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RAMÓN MARTÍN RODRIGO PSICÓLOGO Y CAPELLÁN DE LA ORDEN DE SAN JUAN DE DIOS EN MADRID

"El abuelo que recibe la visita de sus nietos en la Unidad de Cuidados Paliativos pide menos morfina"

"El mayor riesgo de una profesión como la mía es el mismo que el de una relación amorosa, caer en el acostumbramiento"

Actualizada Jueves, 30 de octubre de 2008 - 04:00 h.
  • CARMEN REMÍREZ . PAMPLONA

Teólogo, psicólogo, capellán, gran conversador y vitalista. La experiencia de Ramón Martín Rodrigo le ha enseñado el poder de las palabras para aliviar los dolores. Pero también la necesidad de afrontarlos con valor. En los ocho años que este religioso de la Orden de San Juan de Dios lleva como capellán del Instituto San José de cuidados paliativos, en Madrid, ha visto morir a más de 4.000 pacientes de los que conoce su nombre y apellido.

Sólo en octubre, le han fallecido una media de dos pacientes al día. Ayer impartió una charla en Civican (Pamplona) con el título Muerte y duelo en la sociedad actual. Una hora antes atendía esta entrevista en el hall de su hotel.

¿No van unidos los conceptos de muerte y duelo?

Sí y no. Sí en cuanto a que la muerte es la mayor pérdida que sufrimos los seres humanos. Pero, a la vez, no, porque el duelo también se pasa con otro tipo de ausencias como, por ejemplo, las rupturas afectivas, los abandonos, los desarraigos del país de origen, que afectan ahora a muchos inmigrantes.

¿Qué se le puede decir a una persona cuyo familiar va a fallecer inminentemente?

Hombre, no vas y le sueltas un rollo de sacramentos a la primera de cambio. La gente no quiere que le vayamos dando la vara. Te acercas a esa persona con compases de humanización. Contactas y te interesas por el paciente, por la familia. Lo normal, no meto rollos. El 90% del tiempo hablamos de fútbol y de los nietos.

La de los niños será una presencia escasa en la unidad de cuidados paliativos...

Nuestra sociedad oculta esa realidad, pero los niños también mueren. En el hospital de la Orden de San Juan de Dios en Barcelona mueren más de cien pequeños al año, por causas muy diversas. Son recién nacidos, neonatos con malformaciones, enfermos terminales... Y los principales testigos a los que se esconde esa realidad son los niños mismos. Antes, para evitar explicaciones incómodas, se decía que los niños venían de París. Ahora van allí los abuelos que fallecen.

Parece lógico querer proteger a los niños de una situación dolorosa.

Pero es que se ha llegado a la sobreprotección y eso no ayuda a su proceso de maduración psicológico. No nos engañemos, cualquier niño de hoy en día se acuesta habiendo visto cientos de muertes violentas en televisión o en los videojuegos. Las muertes de ficción distorsionan el proceso de duelo que vendrá cuando se enfrente a una real. Hemos pasado de velar a nuestros seres queridos en casa a hacerlo en hospitales y tanatorios, desterrando a los niños de esos escenarios.

¿Es bueno enfrentar a un niño a la muerte?

Hay que ser sensato. No es cuestión de traer a un niño a ver la agonía, pero también digo que el día que los nietos vienen a ver al abuelo a la unidad, éste pide menos morfina. Se le ve más relajado,le hacen muy feliz.

¿Afrontan mejor el trance las personas con creencias religiosas?

Creo que la fe proporciona a esta gente una herramienta más a la hora del duelo. Para algunos es la herramienta más importante, para otros, una que se suma a otras como la madurez psicológica, el apoyo de la familia, la cultura...

¿No tiene miedo de inmunizarse ante el dolor?

Sí, claro. Es curioso, pero el gran riesgo de una profesión como la mía es el mismo que el de cualquier relación amorosa, el acostumbramiento. Tienes que mentalizarte cada día antes de ir a trabajar de que no tienes que ponerte la coraza, que esa gente lo está pasando mal y necesita que pongas el corazón. Pero también soy humano y necesito mis momentos. Es lo que llamamos el TPM, Tiempo Para Mí, cápsulas de espacio para airearte. Me las "tomo" cuando, por ejemplo un sábado por la tarde, veo que lo que necesito es salir a dar un paseo, despejarme de la unidad, donde vivo. Sé que ese día no voy a regresar a tratar a pacientes. Volveré la mañana siguiente.


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