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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Shostakovich, más allá de las consignas de Stalin

Actualizada Martes, 21 de octubre de 2008 - 04:00 h.

A LGÚN día será posible acercarse a la música de Shostakovich sin que el oyente o curioso tenga que recordar las penalidades vitales sufridas por el compositor y las circunstancias sociopolíticas que rodearon su catálogo. Quien escucha Mozart tiene idea de sus muchos viajes como niño prodigio por Europa y de la ruptura con Colloredo, pero no se preocupa mucho de la cronología de las obras, ni si ésta o aquélla es anterior a la patada arzobispal.

En Beethoven, importa poco si una partitura cardinal, pongamos la de la Tercera Sinfonía, la escribió ya dominado por la sordera congénita. Por supuesto, la presión que Shostakovich hubo de sufrir merece todos los dicterios, aunque todavía hay quienes cantan aquel totalitarismo, que liberaba de las preocupaciones materiales, dicen, a los creadores. Y de las estéticas, si querían evitar el gulag, cuyo terror desnudó el acrónimo original. Que Shostakovich tuviera que atenerse a los veredictos stalinistas de compositores irrelevantes -mínimos, a su lado- y aun de Stalin, demuestra la miseria totalitaria, pero no la calidad intrínseca de las obras, ni tampoco que como compositor no comulgara con la tesis de que, en cuanto artista, debía trabajar para la educación socialista del "nuevo hombre". Fue bastante después, en la década de los 50, cuando la política le separó de Evgeni Mravinski, que como director de la Filarmónica de Leningrado le sacó adelante cinco sinfonías en dieciséis años.

Shostakovich definió su Quinta, estrenada en 1937, como "respuesta de un compositor a unas justas críticas". Hoy, casi tres cuartos de siglo después, pulverizado el "socialismo científico" y comprobado el envés de la nueva humanidad, la Sinfonía en re menor parece mensaje crípticamente explícito de victoria personal frente al miedo, las purgas y la opresión, gran música, sí, y también réplica desigual, "pompier"con alguna frecuencia, que rebaja la posible grandeza trágica.

La Real Filarmónica de Flandes es orquesta nutrida -en la cuerda, 16, 14, 12, 10 y 8-, potente, disciplinada, de dinámica algo lenta, de calidad uniforme, mate incluso en los metales, y de resultados seguros, más bien convencionales. Su Shostakovich pudo sonar impresionante por el volumen y aun el ensamblaje, pero no épatantepor la calidad de la articulación, la claridad de la textura orquestal, la fuerza interior -que rebasa el lenguaje moderno de la partitura, nada vanguardista- y el rictus humorístico del scherzo. Versión digna, pero impersonal, más ruidosa que brillante, diestra y exactamente llevada, sin aspavientos, por Van Zweden.

Ivanov (Amberes, 1986) es violinista premiado, pero aún en formación. Desde la primera frase hubo notas dudosas, afinación a veces rozada, sonido bello -aunque no homogéneo- y volumen apreciable, insuficiente frente a la orquesta que tenía detrás. Quizá no exista violinista capaz de oponerse a tal plantilla. Ni a tanta tos fff cuando la música suena ppp.


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