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TOROS/SAN ISIDRO JUAN MIGUEL NÚÑEZ

Bajo mínimos en lo artístico

Actualizada Miércoles, 28 de mayo de 2008 - 04:00 h.

N ADA nuevo en la historia reciente de la llamada "corrida de los periodistas". No ha embestido con claridad ninguno de los seis toros elegidos, en este caso de Fuente Ymbro, ganadería que hacía abrigar muchas esperanzas a toreros y afición. Pero sigue el gafe. Menos mal que climatológicamente la tarde no fue mala del todo, porque también al aburrimiento y falta de interés por lo que ocurre, o deja de ocurrir, en el ruedo, se han sumado otras veces las incomodidades de la lluvia.

Y menos mal sobre todo que ha coincidido asimismo en esta edición la presencia de un poderoso, muy firme y capaz Miguel Ángel Perera, protagonista importante de los únicos pasajes con relieve en la tarde.

Lamentablemente poco bueno se puede decir de los toros. Un marrajo el primero, complicadísimo de picar y banderillear, y al que le plantó cara precisamente con arrestos y torería ese gran peón que es El Chano. En la muleta sacó más peligro aún, y Abellán no se complicó la vida con él. Con el cuarto, gazapón y descompuesto, tampoco se podía, y nuevamente Abellán cubrió el expediente sin poder armar faena.

Al Juli le pintaron bastos en su primero, toro que pegaba cabezazos y al que había que poderle para corregirle el defecto, pero con el que no se entendió, acrecentándose así el vicio del animal. El quinto no sirvió, aunque aquí se puso El Juli muy de verdad por el pitón derecho, hasta acabar llevándolo muy sometido. La gente respondió con injusta frialdad, incluso los dos iluminados del tendido siete, habituales de una inoportuna y grosera jocosidad, se permitieron todavía algún improperio. Lo típico e injusto con la figura de turno.

Y Perera, ya está dicho, la excepción de la corrida. Triunfador moral por el compromiso que asumió de torear a toda costa. Su mando y poderío fue lo que hizo cambiar al primero de su lote, obligándole a tomar y seguir la muleta en la primera parte de la faena, donde lo tomó siempre muy en corto para llevarle largo y por abajo, ligando mejor los pases por el derecho. Muy metido con el toro, muy seguro y capaz, toreó además con suma y exquisita despaciosidad. Algunos remates de pecho, realmente asombrosos. Pero el presidente, quizás porque faltaron algunos pañuelos en la petición, no quiso darle la oreja.

El sexto fue un toro también áspero y bronco, que se movió pero sin clase, y con el que Perera expuso de nuevo una barbaridad. Como buen manso, cuando se veía vencido quería irse a tablas. El esfuerzo del torero fue triple: tragar, domeñar y sujetar. Total para que la petición de oreja esta vez se quedara todavía corta.


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