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TERRORISMO

"Mamá, tranquila, estoy fuera del campus"

La explosión alarmó a alumnos, profesores y trabajadores de la UN que se encontraban en las inmediaciones del Edificio Central. Los momentos posteriores mezclaron la incertidumbre, el pánico y el alivio de saber que nadie resultó herido grave

Actualizada Viernes, 31 de octubre de 2008 - 04:00 h.
  • DN . PAMPLONA

ESTUDIANTES, profesores y empleados de la Universidad de Navarra jamás olvidarán qué estaban haciendo el 30 de octubre sobre las 11 de la mañana, cuando un vehículo cargado con explosivos estalló en un aparcamiento del Edificio Central de la Universidad de Navarra.

Una de las primeras personas en llegar al lugar del atentado fue Mikel López Segura, de 31 años, y conductor de ambulancias Sangüesa: "Me dirigía hacia Hospitales cuando oí el estruendo y vi el humo. No lo dudé. Me acerqué hasta el lugar por si podía ayudar. Apenas se veía nada. Había mucho humo y fuego", explica. Los estudiantes de 19 años José de las Cuevas, de Sevilla, y Arturo Cuéllar, de Málaga, estaban a escasos 5 metros del coche bomba, refugiándose en un soportal del edificio de la fuerte lluvia. "La zona estaba como un día normal. Habíamos salido del Faustino (cafetería de la universidad) y estábamos hablando", contaba De las Cuevas.

"Arturo ha dicho, vamos a meternos aquí, que está lloviendo y es una tontería mojarnos. Nos refugiamos en un pequeño soportal de la esquina del edificio, y a los treinta segundos ha reventado. Hemos visto la onda, llevándose medio coche, hojas y todo. Había cristales reventados, trozos del vehículo por toda la zona. "¿Nosotros qué tenemos que ver? Estamos aquí estudiando... Nosotros, estamos vivos de milagro", agregó muy nervioso. En la salida de la carretera que conduce al aparcamiento de la facultad de Comunicación, decenas de alumnos y profesores contemplaban bajo la lluvia la columna de humo que subía desde el Edificio Central. Entre ellos, testimonios como el de Mercedes Medina Laverón profesora del departamento de Empresa Informativa, que contaba instantes después que estaba a punto de impartir una clase cuando se sobresaltó por un estruendo: "La cristalera de la facultad de Comunicación se resquebrajó por el estallido. De inmediato salimos para ver qué ocurría. La columna de humo negro era inmensa". En términos parecidos se expresaba Sara Marqués Oubiaño, estudiante de Periodismo. "Hemos oído un ruido tremendo. Pensábamos que era un trueno, pero no, la profesora nos ha dicho que era algo raro. Salimos de clase, nos acercamos a la cristalera y vemos a muchísima gente corriendo de la Biblioteca. Cogemos las cosas, salimos a la explanada y vemos a gente llorando, llamando a su familia para decirles que estaban bien". Ella no perdió el tiempo y, antes de que los móviles sufrieran un colapso generalizado, avisó a sus padres, en Asturias, de que se encontraba bien. "Llamé a casa y dije que había explotado una bomba. Mis padres se han quedado muy impactados. Me han dicho que me alejara, que saliera rápido de la universidad".

"¡Tranquila, mamá! Estoy fuera del campus" decía la estudiante de farmacia Lola Rus por teléfono, con la cara desencajada por el susto. Su madre le llamaba desde Gerona porque había oído la noticia del atentado por televisión. Lola Rus era una de las decenas de estudiantes que escapaban de la angustia vivida por la calle Fuente del Hierro, uno de los accesos. Por la misma acera se cruzaba con madres que se dirigían hacia la universidad. Caminaban a paso rápido. Querían buscar y saber de sus hijos. "He llamado a mi hijo, pero no consigo hablar con él", comentaba una de ellas.

Los teléfonos, lejos de acercar a los seres queridos, contribuían a aumentar la incertidumbre. "Las líneas están colapsadas. Al ver la columna de humo hemos llamado a amigos y hermanos pero no podemos hablar con ellos. Mis compañeras de piso estudian cerca del Edificio Central. ¡Horroroso!", decía Lola Rus.

A esa misma hora, Miguel Ángel Jimeno, profesor de proyectos periodísticos, se encontraba hablando por su teléfono móvil: "Mi despacho tembló. Cuadros, libros y recuerdos se cayeron, al igual que mi móvil".

Javier Toulon Figueroa, profesor de métodos de investigación, se encontraba en su despacho del Edificio Central asesorando a una de sus alumnas cuando oyó un fuerte ruido: "Sabía que era una bomba. En ocasiones he oído explosiones de las canteras de Alaiz pero son mucho más lejanas. Esta vez retumbó de manera fuerte y seca. Justo, aquí al lado. Que no haya ninguna muerte es milagroso. El coche bomba estaba en una zona de paso. No sé cómo pueden atentar contra una institución cuyo fin es el desarrollo social", lamentaba. Javier Felones, estudiante de Periodismo, valoraba perplejo la situación vivida: "Ahora parece un milagro que sólo haya heridos leves. Ha podido ayudar el mal tiempo, que ha evitado la estampa habitual de estudiantes deambulando de un edificio a otro, sobre todo a las horas en punto, cuando toca cambio de clase".

Muy cerca se encontraba Cristóbal Martínez Martínez, bedel en la biblioteca, situada a menos de 50 metros del lugar del atentado: "Han empezado a caer cascotes del techo. Después, hemos salido ordenadamente". Para José Javier Díaz de Rada, otro de sus compañeros que también trabaja como bedel, ésta no era la primera vez que vivía un atentado en la Universidad de Navarra: "El susto ha sido muy grande. Impacta ver coches ardiendo y humo".

En clase

A muchos profesores la explosión les pilló a pie de tarima. Fue el caso de María del Pilar Sáiz Cerreda, profesora de Lengua Francesa, que impartía clase a la hora de la explosión en el edificio de Bibliotecas. "Es posible que si hubiera explotado cinco minutos antes hubieran muerto decenas de personas". Iranzu Peña, pamplonesa de 33 años, es profesora en la Universidad de alumnos extranjeros. Se dirigía a dar clase, cuando se produjo la explosión. "Estaba pasando por el edificio central. He oído un estruendo muy largo. Iba con el paraguas y me han caído trozos de ramas de árbol, cenizas... Me he intentado refugiar bajo el paraguas. La gente ha empezado a gritar...

A Jorge Pachera Churrua, estudiante de Comunicación Audiovisual, de 18 años de edad, la explosión le pilló en el edificio de Comunicación: "Todos hemos ido a la cristalera para ver qué pasaba. Hemos salido pero enseguida la policía nos ha echado para atrás. Vivo en Belagua, no sé si hoy podremos volver". Otro de sus compañeros de colegio mayor, Fernando Gil Pinillos, narraba así lo sucedido: "Desde Belagua se veía el coche, se veía humo saliendo... Hay un poco de confusión ahora, dos chicos del colegio mayor no cogen el móvil. No se sabe, pero parece que todo lo que hay es de heridos leves". A Marisa Alonso Martínez y Maialen Ezkerra, ambas de 21 años y estudiantes de Publicidad, el atentado les sorprendió cuando se dirigían a clase de Historia del Arte: "Estábamos en Pío XII. Hemos venido para averiguar si nuestros amigos y compañeros están heridos. No nos han dejado pasar". En esta calle confluía también, a la salida de la Clínica Universitaria, María Babace Luquin, a quien la explosión pilló en el departamento de Hematología del Banco de Sangre. "Estaba leyendo unos protocolos cuando hemos sentido un movimiento fortísimo que ha hecho temblar las ventanas. Han venido rápidamente los doctores y nos han avisado de que era una bomba en el Central. A partir de ahí, iban avisando de los heridos, que han ido creciendo en número, según pasaba la mañana". El revuelo y la confusión aumentaron después de un falso aviso de bomba que obligó a desalojar el edificio del hexágono, que alberga la facultad de Ciencias, entre las doce y las dos del mediodía. La Policía revisó las instalaciones y los aparcamientos hasta que finalmente descartó la presencia de cualquier artefacto explosivo.

Una hora después de la detonación, los móviles volvieron a funcionar: "Mamá, ha estallado un coche en el edificio central de la Universidad de Navarra. Estoy bien. Os llamo antes de que os enteréis por la televisión", decía Adrián Mayans Vergara a través de su teléfono móvil. Este estudiante de 2º curso de Lade bilingüe (Licenciatura de Administración y Dirección de Empresas), natural de San Sebastián, relata ba que vivió cómo los bomberos sofocaban las llamas: "Había una mancha roja enorme". Álvaro Calleja, madrileño de 20 años, se encontraba en el colegio mayor de Belagua Torre I. No había ido a clase. A esa hora dormía en su habitación, ya que se está recuperando de una intervención quirúrgica reciente. "Estaba en la cama y ha sido increíble, porque las habitaciones del colegio mayor, que está a cien metros, han temblado totalmente. Una explosión grandísima, un ruido alucinante, ha empezado a salir humo muy negro,muy negro. Han empezado a sonar los neumáticos que explotaban... Desde mi ventana he visto un coche ardiendo. El susto ha sido muy importante. Estaban las señoras de la limpieza con nosotros y por un momento, ha cundido el pánico, pero luego nos han venido a desalojar y aquí estamos", relató sobre las 11 y media de la mañana en la calle Fuente del Hierro. Natalia Pérez Negro consolaba a una estudiante que desahogaba sus nervios con el llanto. "He tenido mucha suerte", contaba. "Mi coche estaba aparcado a 30 metros de los que han explotado. Ya me había montado en él para irme, pero me he puesto a hablar por teléfono y, en ese momento, ha sido la explosión. He salido del coche y, de forma instintiva, me he puesto a correr".


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