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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Perdiendo kilos

Ando metido en plena "Operación bikini" -es un decir- y voy detrás de ponerme fino, fino, filipino -otro decir-, para poder entrar en la mar sin añadir un desbordamiento al anunciado desastre del cambio climático.

Actualizada Domingo, 11 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

E STO de no comer, además de antinatural entre depredadores, es mucho más duro de lo que cualquier lego en obesidades pudiera pensar. Los regímenes dietéticos, y algunos políticos, te quitan el sueño, te rebajan -aún más- la libido y te provocan alucinaciones interesadas, así las llamo. Esas visiones, que la mente te prepara como súcubos para eremitas, consisten en ver comida donde sólo hay artículos vulgares de consumo, ora galletas integrales, ora hamburguesas.

Es increíble, en ambos casos llegas a pensar que se trata de género comestible.

Pero no todo son inconvenientes. Por ejemplo, mejoran sensiblemente las relaciones sociales porque tanto ir al baño te hace estrechar los lazos con el personal de tu empresa. A gente con la que no hablas desde hace lustros te la encuentras de cara a la pared y mirando el alicatado fijamente, como si el horizonte fuera de azulejo, o estuviera descifrando la mirada de la Gioconda. Mientras se desahoga, tú te unes, solidario, a la postura y al acto del desahogo, y entablas una conversación tanto tiempo aplazada. Saludas al tipo, nunca es una tipa, y te disculpas porque no sabías que todavía siguiera en la empresa, ya sabes, el fragor del día a día, bla, bla, bla, que nos arruga las relaciones hasta estrujarlas como papel de papelera. Preguntas, animoso, si todavía se acuerda de aquel ligue suyo, lamentable, con una pecosilla nada agraciada, y contesta que sí, que se acuerda, la ve a diario porque se casó con ella, y te enteras de que ya tiene cuatro hijos. No te despides porque tu maldito régimen hará posibles otros encuentros en los que habrá nuevas oportunidades de meter la pata.

Indudablemente, las dietas deben ir acompañadas de ejercicio, no es posible adelgazar en plan estático sin correr el riesgo de que se te encortine la piel y cuelgue como si fuera un Niágaraepidérmico. Eso sí, la fuerza de voluntad debe multiplicarse en proporción inversa a la masa: cuanto más adelgazas, más fuerza de voluntad, y si haces deporte, añade entereza por arrobas. El ejercicio aumenta el hambre, es tontería hablar de apetito. La tentación se dispara a niveles estratosféricos, y ahí es donde debes coronar el éxito y decirle a tu estómago que esa ridícula ensalada, verde como la desesperanza, es un suculento plato de alubias de Puente. ¿Tiene ojos el estómago? Parece que sí, es muy difícil engañarlo a base de lechuga. Ni añadiendo tomate.

Pero, ¿y el éxito de la Operación bikini? ¡Ay!, eso compensa cualquier sacrificio. Compruebas que todo va bien cuando los demás te ven mal. No faltan almas bondadosas, corroídas por la insana envidia, que observan en tu esfuerzo los síntomas de un enfermo, y en vez de alabar tu decisión de desgrasarte unos kilos, prefieren preguntar si estás bien de salud, porque se te ve muy poca cosa, seco como la mojama, enjuto como Quijotey triste como el licenciado Cabra. Les costará un mundo admitir que has perdido peso y estás más fashion, pero tú lo sabes, es tu triunfo. Que sigan rabiando.

Yo estoy ahora en la fase de las tentaciones. La carne, ya nos lo decían siempre, es débil, y cuando vas bien alimentado, todos sabemos hacia dónde tira el antiespíritu (por decirlo suavemente), pero si estás enlechugado, o entomatado, o empepinado, la tentación se muta, cambia de objetivo y no tiene ojos más que para abordar el frigorífico, alegoría helada del ansia. A un cuñado mío le pusieron un cerdito de juguete que gruñía cuando abría la puerta, y eso le hacía tomar conciencia y renunciar al picoteo nocturno, el más delicioso de un dietista, cuando el resto de la humanidad casera duerme en completa ignorancia de cuanto se cuece por la cocina y sus arrabales. Mi cuñado tuvo conciencia una noche, pero regresó tan mustio y huero de sustancia a la cama que, en la siguiente madrugada, aquel cerdito metido a Pepito Grillo de las calorías voló en picado desde el quinto piso hasta un contenedor. Por cierto, mala noticia para la Mancomunidad, un contenedor de orgánicos.

Nos hizo mucha gracia la historia, pero estas mujeres de mi casa, madre e hija, no son como Bush, éstas piensan a la vez que se ríen, y para evitar más descalabros porcinos, a mí me han atado mucho más corto. Soy libre de deambular por la casa, no encontraré un cerdo gruñón, aunque tampoco me servirá de nada mirar la nevera con delectación y ojos de cordero degollado. Junto a la manilla de la puerta, hay un sintagma metalizado y misterioso, una palabra, sólo una, que te impide cualquier intento de atraco mientras el resto de la familia relaja el músculo. Igual que en la película Ciudadano Kane la enigmática palabra fue Rosebud, en la puerta de mi frigorífico puede leerse: Yale.

Y eso, amigos, no es una prestigiosa universidad de Connecticut, es la marca de un candado.


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