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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Reflexiones desde el híper

No se sabe bien por qué, o sí, pero las luces colgadas de los techos tampoco terminan por resolver los problemas de aquí abajo. Sus rayos luminosos apenas nos llegan y, cuando lo hacen, han perdido la fuerza.

Actualizada Domingo, 4 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

E STOY sentado en un banco de madera, a cuyo frente se cuece en su salsa el paraíso de la opulencia comestible, y sólo un lesivo trámite, el de superar la cajera, controla el flujo de consumidores que los peajes del híper van vomitando hasta el enorme pasillo. A mi lado se encuentra lo que parece otro desertor, otro caradura como yo.

Ya vamos quedando pocos, cada vez somos menos los incorrectos y egoístas maridos que abandonamos a nuestras mujeres en las fauces seductoras de las merluzas congeladas y bajo la atenta mirada de las angulas sin ojos. Es verdad, dentro, la intendencia familiar estará esquilmando las baldas, echando lastre a un carro que se inclina hacia la izquierda como si fuera la última metáfora de un proletariado caducado. Es una tarde, tengo fiesta y en este momento me acuerdo de mis compañeros de trabajo porque, a estas horas, lo mío es estar con ellos. ¿Es que no puedo pensar en otra cosa? ¿Estoy gilipollas o qué? Quizá se me ha ido la olla, quizá no la tuve nunca, pero soy animal de costumbres o, cuando menos, animal y, por otra parte, ir de compras me hace añicos el sosiego interior. Y más desde que no fumo. Quienes hemos hecho renuncia de este vicio, que fue virtud y hombría, deberíamos estar dispensados -por cualquier Consejería de Salud Mental-, de acudir a los hipermercados. Si ya es inhumano hacer de acompañante en una tarde de compras, la tortura de hacerlo a pelo, sin tabaco, puede resultar letal: a unos les da por la bebida y otros rumian crónicas que corren el peligro de acabar impresas. Verbigracia, y no digo más.

Sigo sentado en el banco. Sin más aviso, en una de las cajas se produce un pequeño atasco, suena una alarma, se enciende un piloto, acude la seguridad competente. Y no, falsa alarma, nadie roba donde sobra de todo. No obstante, dicen que a los cuartos oscuros de los grandes almacenes siguen entrando randas atrapados en pequeños hurtos. No es el caso, la incidencia se debe a que un niño de unos nueve años ha tenido problemas para cruzar el Rubicón de las tarjetas de crédito. Bueno, más que el niño, el problema ha sido volumétrico, de la silla de ruedas que lo transporta. Algo se me encoge. La silla de ruedas, hay que verla, es el libro abierto de una historia triste, lleva impresa la rúbrica de ser una silla definitiva. Porque es una silla personalizada y cuando te personalizan algo, quiere decir que es para ti, para siempre. No se aprecia ningún detalle de provisionalidad, que aquí sería una bendición. Ese niño no ha tenido un accidente y por eso se ve impedido en su movilidad, no, ese niño lleva consigo algún daño más grave. En la rueda izquierda de la silla aparece encajado un plástico amarillo, y en su pi-erre-dos(en mis tiempos, el área del círculo) han pintado una cara sonriente, que sólo cuando la rueda se mueve cambia su gesto risueño por otro enfurruñado. Así, se van alternando en ese espacio circular los rictus de los trazos señalados en negro. Amarillo sobre negro, risa sobre lloro.

¿Y el niño? El niño, mientras sus padres pagan, mira los adornos del techo y mueve las manos hacia arriba, como queriendo coger las estrellas, luces rutilantes por mor de algún patrocinio nada celestial, lo mismo de unas empanadillas rellenas de alfalfa que de un jamón de pavo. Sólo cuando pasan a su lado otros niños sin silla de ruedas, sin plástico amarillo, sin una silueta negra, sólo entonces, compruebo, el niño se olvida del firmamento y regresa a la Tierra., para ver a otros niños correr, andar, moverse. Este niño me ha puesto la tarde patas arriba, siento la necesidad de escribir todo esto, de acordarme de su imagen. ¿Cómo podría olvidarme de él? ¿Cómo se hace eso? Observo a la gente, van deprisa, todos a lo suyo, indolentes, alguno echa el ojo a la silla, intuye o entiende el drama. Y huye. Y me pongo aún peor ¿Por qué somos así? ¿Por qué no hay ahora mismo, aquí, una manifestación contra el problema de este niño? Nos manifestamos por los que no han nacido, por los que han muerto y ¿arrojamos la indiferencia al dolor de quienes no pueden tener una vida normal?

Me nacen tres pesares. Uno es por esa indiferencia, de la que soy parte interesada. Otro, por la impotencia manifiesta. El tercero, porque tiene narices descubrir, como sin querer, cosas tan tremendas, tan obvias. Y aún más: estoy seguro, porque me conozco, que si este niño no tuviera ese problema, si anduviera normalmente y, al pasar a mi lado, me hubiera pisado, yo me habría enfadado. Seguro, le reprocharía su torpeza hasta clamar el regreso de Herodes. Sin embargo, ahora quisiera que este niño me pisara cuantas veces le diera la gana. antes de salir corriendo. Más me digo: ojalá pudieran pisarme todos los niños del mundo aparcados en sus sillas.

Me levanto y me voy. Por favor, que alguien me pise.


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