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SOCIEDAD

Fugas para la historia

En el centro penitenciario de Pamplona ha habido 5 intentos de escapar a través de un túnel

Actualizada Domingo, 4 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • TEXTO RUBÉN ELIZARI FOTOGRAFÍA DN

Nadie se fugará de la actual cárcel de Pamplona a partir de 2009. El motivo, cerrará sus puertas y se trasladará al nuevo centro penitenciario de Santa Lucía. Por eso, todas las fugas que han protagonizado sus reclusos pasarán a formar parte de la historia de la ya antigua cárcel.

C UANDO Antonio Azcona, el capellán de la cárcel de Pamplona entre 1976 y 2005, recibió la semana pasada la Cruz de Carlos III El Noble, afirmó que "quienes conocen la cárcel de Pamplona dicen que es un colegio gratuito muy bien organizado. Por eso, nada extrañe que los presos no quieran marchar de esa cárcel". Sin embargo, desde que se construyó dicho centro penitenciario en 1901, muchos de los que allí han entrado han soñado con la libertad y han empleado ingenio y tiempo en escaparse. Algunos lo han conseguido.

Por ejemplo, en la prisión de Pamplona aún se acuerdan de el Cardelina. Natural de Pamplona y de 25 años de edad, protagonizó en 1973 una de las fugas con un final que no desencajaría en una de las comedias de los hermanos Marx. Gracias a su pequeña estatura y a su peso, en torno a los 51 kilos, según la prensa de la época, se quedó agazapado en el interior de una caja de cartón usada para transportar el material eléctrico que los reclusos arreglaban para la empresa Superser como forma de reducir su condena. La caja, de 130 centímetros de altura, por 70 de ancho, se encontraba justo encima de una carretilla preparada para ser cargada. El Cardelina esperó pacientemente hasta que le subieron como un aparato eléctrico más. Después de que el camión empezase a andar y tomara la suficiente delantera a los agentes, saltó del vehículo. "Tuvo suerte. Pasó la prueba de los cuchillos. El guarda atravesaba con una aguja afilada la caja para comprobar que no había nadie dentro", relata una persona del centro penitenciario.

Tras conseguir fugarse, llegó con 2.000 pesetas en su bolsillo hasta Tafalla haciendo autostop, donde pasó tres noches en una pensión. Lo siguiente que hizo el Cardelina fue buscar un trabajo. Y lo consiguió. Se lo dieron en el bar las Torres como camarero. Las crónicas cuentan que su primer cliente fue un policía municipal que le pidió su DNI. En ese momento terminó la corta fuga de este preso.

Un túnel en el patio

Tan sólo le faltaban cuatro metros para llegar . Pero el 27 de diciembre de 1979, durante una de las inspecciones rutinarias, uno de los funcionarios descubrió por casualidad el comienzo de un túnel de una profundidad de un metro y de una anchura de cincuenta centímetros. La fuga quedó abortada.

Desde una celda, varios reclusos consiguieron serrar sus barrotes y llegar hasta el patio interior, el lugar donde empezaron a excavar y donde se guardaba el gas para los fogones de la cocina. Para evitar ser descubiertos, ocultaban el agujero con un entarimado y éste, a su vez con musgo.

Este túnel con evocaciones a la película La gran evasión fue realizado durante las horas muertas del paso de abogados, visitas de familiares y vis a vis de los internos. El Diario de Navarra con fecha del 4 de enero de 1980 decía que el déficit de funcionarios fue lo que permitió a los reclusos trabajar en el túnel durante varias semanas sin ser descubiertos. Entonces, había tres funcionarios: uno vigilaba en la puerta, otro, estaba dedicado a la vigilancia exterior y un tercero, a la vigilancia interior. Lo que no dice la prensa de la época es cómo conseguían ocultar los presos la tierra que extraían del túnel. "Lo que más nos sorprendió a todos fue su gran organización y preparación", cuenta un trabajador del centro. De los cuatro túneles que los reclusos de la cárcel de Pamplona excavaron este es el que más cerca estuvo de su objetivo, llegar hasta las piscinas de Larraina.

"No podía vacilar"

Un recluso de 25 años de edad y natural de Pamplona, cumplía prisión por haber cometido varios robos. Él fue el protagonista de una espectacular fuga. Se descolgó por la ventana desde la habitación 306 del Hospital después de atar varias sábanas, descendió hasta la segunda planta e irrumpió en el cuarto donde permanecía ingresado un agente de la Guardia Civil herido en un atentado perpetrado hacía unos días por la banda terrorista ETA en Azpíroz. El recluso pidió disculpas y sin hacer más comentarios salió al pasillo ataviado con camisón blanco, bata, una chaqueta de pana y la novela El cartero siempre llama dos veces. Ya en el pasillo se encontró con la escolta que custodiaba al agente. Su repentina aparición levantó sus sospechas sin embargo, cuando intentaron identificarlo ya había huido.

El preso había conseguido que le trasladaran del centro penitenciario de Pamplona hasta el Hospital de Navarra después de tragarse dos cucharas. Después de que le intervinieran quirúrgicamente para extraérsela, engañó a enfermeras y policías que le custodiaban simulando una descomposición que le permitía ir continuamente al baño para llevar una a una las sábanas que utilizó para fugarse.

Lo más sorprendente de esta historia llega cuando a los pocos días de fugarse decidió regresar voluntariamente a la cárcel porque no podía moverse con libertad debido a las órdenes de búsqueda y a la intensa vigilancia policial a la que habían sometido a su entorno. El recluso declaró que volvió a su celda porque "ya no podía vacilar".

La fuga de "El Titi"

El Titi, de 24 años y natural de Barcelona, cumplía una condena de 17 años por la suma de varias penas por varios delitos. Consiguió serrar los barrotes de su celda, situada en la planta baja de la prisión, y aprovechándose de la oscuridad de la noche cruzó el patio, salvó el muro que rodea la prisión y se encaramó a los servicios y desde allí, escaló una verja. Y justo cuando se encontraba en lo alto, una persona que le esperaba en el exterior le arrojó un cable cerado de tres milímetros por el que El Titi se deslizó sin complicaciones. Uno de los extremos estaba ajustado a un árbol que escapaba a la visión de los miembros de la benemérita.

La ausencia de este preso se detectó a la mañana siguiente. Al pasar revista los funcionarios comprobaron que lo que había en la cama no era el recluso sino mantas y almohadas. Su fuga acabó un mes y siete días después en la provincia de Zamora.

Fugarse saltando el muro

El 11 de abril de 1992 un interno del centro penitenciario, de 26 años, natural de Berbinzana y alias El Pesqui, escapó de la cárcel gracias al tablón de 2,4 metros que había extraído de las duchas del centro. "Era un buen chico, algo travieso pero buen chico", le recuerda un trabajador del centro penitenciario. Este preso ejecutó su fuga a las 19.00 de la tarde. A plena luz del día, utilizó el tablón a modo de escalera. Con él logró superar los dos muros del interior de la prisión.

A otros dos reclusos, uno de 21 años y otro, de 24 no les hizo falta ninguna ayuda. Aún no había pasado ni un mes de la fuga de El Pesqui cuando escalaron el primer muro, después se dirigieron a una puerta clausurada del muro exterior y comenzaron a escalarla apoyándose en las aristas de su superficie. Uno de los guardias de la garita les vio, les dio el alto, cargó su fusil pero no llegó a dispararles. Poco después eran detenidos.

"Un taxi, por favor"

La agilidad de un recluso de 29 años de Asturias le permitió trepar por la canaleta de uno de los frontones y acceder al tejado desde donde saltó y se fugó. El preso, que había estudiado meticulosamente los movimientos de los funcionarios del centro penitenciario, aprovechó el cambio de turno para intentar la huida. Sin embargo, los agentes de la Policía Nacional le detuvieron en un bar a unos 100 metros de la prisión. Allí se encontraba esperando pacientemente pero el taxi que había pedido no llegó a tiempo.


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