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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Flores a los muertos

Hoy es un buen día para reflexionar sobre los muertos: o sólo se mueren los buenos o añadimos piropos a las flores naturales. El caso es que a veces toca ir a un funeral y se te disparan los pensamientos.

Actualizada Domingo, 2 de noviembre de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

A DEMÁS de la nota triste por el que se ha ido, los funerales son eventos sociales en los que se practica el reencuentro, algo nada fácil en una sociedad que corre y corre, en demasiadas ocasiones sin saber por qué ni hacia dónde. Con excesiva frecuencia. en busca de otro funeral. Muchos critican que se hable bien del difunto o, más precisado, que se elogie por costumbre u obligación tácita, aunque el finado fuera un punto filipino.

¿Y qué quieren?, ¿que salga allí un prójimo y ponga a caer de un burro al muerto? Seamos comprensivos. Si era bueno, hay que recordarlo y decirlo bien alto, se lo merece en su despedida; y si no lo fue tanto, ¿qué más da, si ya no está? Para muchos, téngase en cuenta, será la primera vez en la que hablen bien de ellos ¡y no lo van a oír!, ¿no es eso bastante castigo y frustración?

La semana pasada estuve en un funeral. El oficiante -al fin, hombre de fe- dijo del muerto que era una persona sencilla y buena, como tantos y tantos, y yo salí reconfortado por las palabras del cura o, mejor, por el redescubrimiento, según la citada fuente religiosa, de que haya tanta gente buena. Estos mensajes conviene oírlos cada cierto tiempo, y poco importa si también son mentiras pías, porque no faltan días en los que cuesta encontrar a la gente buena. A quienes nos movemos en este negocio de la información, nos es muy conveniente sumergirnos en la realidad y huir de las ficciones con que trabajamos, o al revés, no sé, pero es bastante probable que perdamos la visión del texto por culpa de las letras. Andamos demasiado metidos entre páginas que narran abundantes desgracias, insultos cruzados y demás basura no reciclable y, sin querer, nos alejamos de la gente buena. De ésa que no es noticia, para entendernos. Nos dejamos llevar tanto hacia un lado que perdemos la Rosa de los vientos y no sabemos de dónde nos sopla. Aunque, lo advierto, no deben echarnos a nosotros toda la culpa. Con frecuencia, ahora que disponemos de herramientas innovadoras, como Internet, al comprobar qué noticias llaman más la atención, indefectiblemente los sucesos están siempre a la cabeza., en franca contradicción con esas encuestas sesudas que siempre acaban denostando la casquería. De modo que, como digo, no toda la culpa es nuestra.

La verdad es que nunca me han gustado los funerales, pero de todos a los que he asistido y asistiré, y que tan mal me han caído al cuerpo, sé perfectamente que tengo uno pendiente que todavía me ha de sentar peor. En ese día, como canta Jotaeme Serrat, ¿quién rezará a mi memoria, Dios lo tenga en su gloria, y brindará a mi salud? A mí me gustaría agradecer la presencia de todos los asistentes, pero es imposible: no puedo hacerlo ahora porque desconozco sus nombres y en cuanto al día de autos, ¿qué les voy a contar?: si me dejaran regresar a dar las gracias, tendrían que devolverme esposado por la Guardia Civil a mi estado inerte. Me gusta esta puñetera vida. Así que no hay arreglo. ¿Y qué dirá el cura? Posiblemente sea un buen hombre y mencione algo agradable de mí mientras algún listillo frunce el ceño entre los presentes, como diciendo: A mí me vas contar cómo era este pájaro. Es lo bueno de la muerte, bajo mi modesto punto de vista, que, más allá de las cortesías, siempre hay alguien a quien le reconforta el adiós del difunto. En el fondo, eso lo sabemos todos, pero nos cuesta hurgar en la herida, en la hipocresía latente, en las herencias ansiadas, en los odios terrenales., es tan fácil cargar las tintas en el aire compungido, en la retórica de la pena. Yo no quería que se muriera, desde luego, pero si tenía que ser así, ¿qué podemos hacer nosotros?, oyes comentar. Sólo falta añadir: ¿Cuándo vamos al notario? No, eso se piensa, pero no se dice a la puerta de la iglesia, es de muy mal gusto. Otros murmuran que tuvieron sus diferencias con el difunto, pero que ya están olvidadas, ¡como si cupiera la posibilidad de reactivarlas con un fallecido! Con fijarse un poco, en los funerales se amaga una muestra interna de cómo somos, y aparecen la pena, la piedad, el cariño, pero también alguna contravirtud... Y pizcas de humor. Tuve un conocido que de estudiante se ganaba unas pesetas como empleado de una funeraria. Su trabajo consistía en dar el pésame a los deudos en nombre de la empresa, y nosotros íbamos a observarlo a prudente distancia, a ver su gesto circunspecto... Aquélla era una fórmula más falsa que una paella de sobre, pero quizá aliviaba a los familiares y, sin duda, corregía el déficit monetario de nuestro colega.

Me repatean los funerales, aunque el destino me reserve uno donde acaso me regalen una sintaxis floreada. Pero quede claro: prefiero alabar a que llegue mi día de ser alabado. En eso soy un tipo que se muere -es un decir hiperbólico-, de puro generoso.


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