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SOCIEDAD

Cuando hay que comer de la basura

"Nuestra hija, de momento, toma pecho, no le daremos comida sacada de la basura"

Actualizada Domingo, 19 de octubre de 2008 - 04:00 h.
  • IVÁN BENÍTEZ . PAMPLONA

EN Pamplona hay personas que necesitan alimentarse de lo que encuentran en la basura para vivir.

Sábado 4 de octubre, cinco de la tarde. El barrio de La Milagrosa rebosa de gente. Pasean de la mano. Los más pequeños revolotean en el parque Felisa Munárriz, de columpio en columpio, seguidos muy de cerca por la atenta mirada de un grupo de ancianos. La vida acontece a golpe de instantes, ajena a lo que ocurre unas calles más abajo, en Julian Gayarre.

Dos muchachos de complexión delgada, vestidos con ropa deportiva, buscan con barras de hierro en el interior de unos contenedores. Enganchan las bolsas de plástico, las acercan, las revisan, y las devuelven dentro. Así, con cada una. "Es como una tienda de color verde. Siempre aparece algo," dice uno de ellos en un mal castellano, al advertir con el rabillo del ojo que alguien les fotografía. Aún así, no levanta la cabeza. Permanece impasible. Cuando el tufo es insoportable, hace un gesto de rechazo y se separa del vertedero. "Me encuentro mareado y me duele la cabeza. Sólo he comido un huevo frito desde la mañana". Se lleva la mano derecha al estómago. Parece cansado. A su lado, el compañero examina con gesto desconfiado.

En la acera, a un metro, se sostiene vacío un carrito de la compra de color rojo. "Hoy no hemos conseguido reunir nada".

Al proponerles un café, aceptan de inmediato. Al final, prefieren unos zumos de naranja, que acompañan con pastel de manzana y leche frita. Están desfallecidos. Comen muy despacio. Al terminar, recogen los platos, con cuidado, y los apartan a un lado de la mesa. Encienden un cigarro y comienzan a hablar.

"Se ríen de nosotros"

"Sólo queremos trabajar. Me da vergüenza rebuscar entre la basura para vivir. Los chavales se ríen de nosotros y la gente mayor nos mira con pena. Tenemos mujeres y niños que alimentar. Somos personas normales". Este muchacho rumano de piel clara, algo sonrojada por el cansancio se llaman Petre Soare. A sus 32 años conoce muy bien la huella que deja el hambre en el cuerpo de una persona.

Petre, su mujer Marilena, de 28 años, y su hija Roberta, de año y medio, sobreviven en una habitación de La Milagrosa por la que pagan 250 euros. Durante estos tres últimos meses han recibido una renta básica de 500 euros que les ha ayudado a garantizar el pago del alquiler y ahorrar un poco dinero para los pañales y la comida de la niña. En breve, sin embargo, empezará a comer sólido, le han salido los dos primeros dientes. Roberta está en lista de espera para entrar en una guardería.

Desde el 1 de octubre se les ha terminado la renta básica y no saben qué van a hacer. "Estamos desesperados. Sólo tenemos ahorrados 200 euros. ¿Cómo vamos a pasar el invierno?" Petre vive de la chatarra y de lo que encuentra entre la basura. La chatarra se la compran en Berriozar, a cincuenta céntimos el kilo de aluminio. "Normalmente gano unos 7 euros al día, pero cada vez hay más competencia. El mes pasado sólo gané 20 euros". Frente a Petre, Melinte Ionel termina de un ultimo trago el zumo. Persevera en su silencio. Al sentirse aludido, alza sus ojos, también son claros y hace una mueca de aprobación. "No sabe castellano", aclara Petre. "Llegó el domingo desde Rumania en un viaje en autobús que duró tres días. Le estoy enseñando el oficio y a desenvolverse por la ciudad. Si le dejamos solo en esta calle no sabe volver a su casa". Melinte también reside en una habitación de alquiler en La Milagrosa, con Catalina, su mujer, de 20 años, y su hija, de 2. Pagan 260 euros.

Petre llegó a Pamplona en enero del año pasado. "Aunque tengo carné de conducir y he trabajado de camarero en Santander, no hay manera de encontrar nada", manifiesta.

Desde Rumania

"En Rumania vivíamos en una habitación de 12 metros cuadrados mi mujer y yo, en la misma casa de mis padres, pero no comíamos de la basura. Nuestras familias no lo saben. No queremos preocuparles. Les digo que estamos bien. Ahora, al hablar de ellos, me siento mal, me entran ganas de llorar".

Petre enciende otro cigarro. "No comprendo. ¿Por qué se tira comida en buen estado a los contenedores? Esto no pasa en Rumania. En mi país no se tiran los alimentos. En Pamplona conozco todos los lugares donde uno puedo encontrar comida: pan, marisco, fruta, verdura, pizzas..." Petre tiene pizzas en casa para toda la semana. Las sacó de uno de los contenedores próximos a un supermercado de La Milagrosa. ¡Caducaban en el 2009!", sonríe. Su dentadura está machacada. "Me duelen las muelas, se están cayendo".

Para Petre y Melinte no existen sábados ni domingos. Cada día es un esfuerzo. Se levanta temprano y para las ocho y media procura estar en la calle, siempre sin desayunar. Al preguntarle si la gente de Pamplona busca entre la basura, Petre asegura que sí: "La necesidad es la misma para todos cuando uno tiene hambre. Normalmente, son personas mayores, se les puede ver al cierre de los híper".

Compatriotas

Al salir de la cafetería, aprovechan los últimos rayos del día para intentar localizar unos zapatos para la mujer de Petre. "Necesita calzado". Encuentran unas botas marrones. No sirven. "Son demasiado grandes para ella". En una de las bocacalles coinciden con varios compatriotas que se afanan con la basura. Ghorghe Nadia y Ghiorghe Giovani, de 27 años, acarrean un carrito de la compra. Viven en una habitación de alquiler con su hijo de 2 años. Pagan 260 euros.

Stelian Narcis y Marín Mustafa también viven de la chatarra. Avanzan cargados de hierros. No quieren que se les retrate, les da vergüenza que les reconozcan. Stelian ha alquilado una habitación con su mujer. Paga 220 euros. Su hijo, de 14 años, vive en Rumania con la abuela. "Le tengo que enviar dinero casi todos los meses. No me queda para comer". Marín, de 26 años, lleva un año en Pamplona. El alquiler de su habitación es de 250 euros. "Vivimos gracias a los contenedores", dice Marín. "Mi mujer pide en la puerta de la iglesia. No saca mucho, unos 3 euros, pero le dan leche y comida. Lo hacemos por nuestros hijos".

Petre y Melinte regresan a sus casas. Es tarde. "No merece la pena seguir. Los contenedores, de noche, se convierten en pozos negros". Petre calcula que han caminado 20 kilómetros. Le duelen los pies. El carrito sigue vacío de chatarra. Llevan un poco de pan. Marilena, les espera jugando con la pequeña Roberta en uno de los toboganes del parque. Al verles, la pequeña se lanza a los pies de su padre.


Comentarios
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  • si yo viviera mal en Rumania y tuviera un hijo, haria todo lo posible por darle una mejor vida, como emigrar a Espana o a otro pais desarolladoMaria
  • Conozco a unos rumanos en mi ciudad que vienen a la carnicería a comprar asaduras de cordero (a 20 cts. la unidad) y que poseen unos todoterrenos que te cagas..?????????? me lo explique.meloexplique
  • Puestos a apoyar los ayuntamientos y el gobierno animo a que se vea la actuación de las grandes cadenas distribuidoras de comida. Cómo llenan contenedores de alimentos con fechas de caducidad decentes que tiran (demostrando que les sobra pasta y nos cobran muchísimos más de lo que realmente cuestan las cosas) y que no saben realizar medidas solidarias...Dónde esta la mancomunidad de aguas de pamplona para denunciar e estas grandes superficies que llenan contenedores de alimentos con papel carton etc que no depositan en las zonas normales... Si esto es una vida buena no quiero saber la peor... Que no nos culpen a los ciudadanos de no ser ecológicos, de nos er solidarios si con los grandes no pueden o no se atreven (mientras eso si nos aumentan el billete del autobus. será para animarnos a reciclar... ja)Pero bueno de esto nadie se acuerda.... ni le importa a nadieoscar
  • where is...: que sí, hombre, que sí lo dice, fíjate: "En Rumania (...) pero no comíamos de la basura". ¿Ahora sí? ¡Y resulta tan encantadoramente ingenuo por tu parte pensar (o creer leer) que "en Rumania no se tira comida a la basura"! Esto sí que sería noticia. La publicidad mal empleada no es solo "instrumento engañador" al servicio del capitalismo, también lo está al servicio del papanatismo solidario más simplón, que reduce toda responsabilidad individual a una cuestión de estado, a un asunto de culpabilidad colectiva. No digo que sea tu caso. Foraneo: gracias por recordarnos Cuentos de Navidad, Dickens siempre es bienvenido. Hay un concepto poco altruista y más bien soberbio de la solidaridad que presupone que nuestros valores, nuestra forma de hacer las cosas es superior, mejor, más... lo que quieras que las de nuestros semejantes. Gracias a ella se han arrasado y se siguen arrasando culturas.Sin Bad
  • lo siento pero yo no me quiero hacer cargo de ellos, y si no hay trabajo que se vuelvan a su casa.ramon

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