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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

La tilde enfadada

Las palabras hablan, no hay nada extraño en ello. Más raro es encontrar locuacidad en la forma inclinada de una pequeña flecha, la misma que se apoderó de mi teclado y comenzó a escribir. Ahí va.

Actualizada Domingo, 18 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

H OLA, soy una tilde y vengo a quejarme un poco, en mi nombre y en el de mis compañeras. Seguro que me tienen vista, soy una gota de lluvia azotada por el viento, de descenso oblicuo (aquí aparezco por primera vez), hasta posarme donde me mandan lápices, plumas, máquinas, ordenadores y teclados en general, en el bien entendido de que, detrás de todos ellos, existe un cerebro. O algo así suponemos las tildes. Lo mío es el énfasis gráfico, algo muy importante.

Cualquiera puede pronunciar una palabra dulce, pero si la carga de énfasis resulta excesiva, puede llegar al insulto. De ahí que resulte fundamental el aprovechamiento de mis cualidades y valores que, no lo duden, afectan a la vida, y hasta la modifican. Ojo, también hay cargas fonéticas en las que no estoy ni tengo por qué: vale decir, pues, que todas las palabras tienen su énfasis, pero no a todas se les ve el plumero. Para eso estoy yo, para que, a diferencia del simple acento silábico, se me vea. Pondré un ejemplo donde aparezco y contribuyo a que las cosas tengan un sentido, una razón de ser. Es imposible tomarse un sin mi presencia, porque mi ausencia convierte la infusión en pronombre, y a ver quién es el guapo que se bebe un pronombre. Tampoco es lo mismo hacerse un lío con la secretaría que liarse con la secretaria, o confundir una mujer sabia con otra que sabía, aunque las dos sepan. Mi problema, uno de ellos, es que mucha gente me toma por simiente en época de sementera y me arroja sobre los textos a puñados, a ver dónde caigo, sin reparar en las normas que me fijan el cometido y, así, acabo aterrizando sobre palabras como huída, vió o , supinos errores, y me quitan el protagonismo en otras donde debería estar con toda mi fuerza, digamos prohibe (prohíbe) oaun (aún), si se alude a todavía. Sé perfectamente cuándo estoy fuera de lugar, y sufro lo mío, pero, de un tiempo a esta parte, las tildes somos incordios puntiagudos de estudiantes vagos, azotes de políticos y pesadillas de juntaletras desastrosos. Tenemos poco que hacer. Hoy, los tiros de la estética y el conocimiento van por otro lado, se lleva más capar las palabras a tijeretazos para enviar mensajes electrónicos, la gente habla de cualquier manera, y la buena escritura es cosa de viejos, trasnochados e inútiles perfeccionistas. De personas que, en lugar de dedicarse a la estúpida virtualidad y navegar de forma apasionada por una fibra óptica de banda ancha, persisten en dar la murga con sus reglas aprendidas in illo tempore, cuando Analogía y Sintaxis acompañaban en la solidez de la gramática a Prosodia y Ortografía. Pero eso, siendo cosa de profanos, es bastante más explicable que cuanto sucede en la fábrica oficial de las tildes y de las palabras. Con la coartada de que un idioma siempre está vivo -anda en constante evolución-, y con la manga ancha de más de cuatro académicos desahogados, el idioma, digo, se va enriqueciendo con palabras tan fundamentales como bluyín, un anglicismo nacido del recurso más cutre que todas las tildes reunidas en aquelarre hayamos contemplado jamás. Porque, ¿qué sería un idioma sin palabras como ésa para referirse a unos vaqueros?, o ¿cómo sobreviviríamos sin el verbo calendarizar, que, dicen los ilustres, viene de calendario? Menudo filón han encontrado los señoritos: de cada sustantivo harán un verbo. Desde aquí les sugiero uno que debería aprobarse ya en vista de lo visto: pongan en el diccionario cojonear, que significaría tocárselos a uno bien tocados, y algunos tenemos ya urgencia de este vocablo para entender lo que ustedes vienen haciendo desde sus sillones letrados. Pero, claro, me desvío del asunto inicial (ya ven que soy un poco egocéntrica y aprovecho que hoy escribo para colocarme siempre que puedo). Es decir, me estoy saliendo de mi reivindicación como tilde manipulada. Sobre todo, pésimamente utilizada. Deberían saber que nosotras, si nos colocan mal, sufrimos como almas en pena, como espíritus mortificados, y vamos vagando por los textos como la Santa Compaña, sin alcanzar la paz de las tildes, sin poder hacer nada para evitar esa deriva errática. Pero, sobre todo, deben saber que nuestras penalidades no pasan de ser una simple fruslería al lado del bochorno que producimos a quien nos ha ubicado erróneamente. En cambio, bien puestas, nosotras viajamos por libros y documentos tan ricamente aposentadas, como guindas de pasteles gramaticales, felices de ser lo que somos, orgullosas de dar la fuerza precisa a cada palabra. Por eso les pido: hágannos un favor, póngannos donde nos corresponde, harán felices a las tildes y éstas les devolverán con creces la dosis adecuada de énfasis. Además, les bajará el rubor por verse corregidos. Y para que no me olviden, voy a intentar subirme a un verbo y despedirme con una presencia final: a ver...a ver..., ¡ya!, ¡lo conseguí!


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