Diario de Navarra | Facebook Se abrirá en otra página Diario de Navarra | Twitter Se abrirá en otra página Hemeroteca Edición impresa
Mi Club DN ¿Qué es? Suscríbete

La Hemeroteca
    Navarra
INTERNACIONAL

El espejo de todos los sueños

Las urnas del 4-N han cambiado mucho más que el color de la Casa Blanca. Es la era de Obama

Actualizada Viernes, 7 de noviembre de 2008 - 04:00 h.
  • MERCEDES GALLEGO . COLPISA. WASHINGTON

NO No es sólo el color lo que ha cambiado en la Casa Blanca. George W. Bush era el hijo de un presidente y nieto de un senador. Barack Obama es hijo de un emigrante keniata que abandonó a su madre cuando él tenía apenas 2 años. El abuelo Onyango era un herborista que vivió en una choza cuando aún ni se oía hablar del hombre blanco.

Son dos experiencias vitales completamente diferentes y ésa es precisamente la mejor tarjeta de presentación que tiene el nuevo presidente de Estados Unidos.

Su elección supone una brillante operación, más capaz de reparar el daño que ha dejado su antecesor en la escena internacional que las heridas raciales de su país, donde muchos quieren zanjarlas con su elección.

Una de las confesiones biográficas más reveladoras del abismo que le separa de sus hermanos negros es el hecho de que hasta los 9 años ni siquiera fuera consciente de las connotaciones de su color de piel.

Y no lo descubrió por una mirada de odio en la calle, sino en las páginas de un reportaje de la revista Life, que ojeaba mientras su madre hacía una entrevista de trabajo en la Embajada americana en Yakarta.

Aparecían unas fotos y se detuvo en la de un hombre en el que, a primera vista, no encontró nada inusual que le diera la pista. «Sus manos tenían una palidez innatural, como si le hubieran extraído la sangre de la piel».

La felicidad de un blanco

Era la clave. Descubrió con horror que miles de negros como ése habían respondido a un anuncio de tratamientos químicos para aclarar la piel que prometía «la felicidad de un blanco».

El niño que se había criado entre blancos en un estado multicultural como Hawai sintió de pronto «un arrebato de calor en el rostro y en el cuello», según contó en el libro Sueños de mi padre. «Se me hizo un nudo en el estómago y las páginas se volvieron borrosas». Hasta ese momento su madre le había hecho sentirse orgulloso de compartir el color de piel de Nat King Cole y Sidney Poitier.

«El hecho de que mi padre no se parecía en nada a la gente que yo tenía alrededor y de que era negro como el tizón, mientras mi madre era blanca como la leche, apenas se había registrado en mi mente», confesó.

Eran los años sesenta, en el resto del país todavía se linchaban negros y los matrimonios interraciales aún eran ilegales en muchos estados.

En una burbuja

Obama había vivido en una burbuja que le ahorró resentimiento. Y eso es algo que probablemente contribuyó de forma decisiva a marcar el carácter conciliador que le caracteriza.

Obama no es un hombre que busque la confrontación ni reaccione ante las provocaciones, lo que frustró a John McCain durante los debates y dejó perplejos a sus propios seguidores. Los analistas creyeron que era una estrategia para no despertar al fantasma del "angry black man" que tanto asusta a los blancos.

Los republicanos lo vieron como un síntoma de debilidad imperdonable para el nuevo comandante en jefe del país más poderoso del mundo. Y los biógrafos recordaron que Obama había heredado el carácter y la influencia de su madre.

«La única vez que vi a mi madre enfadada es cuando veía crueldad, cuando alguien era víctima de abusos o se le trataba distinta por ser diferente. Y si me veía a mí portarme así se ponía furiosa, y me decía: imagínate en los zapatos de esa persona, ¿cómo te sentirías? Esa idea tan simple se quedó conmigo».

Eran las bases que hacen del nuevo presidente un ser especialmente dotado para la reconciliación. Si Bush apenas había cruzado la frontera sur con México, rodeado siempre de privilegios, Obama pateó las calles de Yakarta a los 6 años como un niño más.

Seis meses después hablaba el idioma y comía saltamontes. Su padrastro seguía una rama del islam y su madre era una agnóstica que «creía en un orden de bondad en el universo».

Su primer compañero de piso en la Universidad de Columbia (Nueva York) fue un paquistaní que se convirtió en su mejor amigo. En Yakarta vivía en una casa abierta de estuco y azulejos, con un patio trasero «que parecía un zoo». Antes de los 10 años ya había visto «el vacío en el rostro de los agricultores el año en que no llovió y lo cruel que puede resultar el mundo».

Como un molde

Luego siguieron los años en Hawai con sus abuelos maternos (la abuela murió la víspera de las urnas). Obama descubriría que su verdadera búsqueda no era la de los progenitores ausentes, sino la búsqueda de identidad racial que le llevó hasta los barrios negros del sur de Chicago, donde formó una familia negra y tramó las conexiones políticas que, tras los estudios universitarios, le llevarían finalmente al poder.

La mejor virtud de Obama ha sido la de ser un espejo en el que cada uno refleja «nuestros mejores ángeles», según Bruce Springsteen. El propio Obama admite ser un molde en blanco en el que todo tipo de gente proyecta su visión. «Y como tal, estoy condenado a decepcionar a muchos, si no a todos», advierte.

No se parece en nada a ninguno de los presidentes que hasta ahora aparecían en el dólar. La cuestión es si su país será el mismo cuando deje su marca en la Casa Blanca.


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

© DIARIO DE NAVARRA. Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual

Continuar

Estimado lector,

Tu navegador tiene y eso afecta al correcto funcionamiento de la página web.

Por favor, para diariodenavarra.es

Si quieres navegar con muy poca publicidad y disfrutar de toda nuestra oferta informativa y contenidos exclusivos, tenemos lo que buscas:

SUSCRÍBETE a DN+

Gracias por tu atención.
El equipo de Diario de Navarra