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CULTURA Y SOCIEDAD

Los destructores de presas

La destrucción de las presas del Möhne y el Eder costó la vida a 1.294 personas aguas abajo

Actualizada Sábado, 17 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • MIGUEL URABAYEN . PAMPLONA

LOS bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial borraron la diferencia entre combatientes y poblaciones civiles de la retaguardia. Mientras el poder nazi se extendía por Europa, de 1939 a 1942, la Luftwaffe alemana destruyó buena parte de Varsovia, Rotterdam, Londres, Belgrado y algunas otras zonas urbanas menos importantes, causando millares de victimas.

En los años siguientes de la contienda, de 1942 a 1945, las ciudades germanas sufrieron represalias terribles de los bombarderos ingleses y norteamericanos, éstos de día y aquellos por las noches. Se calcula que medio millón de civiles alemanes perecieron en los incendios producidos por esas incursiones. Aunque hubo algunas voces que plantearon el problema en el Parlamento británico, la responsabilidad moral derivada de esas indiscriminadas matanzas nunca preocupó a los jefes máximos de los bandos enfrentados en la lucha.

La finalidad de los bombardeos aliados era destruir la industria alemana, y con esa obsesión en la cabeza, Arthur Harris (jefe del Bomber Command) lanzó sus grandes cuatrimotores Lancaster y Halifax contra las ciudades germanas, sin preocuparse de acertar en fábricas y talleres. Llamó a su ofensiva "bombardeos de área" e insistió en la destrucción máxima. Pensaba que si los obreros perdían sus casas, no podrían trabajar.

Los norteamericanos estaban seguros de que sus aviones, dotados del preciso visor Norden, alcanzarían objetivos determinados y por esa razón prefirieron que su ofensiva fuera diurna, a pesar de que eso hacía a sus B-17 y B-24 posibles víctimas de los cazas alemanes. Y así ocurrió. Los jefes americanos vieron con creciente alarma cómo sus cuatrimotores sufrían un número de bajas insostenible. Necesitaban cazas de protección y en diciembre de 1943 la entrada en combate del Mustang P-51, con su gran radio de acción y excelente capacidad de maniobra, resolvería ese problema.

Como excepción de lo que acabo de indicar sobre los bombardeos ingleses, Harris permitió en 1943 un ataque especial contra objetivos muy concretos. A pesar de que tuvo éxito, fue el primero y el último de su tipo. Los británicos recordarán hoy, 65 años después, ese bombardeo que fue realmente extraordinario. Primero, porque se hizo contra presas de grandes embalses, nunca atacadas antes debido a la dificultad de dar en el blanco. Segundo, por la forma en que se resolvió ese problema, Tercero, por el frío valor de las tripulaciones que lo efectuaron y el caro precio que se pagó.

El objetivo y la idea

La región más industrializada de Alemania era la cuenca del Ruhr y, como es natural, necesitaba mucha electricidad. Así pues, tres presas de las que alimentaban en energía a las fábricas de esa extensa zona constituían un objetivo importante, seguramente bien defendido por artillería antiaérea. Las presas eran grandes. La del río Möhne formaba un lago de 18 kilómetros de largo y contenía 140 millones de toneladas de agua. Esta cifra era aun mayor en la del Eder cuyo embalse tenía una capacidad de 200 millones. La del Sorpe era más pequeña y de diferente construcción.

Barnes Wallis, un extraordinario ingeniero que había trabajado en el diseño de barcos, dirigibles y finalmente aviones, propuso que se atacara a las presas como si fueran navíos anclados. Pero los alemanes lo tenían previsto y habían tendido redes protectoras antitorpedos. Así que la idea no parecía ni nueva ni viable. Y ahí surgió el talento de Wallis. Él no proponía utilizar torpedos sino unas bombas de su invención que debido al impulso del bombardero que la dejara caer en vuelo rasante iría rebotando en el agua, como una piedra lanzado por un niño, saltando las redes protectoras.

Un inciso. No sé si ahora habrá chicos que se diviertan así, pero yo recuerdo que en mi niñez me gustaba mucho lanzar piedras planas en las orillas del Arga para que rebotaran en la superficie del río y llegaran hasta la otra orilla. Solíamos hacer competiciones por el número de rebotes y ganaba el que conseguía mayor número. A eso llamábamos hacer chipichapas y quizá la palabra se haya perdido ya (José María Iribarren en su Vocabulario Navarro indica que es propia de Pamplona, Caparroso y Larraga)

Los británicos llamaron a su incursión aérea Operación Castigo y se dispusieron a realizarla eligiendo a Guy Gibson, veterano y experto Comandante de Ala de 25 años, para dirigir un grupo de Lancaster contra las tres presas. Las dificultades eran mayores de lo que parecía y las 21 tripulaciones reunidas se entrenaron durante dos meses en el vuelo rasante, nuevo para ellas. En el ataque los aviones debían aproximarse sobre el embalse formado por la presa a 360 kilómetros por hora y lanzar sus cargas a 400 metros del dique

Las bombas, más bien minas, eran cilíndricas, parecidas a un gran barril y debían ser soltadas a la altura de 50 metros. Exactamente 50. Solo así conseguiría el impulso horizontal necesario para saltar las redes. A fin de obtener esa precisión en la altura cada avión llevaba en la popa un proyector que apuntaba hacia abajo y adelante. Otro en la proa estaba inclinado también hacia abajo y hacia atrás. Los rayos de luz de ambos coincidirían formando un círculo o un ocho en la superficie del agua si el avión iba a la altitud precisa

Segundos antes de caer, un motor producía en la mina un movimiento de rotación contrario a su marcha en la superficie del agua y así se lograba que al chocar con la pared de la presa se hundiera empujando contra ella. Un pequeño mecanismo la haría explotar al llegar a la profundidad calculada para romper el dique. Si a todo lo anterior se añade que se preveía una fuerte defensa antiaérea de cañones y ametralladoras se verá que el Castigo del nombre de la operación podía entenderse tanto contra los alemanes como contra las tripulaciones atacantes. Aparte de las otras complicaciones, las luces de los focos darían a los artilleros alemanes la situación de los aviones.

Ataque y consecuencias

En la noche del 16 al 17 de mayo de 1943 Gibson condujo el escuadrón 617 hacia sus objetivos. Antes de llegar, dos aparatos tuvieron quedaron averiados por lo que fueron diecinueve Lancaster los que atacaron en tres secciones a las otras tantas presas. Gibson fue el primero en lanzar su mina en la del Möhne pero la explosión no consiguió perforarla. La quinta mina

- después de que uno de los aviones fuese derribado- abrió un enorme boquete en el dique, provocando la inundación de una gran zona aguas abajo. La del Eder también fue atravesada pero no la del Sarpe, atacada por un solo bombardero, único superviviente de su sección.

Al día siguiente las fotos obtenidas por aviones de observación mostraron las roturas de las dos presas y las grandes inundaciones causadas a lo largo de docenas de kilómetros río abajo. Por datos alemanes conocidos después de la guerra se sabe que se ahogaron 1.294 personas, entre ellas 700 prisioneros rusos de un campo de concentración próximo al río Eder. La producción de numerosas fábricas fue interrumpida pero no por mucho tiempo debido a que Albert Speer, ministro de armamento, hizo llevar 7.000 trabajadores forzosos. En cuatro meses repararon los diques.

El precio pagado por el Bomber Comand británico fue de 8 cuatrimotores abatidos y 56 tripulantes perdidos. Es decir, un porcentaje de casi el 50 % en aviones participantes y el 42 % de las tripulaciones. Tan elevadas pérdidas explican la razón de que la Operación Castigo no se volviera a repetir en toda la guerra.

Hoy día llama la atención el ingenio y valor que emplearon los británicos (uno de los pilotos era norteamericano) en crear algo comparable a una catástrofe natural, un tsunami. La Segunda Guerra Mundial muestra a una escala nunca vista hasta entonces cómo se pueden poner la inteligencia y el coraje al servicio de la tendencia a matar que aparece en la naturaleza humana. Y que sigue surgiendo con mucha frecuencia, de forma personal o colectiva, a pesar de las lecciones que debían aprenderse del pasado.


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