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PLAZA CONSISTORIAL | JOSÉ MIGUEL IRIBERRI

LA ÚLTIMA CUMBRE

Actualizada Sábado, 24 de mayo de 2008 - 04:00 h.

I ÑAKI Ochoa de Olza se ha quedado en la montaña, en el Himalaya, descansando eternamente en paz camino del Annapurna. Le cubren las nieves perpetuas de los 7.400 metros de altura en una geografía alejada en los mapas que, sin embargo, para él era también su tierra y su casa, su horizonte y su atajo, sus raíces y sus alas. La misma tierra y el mismo horizonte que conoció de niño en las caminatas por San Cristóbal, su ochomil bautismal.

La muerte de este montañero, uno de los grandes deportistas navarros de todos los tiempos, causó ayer conmoción. La alcaldesa de Pamplona se hizo eco del "profundo dolor" de la ciudad. "Era un ejemplo de sacrificio y de superación", afirmó Yolanda Barcina al transmitir el pésame a los familiares. Seguramente el ayuntamiento habrá pensado la oportunidad de recordar a Ochoa de Olza en una calle o una plaza, de acuerdo con su biografía deportiva. No sé qué diría él. Pero se lo merece. Por su forma de ascender a las cumbres y por su manera de ser aquí abajo; por la capacidad de comunicar sacrificio, efectivamente, pero sobre todo ilusión. Pamplona estará mejor con su recuerdo en la calle. Y quizás mejor que en el ladrillo de una pared, en el espacio abierto de un jardín, en un alto, en algún lugar de horizontes lejanos.

Porque Ochoa de Olza era un grande de la montaña, un deportista de horizontes lejanos. Escalando hacia la docena de "ochomiles", en la cordada de sus 40 años, el montañero sabía quién era y lo que representaba en el alpinismo mundial; habría pensando alguna vez en la posibilidad de dar a 7.000 metros el que habría de ser el último paso de su vida; y quedarse allí para siempre evitando riesgos de terceros en operaciones de rescate, igual que evitaba la ayuda de "sherpas". "El alpinista anhela la vida; a través del riesgo eres consciente de que estás vivo: el riesgo por el riesgo, nunca", declaró en estas páginas cuando ya sólo le quedaban tres cumbres para completar los 14 ochomiles de la tierra.

Los budistas le enseñaron algo que él ya sabía; que no hay monte si no hay casa, y que volver es la razón de ir. Cuando uno leía sus declaraciones y escritos descubría que Iñaki Ochoa de Olza llevaba las cumbres dentro, donde decía que está Dios, dentro de nosotros; y que nada cogía a 8.000 metros de altura que no tuviera ya a los 444 metros de Pamplona. De su casa.


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