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CULTURA Y SOCIEDAD

"Hindenburg", punto final de los dirigibles

Hace 71 años, el "Hindenburg" estallaba cuando atracaba en las cercanías de Nueva York. El accidente, en el que perdieron la vida 36 personas, de las 98 que iban a bordo, marcó el final de la era de los grandes dirigibles transatlánticos.

Actualizada Miércoles, 7 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • MIGUEL URABAYEN . PAMPLONA.

FUE el accidente más fotografiado del siglo XX. En aquel 6 de mayo, hace ahora setenta y un años, esperaban al dirigible Hindenburg los mejores reporteros gráficos de Estados Unidos con sus cámaras dispuestas para recoger el momento en el que la enorme nave quedara sujeta a su poste de amarre en la Estación Aeronaval de Lakehurst, cerca de Nueva York. Terminaría así su travesía del Atlántico Norte número 11, primera de las 18 previstas para 1937.

Pero segundos antes de ese fin de viaje, una llama surgida súbitamente en la popa del Hindenburg se extendió con fulminante rapidez por toda su estructura y medio minuto después el gran dirigible había caído al suelo y era solo un montón de metal ardiente.

Aunque los numerosos testigos supusieron que los pasajeros y tripulantes habían muerto en el repentino incendio, hubo más supervivientes de los que parecía posible. De las 98 personas que viajaban en el dirigible murieron 36 y se salvaron 62, debido a que la nave cayó por la popa. El resto del largo cuerpo metálico entró en contacto con el suelo rápida pero progresivamente, sin el desplome desde 20 metros de altura que podía haber ocurrido.

El origen

La historia comenzó en 1900, junto al lago Constanza, en el sur de Alemania. En ese año el conde Ferdinand von Zeppelín, ex-general de caballería, construyó su primer dirigible y, tras muchos fracasos y esfuerzos en los siguientes años, logró fundar una empresa (Delag) que produjo modelos progresivamente mejorados. De 1910 hasta la guerra europea había realizado más de 1500 vuelos cortos transportando pasajeros que veían desde el aire por primera vez los paisajes de su hermosa tierra.

Después, en 1914, vino la guerra y los zeppelines (como los alemanes llamaron a sus dirigibles) fueron las primeras naves que bombardearon Londres y otras ciudades británicas. Pero su gran tamaño y escasa velocidad los hacía fácil presa de los aviones de caza, más rápidos y ágiles. De los 96 dirigibles utilizados por el ejército germano, 72 fueron derribados. Aun así, sus incursiones contra la retaguardia causaron terror en la población civil y significó un anticipo de lo que vendría en el futuro.

En los años veinte y comienzos de los treinta, los grandes dirigibles parecían la forma más segura y agradable de volar. Gran Bretaña y Estados Unidos también tenían los suyos. En Alemania, el ingeniero Hugo Eckner había sustituido al conde Zeppelín (fallecido en 1917) al frente de la empresa Delag y bajo su dirección se construyo una nueva nave de 236 metros a la que se puso el nombre del fundador.

En 1928, el primer viaje largo del Graf Zeppelín se hizo a Estados Unidos. Al llegar sobrevoló Washington, Baltimore y Nueva York, aterrizando en la base naval de Lakehurst. Así, según pretendía Eckner que iba al mando, fue visto por millones de norteamericanos Después de ese triunfal cruce del Atlántico (primera travesía por un dirigible) viajó por toda América, y dio la vuelta al mundo en 1929, empleando 21 días en hacerlo. A lo largo de su vida recorrió dos millones de kilómetros sin ningún avería grave.

El "Hindenburg"

Eckner también impulsó la construcción de un nuevo dirigible, el mayor del mundo. Con 245 metros de longitud (9 más que el Graf Zeppelín) y 41 de diámetro el Hindenburg daba la impresión de ser un navío que flotaba en el aire en vez de en el agua. Su enorme tamaño contrastaba con el muy reducido número de pasajeros que podía llevar en sus viajes. Tenía dos cubiertas interiores con grandes ventanales y en ellas había 34 camarotes pequeños con camas dobles. Eran solo dormitorios. Durante el día los pasajeros tenían a su disposición un gran comedor y un amplio salón desde donde contemplar el cambiante paisaje que cruzaban.

Una de las ventajas de los viajes en dirigibles era que nadie se mareaba. A una velocidad media de 145 kilómetros por hora el vuelo resultaba muy tranquilo, salvo si se encontraba con una tormenta de vientos fuertes. Entonces podían pasar muchas cosas, sobre todo si el encuentro era repentino lo que obligaba a los pasajeros a sujetarse mientras veían como caían y se rompían los finos vasos y platos que estaban utilizando en el comedor.

Los pilotos trataban de evitar esas situaciones y normalmente lo conseguían. El obstáculo mayor para volar en el Graf Zeppelíno en el Hindenburg era económico. Solo podía hacerlo gente de mucho dinero porque el billete costaba casi doble que en los trasatlánticos Queen Mary o Normandie, 810 dólares ida y vuelta contra 519.

A cambio de ese elevado precio (los dólares de aquel tiempo valían mucho más que los de ahora) se ofrecía un vuelo único en el mundo y una atención a bordo superior a la de los grandes navíos citados. En su último viaje el Hindenburg llevaba 37 pasajeros (13 menos que su capacidad total) y 61 tripulantes, una proporción imposible de alcanzar en los barcos.

Llegada y causas

La llegada del dirigible prevista para las 6 de la mañana del día 6 de mayo de 1937 se retrasó 12 horas por haber encontrado vientos de frente que redujeron su velocidad. Esa tardanza le hizo sobrevolar Nueva York a las 5.43 en medio de una tormenta eléctrica en toda la zona que retraso más todavía el aterrizaje en Lakehurst. Al fin, el Hindenburg alcanzó su destino y se dispuso a amarrarse al poste metálico que le servía de ancla, por decirlo así. Y justo entonces, a las 7.25, apareció la llama y ocurrió la catástrofe.

Aunque inmediatamente después se constituyeron dos comisiones de investigación, una norteamericana y otra alemana, ninguna de ellas pudo determinar con seguridad las causas del incendio. Y esa incertidumbre persiste hoy día. Naturalmente, se consideró la posibilidad de un atentado que hubiera tomado al dirigible con sus grandes cruces gamadas como símbolo de Hitler y el nazismo. Pero no pudo encontrarse ningun indicio de prueba.

Según dijeron muchos expertos, lo más probable es que la causa fuera una chispa eléctrica producida por la tormenta. El dirigible flotaba en el aire por los más de 190.000 metros cúbicos de hidrogeno que llevaba en sus depósitos. Se utilizó ese muy inflamable gas porque Alemania no tenía helio, sin riesgo, y Estados Unidos había prohibido exportarlo por necesitar toda la producción para sus propios dirigibles. Así pues, se daba la conjunción de las dos condiciones para el incendio, combustible y chispa.

Sea como fuere, el caso es que ocurrió y ese accidente, visto por millones de personas a través de la prensa y noticiarios cinematográficos en todo el mundo occidental, acabó con los planes de construir nuevos dirigibles - los alemanes proyectaban dos más - o de utilizar los existentes. Después de ver las dramáticas imágenes, nadie se atrevería a viajar en ellos durante mucho tiempo. Y así desaparecieron los dirigibles de los cielos de Europa y Estados Unidos.

Hasta ahora, en que se vuelve a hablar de ellos -con helio, claro- en posibles viajes turísticos.


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