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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Fin francés de curso

Actualizada Viernes, 16 de mayo de 2008 - 04:00 h.

M ontecarlo, como se sabe, es un barrio de Mónaco, famoso por el Casino, el rallye, los Ballets, la Ópera -cuyos cuidados programas, presididos por la imagen de Carolina, princesa de Hannover, imprime Castuera- y la Orquesta Filarmónica, hasta 1980, Orquesta Nacional de la Ópera de Montecarlo. La Orquesta puede exhibir una nutrida historia desde su fundación en 1856 por Alexandre Hermann.

La nómina de quienes han ocupado el podio de dirección como titulares es impresionante, así como la de sus estrenos absolutos, de Massenet, Fauré, Puccini -"La Rondine" (1913)- y Ravel -"L"Enfant et le sortilèges" (1925)- a Penderecki. Lawrence Foster, californiano de Los Ángeles (1941) e hijo de rumanos, ya fue director de esta orquesta en 1979.

La OFM llegó con un programa netamente francés, inhabitual por estas latitudes. A ver quién ha escuchado aquí en sala de conciertos el "Egipcio", por no decir cualquier otro de Saint-Saëns. Pero la rareza no acredita por sí sola calidad magistral. Más bien suele suceder al revés. Si en el programa del lunes hubiera que destacar una partitura, sería sin duda la de Debussy. "La Mer" es una obra admirable, por encima de chauvinismos. Sólo franceses con criterios muy especiales, como los autores de un libro de 1988 que analiza el repertorio de piano y orquesta, pueden ver en el catálogo de Saint-Saëns "el conjunto de obras para piano y orquesta acaso más bello que nunca haya escrito un compositor (...), maestría pianística incomparable, que refleja una exigencia musical absoluta, sin la menor concesión a la facilidad". Sic. Las puntuaciones que los dos autores adjudican a Saint-Saëns resultan estratosféricas comparadas con las concedidas a Beethoven, Brahms, Chopin, Liszt, Mozart y Schumann, esos pobres mangarranes del teclado.

Las versiones pecaron de alborotadas, estruendosas y algo confusas, lo cual parece curioso cuando se trata de música francesa, cuidadosa del timbre y de los matices incluso en los volúmenes máximos. Tal como la oímos, desde la entrada inicial de las trompas en el poema de Franck hasta el acorde final de Roussel, la OFM -16, 14, 12, 10 y 8 en la cuerda- hizo que sonaran muy parecidos autores tan diferentes en el tratamiento de la orquesta -la socorrida "paleta orquestal"-, no digamos en su música. El trazo grueso, masivo, pudo más que el refinamiento, la exquisitez colorista y la delicadeza sutil en las líneas y texturas sonoras. La OFM mostró notable homogeneidad, cierta lentitud dinámica y calidad destacada en atriles, como el primer chelo y las maderas. Los metales se impusieron rotundos, si bien corrió a cargo de la trompeta solista una de las frases mejor cantadas de la tarde, la de la jota, en la danza de Granados, en la que el conjunto lució más potencia que vivacidad rítmica. En cualquier caso, las maderas demostraron cualidades apreciables, pese al vendaval de decibelios que surgía tras ellos.

La versión de "El mar" no tuvo el nervio poético conveniente, pero tampoco pecó de sensiblero, ni buscó la estampa naturalista -Debussy detestaba la "Pastoral" de Beethoven, aunque éste pretende reflejar los sentimientos ante la naturaleza, no ésta- y cuajó una plausible visión musical del tercer boceto, "Le dialogue du vent et de la mer", apasionado, tumultuoso, diríase irresistible, como la "Bacanale" final de Rousel.

En Saint-Saëns el pianista estuvo quizá por encima de la orquesta, preciso, ágil y limpio, sin dificultades técnicas, brillante. Bien. Como para desear escucharle en obra de mayor exigencia y compromiso musical.

Un buen fin de curso, pese a los reparos expuestos. Un curso notable. Algo más difícil cada año.


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