En apenas cuatro días y con el campo base del Annapurna vacío se logró reunir allí a un equipo de 14 potentes alpinistas
La épica de algunas ascensiones, situaciones extremas, gestas individuales o capítulos de amistad y drama jalonan la historia del himalayismo. Pero en los últimos seis días la cara sur del Annapurna ha vivido un capítulo amargo, inolvidable, único.
Nunca, hasta esta semana, se había dado en las montañas más altas del planeta un ejemplo de solidaridad, esperanza, sacrificio y trabajo colectivo como el de la movilización realizada contrarreloj para tratar de rescatar al pamplonés Iñaki Ochoa de Olza.
Un esfuerzo titánico que no encontró el premio deseado cuando este pasado viernes el montañero navarro, de 40 años, fallecía. La lesión cerebral que sufría tras renunciar a la cima -que le mantuvo semiinsconciente durante cuatro noches a más de 7.400 metros- y la complicación añadida por un edema pulmonar rompió finalmente la resietencia del navarro. Y, con ella, la esperanza de un equipo internacional de medio centenar de personas, entre alpinistas, coordinadores y colaboradores.
El dispositivo, hasta ayer
Las gestiones realizadas por un grupo de amigos y familiares desde Pamplona y Katmandú (así como un llamamiento urgente en la web mounteverest.net) obraron el milagro. A las pocas horas de conocerse el problema que sufría el navarro este pasado lunes un campo base hasta entonces vacío se convirtió en un ir y venir de 14 alpinistas de distintas nacionalidades, llegados desde diferentes localidades (Pokhara y Katmandú) y coordinados desde Pamplona.
Allí, en las instalaciones de Diario de Navarra, un equipo de familiares y amigos ha trabajado esta semana sin descanso, gestionando todo tipo de ayuda, todo apoyo que diera una mínima esperanza más. Aunque para ello hubiera que llamar a las Naciones Unidas.
Una labor que, con una responsabilidad destacable y camuflando el dolor por la pérdida, el grupo coordinador mantuvo después de conocer el fallecimiento del pamplonés. Conscientes de la presencia de 14 montañeros en una de las paredes más complicadas del mundo, empeorado con mal tiempo, mantuvieron todo el dispositivo hasta que ayer, a las 18.00 horas, todos los rescatadores bajaron -en un descenso no exento de tensión- al campo base. El lunes, a primera hora, tomarán un helicóptero hacia Katmandú.
Y es que, desde el martes, los distintos grupos de alpinistas fueron llegando al campo base para implicarse en un arriesgado rescate, dejando a un lado sus intereses personales e incluso olvidando sus problemas físicos (caso de un Sergei Bogomolov que acudió a ayudar pese a tener que estar tratándose de congelaciones o de Alexei Bolotov).
Sacrificio e implicación total
Alpinistas de la talla de Denis Urubko, Bolotov o Ueli Steck fueron la punta de lanza del dispositivo en la pared. Lo dejaron todo y han dado una auténtica exhibición de fuerza física, olvidando en muchos momentos su seguridad física, por tratar de salvar a su amigo.
Capítulo aparte merece el que mantuvo con vida al navarro durante los cuatro primeros días. El rumano Horia Colibasanu, compañero de cordada de Ochoa de Olza, fue quien avisó, cuidó y mantuvo la llama de la esperanza, aunque muy débil, iluminando a la familia, a los amigos y a quienes hicieron todo lo que estuvo en sus manos por romper la lógica. Una lógica que acabó imponiéndose. 96 horas de angustia, desesperación, impotencia y, sobre todo, cariño y humanidad del rumano que no decayó, que dejó de lado su salud y que sólo abandonó su lugar al lado del navarro para que el suizo Steck le atendiese el pasado jueves.
Fue precisamente el helvético quien acompañó a Ochoa de Olza en sus últimas horas. Urubko rompía todas las marcas lógicas y volaba hacia el campo IV (7.400 metros) con una botella de oxígeno artificial, pero no llegó a tiempo. Tras él, repartidos en los distintos campos de forma estratégica, el resto de los grupos. Preparados, listos para que la fortuna hicise un guiño. No fue así. Hoy, a las 18 horas en la parroquia pamplonesa de San Miguel, sus más allegados le despedirán con el recuerdo de esa labor encomiable, impagable, inolvidable, de sus amigos en la montaña. Un ejemplo de cariño incondicional. Iñaki seguro que hubiera estado orgulloso. Su familia lo está.
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