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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Chapas de colores

Visión satírica del periodista Fco. Javier Zudaire sobre la prensa del "colorín"

Actualizada Domingo, 25 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

Aquél había sido un buen curso político. Entre los treinta contertulios cotizaban más a Hacienda que una pyme. Se lo habían currado a base de bien: doblaron turnos y multiplicaron ignorancias.

S I por ellos fuera, el país permanecería yermo en economía, derecho, ciencias de todo uso, políticas varias y hasta religión, porque esas tres decenas de sabios reunían una labia laberíntica que había desterrado en muchos las ganas de saber. El mal ejemplo ya había cundido y muchos niños no querían estudiar ni ser bomberos de mayores, sino contertulios. La treintena de expertos se repartía las cadenas de radio y televisión, y competían en foros, debates, conferencias, ponencias., cualquier ágora mediática. Por supuesto, ninguno tenía especiales conocimientos de nada, porque entonces se hubieran dedicado a hacer algo de provecho. La empresa privada, la que produce, no está para gaitas y hay que ser válido. Lo otro, hablar y no callar de lo que sea, con prepotencia y grito fácil, se queda para maestros de la cháchara.

Al principio habían ido por libre, pero acabaron entendiendo, pese a sus limitaciones, mitad naturales y otro tanto adquiridas, que un lobby organizado, con su director, secretaria y chófer, sería mucho más beneficioso. Para su organización y sus cuentas corrientes. Así que ahora estaban todos centralizados y cualquiera que precisaba sus servicios sólo necesitaba llamar a un teléfono y pedir el packadecuado. Por ejemplo, una cadena de TV contactaba y solicitaba: Mañana necesitaría cinco tertulianos, programa tal, para hablar de la cría de la codorniz en cautividad, alternando con la desaceleración económica del país, en plan nos vamos a la ruina, programa protagonizado por una entidad de préstamo fácil (el interés ni se mencionaba). De acuerdo, contestaban desde la central, allí estarán, ya conocen las tarifas. Ah, y el coste del transporte corre por cuenta de ustedes. Desde el centro de distribución los desplazaban en un pequeño autobús en cuyo costado podía leerse: El debate está servido, somos profesionales, luego venía un teléfono y la dirección de una web.

El lobby funcionaba con la estrategia del camaleón, un nombre dado por ellos mismos, en un rasgo de ingenio, a la capacidad de reconvertirse en función de los requerimientos. Dentro del grupo, los había azules, rojos, verdes y blancos. Y atendían todo tipo de demandas: de derechas, izquierdas, ecologistas y apolíticos, o sea, también de derechas, siempre respetando, cual denominador común, la democracia, como valor intocable, el derecho de los ciudadanos a la libertad de expresión, como coartada a su propia dedicación, y otras perlas trilladas de cuya existencia no tenían ni idea. Ni importaba. Lo fundamental era abjurar del titubeo, echarle fuerza a las frases sin contenido y mostrar la seguridad temeraria del ignorante.

Los más profesionales, por así decirlo, repasaban la wikipedia antes de acudir a pontificar sobre lo que fuera, pero la mayoría confiaba en sus dotes de charlatanes y en ese bagaje de medio pelo que te va dando la vida, quieras o no, a base de trompicones. Es verdad que se registró algún conato de desprestigiar al lobby, máxime cuando podía verse a un contertulio defender unas ideas y las antagónicas en el mismo día, pero se atajó con un contraataque a los intolerantes, a quienes se acusó de no admitir siquiera en la persona humana (recalcaron lo de humana) la capacidad de rectificar en unas horas, sino que ponían plazo, y largo, a esa actitud inteligente del reconocimiento de los errores. Tiempos de crisis, sin embargo, eran las elecciones. Dependiendo de si el Gobiernocambiaba de color, muchos de los contertulios cambiaban de chaqueta y discurso, lo cual era un problema para el negocio y la organización, cuyo director se enfrentaba a etapas de tan dura esquizofrenia que recordaban a la Tía Julia y el escribidor. Era preciso reconducir la situación, porque el caos podía mandarlo todo al traste. Los de derechas hablaban bien de la izquierda, y viceversa, los ecologistas alababan políticas conservadoras, y los apolíticos renegaban de la política, de manera que atender a las solicitudes pasaba por cambiarles la chapa azul por la roja, etcétera. Algunos no podían soportar su propia presión de ideas controvertidas y acababan en el psiquiatra, cuando no en la cola del Inem, donde se ponían a disertar ante el desconsuelo de viandantes y parados. Para los casos recuperables, el director disponía siempre de unas plazas reservadas en un balneario. En todo caso, el país era una cantera enorme y, si se producían bajas, el máximo responsable levantaba unas piedras y encontraba sustitutos. Al poco de las elecciones, todo volvía a ser como antes. Con las chapas recolocadas, el país recuperaba la normalidad, la oposición asumía su papel, el Gobierno iba a lo suyo. Cada tertuliano en su sitio, y la pasta corriendo.

¿Y los ciudadanos?

Bueno, los ciudadanos, por decirlo sin tapujos ni brusquedades, estaban ya hasta los mismos coj. (Que alguien acabe esto, please).


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