en las rocas del entorno. Dejando a un lado las cuestiones mágicas, estas y otras piedras han servido para delimitar los términos, como lo demuestra la enorme pared de piedra que separa los términos de Abarzuza y de Lezaun - también de Urbasa y Lezaun-, o la célebre Txirla una piedra de muga de más de dos metros que delimita los términos de Ibiricu, Abarzuza y Lezaun, en el término del Tángano.

Otra muestra impresionante de la cultura lítica de esta zona son los corrales de Zanabe con sus rústicos arcos de medio punto y su cabaña redonda, hoy en estado de ruina. No muy lejos de aquí se encontraba la también desaparecida venta de Zumbelz, testigo de un mundo que se esfuma inexorablemente. A poca distancia, estaba el charco del Lobo, donde mataron al último ejemplar de esta especie.


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