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CULTURA Y SOCIEDAD

Cómo Castro acabó con los Reyes Magos

El historiador oficial de La Habana quiere en el Malecón una placa con un poema de Gaztelu

Actualizada Miércoles, 7 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • JAIME IGNACIO DEL BURGO

TRIBUNA CULTURAL Uno de los mejores poetas cubanos fue el sacerdote navarro Ángel Gaztelu Gorriti, de Puente la Reina, fallecido en el año 2003 y que contaba, por haberlo vivido personalmente, cómo intentó acabar Fidel Castro con la tradición de los Reyes Magos en Cuba

Á ngel Gaztelu Gorriti está considerado como uno de los mejores poetas cubanos del siglo XX. Era navarro, de Puente la Reina donde nació en 1914. En 1927 su familia decidió buscar en Cuba mejores condiciones de vida. El muchacho quedó prendado de la belleza de La Habana, pero ésta no le hizo renunciar a la llamada del sacerdocio pues poco después de su llegada ingresó en el seminario de San Carlos y San Ambrosio. Su ordenación no se produciría hasta 1936, a causa de las dificultades que le produjo su temprana afición a la poesía. Tuvo que convencer a sus superiores de que su presencia en los círculos literarios de la capital cubana no ponía en riesgo su vocación sacerdotal.

Fue en esa época cuando trabó gran amistad con la joven Blanca Martínez, nacida en la Habana de padres españoles. En 1934, dos años antes de su ordenación sacerdotal, los Martínez regresaron a España y decidieron establecerse en Pamplona. Blanca no volvería a pisar nunca más tierra cubana. Madre de la que sería mi esposa, el recuerdo de su adorada Habana estaba siempre presente en su memoria. En las sobremesas familiares solía contar las excelencias de su ciudad natal. Era tal su apasionamiento que llegué a pensar que idealizaba en extremo su paraíso perdido como una suerte de añoranza de los felices años de su juventud en La Habana. Cuando más tarde, en la primavera de 2003, viajé a Cuba con mi esposa para conocer la tierra de su madre, ya fallecida, llegué a la conclusión de que no había exageración alguna en sus palabras y aún se había quedado corta. La Habana es una ciudad fascinante a pesar del estado decrépito en que se encuentra por culpa de una Revolución hecha en nombre de la libertad y de la democracia para acabar prostituida a manos de un tirano como Castro, que ha convertido a Cuba en su finca particular.

Tertulias literarias

A pesar de la distancia, la amistad de sus años jóvenes nunca se marchitó. De cuando en cuando, Blanca recibía noticias de los éxitos literarios de su amigo y conservaba como un tesoro alguno de los poemas que él le había regalado antes de embarcar hacia España. Por aquel tiempo, Gaztelu se había convertido en asiduo de las tertulias literarias de la Isla, donde trabó amistad con numerosos intelectuales y literatos cubanos, como Lezama Lima, que más tarde acabarían en las filas del castrismo o en el exilio. Otro de sus grandes amigos sería Eusebio Leal, discípulo suyo en el seminario y que más tarde se convertiría en el historiador oficial y restaurador de La Habana.

Tras la victoria de la Revolución, el Padre Ángel fue uno de los pocos sacerdotes cubanos -si no el único- que logró permanecer en Cuba con el consentimiento de Fidel Castro, bien por la protección de sus amistades revolucionarias, bien por estar bajo el amparo de la embajada de España de la que fue su capellán, eso sí privado de todo contacto con sus antiguos feligreses.

Gaztelu resistió así hasta los años ochenta en que ya no pudo soportar más a la dictadura castrista y se trasladó a Miami donde ejerció su ministerio pastoral en la parroquia de Saint James. Muy de cuando en cuando, Gaztelu regresaba a su Navarra natal, por cuyo futuro político sintió gran preocupación en los años de la Transición. Se tranquilizó más tarde cuando comprobó que la mayoría del pueblo navarro hacía frente con éxito al acoso del nacionalismo vasco.

Durante su estancia en Navarra, siempre encontraba un hueco para ir a visitar a su antigua amiga Blanca que le invitaba a comer. En uno de esos almuerzos tuve el honor de conocerle. Mantuvimos una larga conversación que giró, como no podía ser de otra manera, sobre el régimen comunista de Castro. El Padre Ángel me explicó que extirpar de raíz el sentimiento religioso de Cuba fue una de las principales obsesiones de la dictadura castrista. Circunstancia ésta muy dolorosa para él y para otros muchos cubanos si se tiene en cuenta que Castro hizo su entrada triunfal por el Malecón de La Habana con el rosario en la mano.

Contra los Reyes Magos

Me causó gran impacto su relato sobre la forma diabólica que Fidel Castro utilizó para acabar con la tradición de los Reyes Magos. Poco después de la implantación del régimen comunista, al llegar la Navidad, el Partido ordenó a los maestros que todos los niños escribieran la carta de sus ilusiones infantiles a los Magos de Oriente. Así lo hicieron. Cuando los niños volvieron a la escuela el 6 de enero, desilusionados porque los Reyes hubieran pasado de largo, los maestros les explicaron que todo era un engaño, que no debían creer nada de lo que sus padres les inculcaran porque la Iglesia estaba al servicio de los explotadores del pueblo. Ahora bien, si escribían su carta al "padrecito Fidel" sus sueños se harían realidad. Los niños volvieron a expresar sus ilusiones. Días más tarde, en todas las escuelas se repartieron los juguetes regalados por el dictador.

Restauración

He aquí un episodio, desconocido en España, del proceso de aniquilación de la religión católica en Cuba. Cincuenta años después, cerrados los templos, suprimidos los centros de enseñanza y de formación religiosa, expulsados los sacerdotes y religiosos, el sentimiento católico del pueblo cubano estaba en trance de desaparecer cuando se produjo la visita del Juan Pablo II. El Papa no consiguió remover las estructuras totalitarias del régimen, pero desde su visita, en enero de 1998, el catolicismo cubano -y con él la lucha por el respeto a los derechos humanos- ha experimentado un esperanzador resurgimiento aprovechando la tolerancia del régimen.

Ya he dicho cómo Ángel Gaztelu mantuvo una gran amistad con Eusebio Leal que recibió del dictador plenos poderes para restaurar La Habana Vieja, donde ha realizado una excelente labor, eso sí, gracias a la ayuda de los países "capitalistas". Por esta razón, cuando Gaztelu se enteró de nuestro viaje a Cuba, en la primavera de 2003, nos exhortó a que fuéramos a visitar de su parte al nuevo dueño del Palacio de los Capitanes Generales. Así lo hicimos. En el transcurso de la conversación, Leal nos pidió que convenciéramos al "Padre" -así le llamaban sus íntimos- para que regresara a Cuba donde se le habilitaría una residencia digna, dotada de todo el servicio que necesitara para su atención. Nos recordó cómo durante su última estancia en la Isla le había comentado su proyecto de instalar a la entrada del Malecón una placa de bronce donde se grabaría un hermoso poema de Gaztelu dedicado a este simbólico lugar de La Habana. Pero el Padre Ángel siguió en su exilio voluntario. La noticia de su regreso hubiera sido, sin duda, un gran golpe propagandístico para un régimen que él repudiaba por haber aniquilado la libertad, perseguido a la Iglesia y destruido la prosperidad de la Isla condenando a la indigencia o al exilio a millones y millones de cubanos. Poco después, el 29 de octubre de 2003, moriría en Miami a la edad de 89 años.

A pesar de sus notables diferencias ideológicas, Eusebio Leal no olvidó a su amigo y escribió un artículo necrológico -Adiós al Padre Gaztelu- en la revista Opus Habana, del que extraigo sus párrafos finales:

"Ya está fundida por el maestro Antonio Grediaga una lápida preciosa que él tuvo tiempo de conocer, como un propósito mío que bendijo y aprobó: el de colocar a la entrada del malecón de La Habana su poema Acuarela, dedicado a ese paseo inmemorial.

"Ahora, cuando yo pase todos los días, cuando los habaneros recorramos ese kilómetro bello de La Habana, vamos a encontrar -como presidiéndole- uno de los poemas más hermosos que se han escrito sobre esta ciudad".

Esto se escribió en noviembre de 2003. Ardo en deseos de volver a La Habana, que espero pronto recupere la libertad, para comprobar si, en efecto, el poema de Ángel Gaztelu preside la entrada del Malecón.


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