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MÚSICA FERNANDO PÉREZ OLLO

Zimerman, soberano

Actualizada Viernes, 9 de mayo de 2008 - 04:00 h.

E l de anteayer fue el octavo recital de Zimerman en la Filarmónica pamplonesa, no el séptimo, como aseguraba el programa de mano. En la relación faltaba el 14 de octubre de 2004, concierto que cubrió la baja del artista, por neumonía, siete meses antes. No fue la primera ocasión en que Zimerman incumplía su contrato por enfermedad. En otra la culpa fue de la escarlatina. Zimerman debutó en nuestra Filarmónica en octubre de 1986.

Resulta, pues, un viejo conocido , afortunadamente para los aficionados, porque se trata de un nombre imprescindible, si no el máximo, de su generación y uno de los más conspicuos del selecto gremio desde que triunfó en Salzburgo (1980), de la mano de Karajan. Pianistas puede haber miles, músicos de cuerpo entero sentados al teclado con un programa sin concesiones, muy contados.

Anteayer volvió a demostrar su arte magistral, la transcendencia que a veces alcanza la perfección. Fue una velada de admirable poderío técnico y pujante versatilidad musical en las interpretaciones. La claridad y limpieza de la pulsación y el equilibrio dinámico y sonoro de la partita bachiana nos pusieron ante los ojos y oídos a un pianista cabal, no -como ocurre con frecuencia- a un instrumentista prodigioso empecinado en evocar la pulsación y efectos tímbricos del clave, es decir en hacer del piano actual un remedo de algo fantástico que no tiene con el piano más parecido que el teclado, que también es diferente. Habrá que repetirlo una vez más: el clave y el piano pertenecen a familias distintas, lo mismo que el piano y el órgano. Está muy bien recuperar el sonido que Bach tenía en la mente, y no es fácil, pero el piano debe sonar como lo que es.

La mano izquierda de Zimerman en la partita de Bach maravilla no sólo por la redondez exacta del sonido -apenas mellado en algún trino-, sino porque expone a la perfección la urdimbre polifónica, la autonomía horizontal de las voces, esencial en el autor, sin restar un ápice a la fuerza de los acordes, cuando la lógica de la obra los exige. Ese Bach estrictamente pianístico de Zimerman -parco en el pedal, justo en reguladores y planos- prueba por qué un clásico lo es: porque supera las condiciones materiales de su tiempo. No sólo no pierde trasladado a otro mundo sonoro, gana. La melodía del andante de la sinfonía inicial, por ejemplo, tal como la expuso Zimerman anteayer, tuvo fluidez y a la vez más consistencia en el trazo.

La alta calidad musical fue pareja en cualquiera de las obras, de modo que habría que aplicar a Beethoven y Szymanowski lo que va dicho sobre la versión de Bach. Quizá a más de uno le resultó un Beethoven demasiado académico, poco fogoso, sin vehemencia. Beethoven odiaba la sensiblería en música y el clasicismo -como el mismo Bach- no impone la represión de los sentimientos, la embrida. Así, la sonata última de Beethoven , la 111, esa ariettafinal, adagio molto semplice e cantabile - -tema limado sin cesar en los cuadernos de esbozos-, resume los exigentes contrastes de esa despedida pianística genial.

Otra tarde grande que certifica la dimensión de Zimerman. Aun así, creo que el programa perdió rigor cuando quitó a Brahms, cuyas "Klavierstücke", op. 118, nos dio en un inolvidable monográfico hace seis años.

Al terminar el allegro di molto e con brio de la "Patética", hubo aplausos. Le hicieron perder concentración al pianista, que impuso un largo silencio antes de atacar el adagio cantabile. Un ejemplo aleccionador, que me hizo recordar el de Claudio Arrau.


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