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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

De las Hébridas al vals deconstruido

Actualizada Viernes, 23 de mayo de 2008 - 04:00 h.

N icola Benedetti, escocesa de veintiún años y raíces italianas, fue Joven Músico de 2004 y también ha merecido el Young Scot. Ha publicado hace poco (Deutsche Grammophon) su grabación del concierto de Mendelssohn. El Stradivarius que tañe -bautizado con el título familiar de la desdichada Lady Diana de Gales- no aparece en muchos de los catálogos que se han elaborado sobre el ilustre violero cremonés y tampoco resultó anteayer deslumbrante por la calidad de su sonido.

Es instrumento interesante, sin duda reformado en el alma y más lucido en la propina de Bach que en el concierto de Sibelius. En el enfrentamiento con la orquesta, el violín lleva siempre las de perder, por razón tan evidente que no precisa explicaciones. El caso es que la solista -la técnica se le supone a quien encara estas partituras- lució más tensión y fuerza lírica en el movimiento central, adagio di molto, que en los otros dos, tapada por la orquesta con frecuencia. La RSNO derrochó potencia toda la tarde, pero cuando digo esto de audiciones en Baluarte hay que tener en cuenta, antes de cualquier otra consideración, la acústica descarnada e insolente de la sala, condición inaceptable. Se podrá decir que las orquestas no ensayan lo suficiente para adecuarse a la sala, pero eso es mucho presuponer. Habría que comenzar por saber si los músicos se oyen bien en el escenario.

El poema de Mendelssohn, sin la menor intención descriptiva, resultó más recio que grácil, más basáltico -como la gruta de Fingal, formación geológica y marítima que impresionó al compositor-- que mendelssohniano.

Denève es francés y lo demostró en la segunda parte. Su Debussy no tiene nada de evanescente, pero tampoco parece que ante la versión de anteayer, cruda, potente y a veces desequilibrada, Falla hubiera repetido lo que escribió en 1920, muerto ya el autor: "nuestra imaginación queda deslumbrada por esta música intensamente expresiva". Debussy quizá no es fácil de escuchar -estas páginas fueron recibidas con incomprensión general-, pero tampoco de interpretar, porque no tiene nada de "españolada", pese a las apariencias.

"La Valse" es poema directamente coreográfico, en el que nadie debe de ver ya una exaltación eufórica del vals vienés, pese a que Ravel al principio hablase de su obra como de un homenaje a Johann Strauss. El homenaje resultó desolador, porque cuando el compositor concluye su obra el Imperio austro-húngaro se ha hundido y Ravel, entre los jirones melódicos y la deconstrucción del ritmo, presenta, como un Joseph Roth musical, el dramatismo del nuevo mundo. Denève ofreció una versión del poema poderosa, sin concesiones sensibleras. Un turbión. Plausible.


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