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TERRORISMO

El campus recuperó ayer su latido cotidiano

La actividad académica convivió con las labores de limpieza y reparación, centradas en el Edificio Central, su aparcamiento y la biblioteca

Actualizada Sábado, 1 de noviembre de 2008 - 04:00 h.
  • DN . PAMPLONA

ERAN las once de la mañana de ayer cuando el catedrático Manuel Martín Algarra entró en el aula 2 del Edificio de Ciencias Sociales de la Universidad de Navarra para impartir una nueva clase de la asignatura Teoría de la Comunicación, de 1º. Cerca de 90 alumnos, sentados dispuestos a escucharle. Pero lo primero que hizo el profesor no fue hablar, sino escribir. En la pizarra, y en mayúsculas: Dessinunt odisse qui dessinunt ignorare. Es latín.

En castellano, Dejan de odiar en cuanto dejan de ignorar. 24 horas antes, un coche bomba había estallado en el aparcamiento junto al Edificio Central del campus.

Éste fue un ejemplo de cómo la Universidad de Navarra reanudó ayer su actividad ordinaria después del atentado de ETA del jueves, que provocó 31 heridos leves, daños en edificios y 100 coches, el desalojo de todo el recinto universitario y la suspensión de toda actividad en él. Ésta se retomó a primera hora de ayer y para las ocho de la mañana ya hubo clases. "Nos tenemos que dedicar a difundir el conocimiento, que es la normalidad aquí, y eso conduce a la paz", dijo Manuel Martín Algarra a sus alumnos, entre los que, por cierto, nadie supo traducir la frase de la pizarra.

Cuando los cerca de 9.100 estudiantes, más de 1.600 profesores y unos 1.000 trabajadores de administración y servicios con los que cuenta la UN llegaron ayer al campus pudieron leer en sus correos electrónicos una carta que a última hora del jueves les envió el rector, Ángel J.Gómez-Montoro. En él, les manifestó que "además de mantener la serenidad, rezar y perdonar, no hay respuesta mejor al atentado que retomar hoy mismo (por ayer) nuestra vida universitaria en las clases, los laboratorios y las consultas médicas". "Vuestra capacidad de reacción es un estímulo", añadió el rector en su texto. "Nos anima a todos a recomenzar de nuevo".

Leyre Mas Beloqui, de 21 años, recomenzó ayer. "Cuando he pasado por el aparcamiento para venir aquí lo he hecho más rápido que otras veces", reconocía esta alumna de 3º de Publicidad, a quien la explosión del coche bomba le sorprendió en la cafetería del Edificio de Ciencias Sociales. "Al principio pensé que la explosión había sido por un rayo que había caído encima del edificio, pero al ver que el cristal retumbaba en la cafetería y que la puerta se abrió... Estábamos pocos, nos quedamos en silencio y enseguida dijimos que había sido una bomba", explicaba. "Cuando regresamos a clase había un policía gritando que había otro aviso y que teníamos que salir. Dejé todas las cosas en clase. Fuera estaba todo el mundo llorando y corriendo, no podíamos acercarnos a los edificios ni los aparcamientos y nos mandaron que rodeásemos los edificios corriendo por el césped como locos. Ahí me entró la llorera". Sus cosas fueron recogidas por la tarde por una amiga de clase, que bajó al campus para que su hermana, que trabaja en el Edificio Central, reconociese su coche, uno de los afectados por el atentado.

Por su parte, Antonio Lechuga Carreira, de 21 años y delegado de la Facultad de Derecho, aseguraba ayer estar viviendo el día después "no con miedo, pero sí con un poco de tensión". "Pero desarrollamos ya la vida normal y esto no nos va a condicionar para nada", aclaró Lechuga, alumno de 4º de Derecho.

"Es un día de volver a empezar"

A media mañana, poco antes de que miles de personas se concentraran en silencio en la explanada de Comunicación para condenar el silencio el atentado del jueves, los pamploneses Carlos Pacheco Peña y Santiago Barbero Ortega, estudiantes de 2º de Arquitectura, permanecían inmóviles delante de la cinta de Policía Municipal que mantenía acordonado el aparcamiento en el que estalló el vehículo. Observaban la pared del ala derecha del Edificio Central, la más dañada por el ataque y que ayer, aunque quedó en parte tapada por lonas, todavía mantenía las manchas negras del fuego y salpicaduras de pintura roja. Por todas sus ventanas emanaba un notable olor a quemado. "Se siente un vacío", exponía Pacheco. Tanto él como Barbero se encontraban en Arquitectura el jueves a las once de la mañana. "Se movió la estructura, algunos cristales se movieron y creímos que alguien se le había ido de las manos alguna máquina en el Laboratorio de Edificación", dijo Pacheco, para quien ayer en el campus había "más silencio de lo normal". ¿Y miedo? "Miedo, no. Porque no hubo clase ayer (el jueves) por la tarde que, si no, yo bajaba", añadió Barbero. Detrás de ambos, en la plaza del Edificio de Bibliotecas, la Policía Municipal controlaba la entrada y salida de las grúas de seguros encargadas de llevarse los coches que había sido perjudicados por la explosión. Alrededor de las dos de la tarde se llevaron el último que quedaba.

También al equipo rectoral le tocó ayer recuperar el ritmo que mantenía hasta que se lo sobresaltaron. "Es un día de volver a empezar", analizó la vicerrectora de Alumnos, María Iraburu. "También un día de mucho agradecimiento. Hoy, tras un día de asimilación, es cuando nos damos cuenta de que ha sido providencial que no haya ocurrido una masacre. La sensación de irrealidad por la irracionalidad del terrorismo es muy fuerte".

Iraburu participaba en una reunión en el primer piso del ala derecha del Edificio Central en el momento del atentado. "Se rompieron los cristales de la sala, vimos el fuego y el humo y supimos que era un atentado desde el primer momento", señaló. "Recordaré siempre los tres minutos que tardamos en ir al sitio para comprobar si había alguna víctima".

Por otro lado, la mañana de ayer acogió la ofrenda de dos ramos de flores a la Virgen del Amor Eterno, con capilla en el campus. Uno fue depositado por los delegados de los alumnos, Pía García Simón y José Antonio Gil Álvarez. El otro, por los empleados de Alumni y del Servicio de Admisión. Gracias por protegernos y ¡Muchísimas gracias porque todos estamos bien! , decían sus dedicatorias respectivas.

Defensa de tesis en un hotel

El mismo jueves, hubo a quien la barbarie terrorista no le truncó la normalidad, sino que simplemente se la disfrazó. Es el caso de Carlos Hernández, quien ese día, a las once y media de la mañana, tenía previsto defender su tesis doctoral El test sustantivo de control de concentraciones en el Derecho Comunitario: complejidad económica y discrecionalidad en el Aula Magna de un Edificio Central que sólo veinticinco minutos antes tuvo que ser desalojado tras el atentado. El director del trabajo, el profesor Francisco de Borja López-Jurado, vicerrector de Ordenación Académica, expuso el problema al rector, Gómez-Montoro, y éste le respondió "hay que seguir adelante".

Los miembros del tribunal, llegados desde distintos puntos de España, fueron informados de que la vida académica debía seguir su curso y, entre la confusión, se encontró una digna: Hernández defendió su tesis en el salón Géminis del Hotel Blanca de Navarra pamplonés. Sobresaliente cum laude por unanimidad.


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  • ESTOY ORGULLOSO DE SER DE LA UNAVJorge Juan

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