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TIERRAESTELLA

Reyes de color verde

Siete árboles ocupan un lugar destacado en el patrimonio natural de la merindad. Catalogados como monumentos naturales, se alzan de norte a sur

Actualizada Sábado, 3 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • M.P.A. . ESTELLA

¿QUÉ tienen en común la encina de Eraul, en la montaña de Estella, y la alameda de Lodosa, a orillas del Ebro? Ambos merecen un rango especial entre el arbolado de la merindad que comparten con el encino de las Tres Patasen Mendaza, las encinas de Cábrega, los quejigos de Learza, El Centinela de Zudaire y el tejo de Otxaportillo.

En total, siete ejemplares catalogados como monumentos naturales y agrupados en las páginas de una publicación editada por Teder, la agencia de desarrollo rural de la comarca, y Mancomunidad de Montejurra.

El catálogo de espacios naturales de Tierra Estella que las dos entidades han puesto recientemente en circulación dedica uno de sus capítulos a los árboles más singulares de la zona. Algunos de ellos, como ocurre con el de Mendaza, resultan de sobra conocidos en la comarca y, en los últimos tiempos, también fuera de ella tras obtener el pasado otoño el premio nacional al árbol más longevo otorgado por el Ministerio de Medio Ambiente y la asociación Bosques sin Fronteras.

Al detalle

Cada uno de los siete monumentos naturales supone para los habitantes de las localidades donde se enclavan algo más que una ficha técnica o una descripción sobre su estado. Como personas relacionadas con ellos relatan en estas líneas, los árboles presiden lugares donde jugaron de niños y protagonizan historias contadas por sus mayores. Hugo Alonso Marrodán, biólogo y fotógrafo de Lodosa, creció divisando desde su casa un álamo de quinientos años, su preferido entre la arboleda de El Ferial y El Medianil, áreas de esparcimiento junto al Ebro.

José María Lander Azcona, vecino de Eraul, recuerda como ya su abuelo le hablaba del rayo que dañó la encina de este concejo de Yerri y Jesús Antonio Urra Otermin, presidente del concejo de Zudaire, busca entre los habitantes de mayor edad datos sobre el quejigo al que popularmente denominan El Centinela. Al frente del concejo de Mendaza, Javier Senosiáin Paternáin alude a la repercusión que el premio ha tenido sobre una encina de 1.200 años visitada ahora tanto por familias en sus coches como por grupos organizados en autobuses.

Algunos de estos árboles encierran historias curiosas que el catálogo del patrimonio natural contribuye a divulgar. Ocurre así con El Centinela, un quejigo enclavado en una parte elevada de la población de Zudaire que debe su nombre al hecho de estar apostado en un cruce de caminos. Los mayores del pueblo, relata esta guía del arbolado monumental, hablan de la existencia en el tronco de una estrecha oquedad. Era, según se cuenta, "suficiente para que una persona permaneciera oculta y guarecida en su interior". La misma tradición oral amescoana atribuye a este hueco en El Centinela la función de garita desde la que controlar el acceso al pueblo durante las guerras carlistas. "También fue utilizada -añade el catálogo- por los vecinos de Zudaire para hacer guardia frente a los ladrones que se apropiaban del ganado y grano de los caseríos cercanos".

Sólos o en grupo

Una parte de los árboles acogidos a esta catalogación constituyen ejemplares en solitario mientras el resto se agrupa en conjuntos de varios ejemplares de entre los que se eleva uno de especial significado. A los primeros pertenecen el propio Centinela, la encina de Eraul, la de las Tres Patas de Mendaza y el tejo de Otxaportillo en Urbasa. Como parte destacada de varios ejemplares asoman a la misma relación los álamos de Lodosa o la alineación de más de treinta quejigos -algunos de ellos de porte imponente y quince metros de altura- junto al señorío de Learza, presidido por la pequeña iglesia románica de San Andrés.

La ruta por los reyes de los bosques de Tierra Estella conduce hacia otra agrupación de ejemplares de interés especial y familiar también para los habitantes de la comarca, las encinas del señorío de Cábrega. Y, entre ellas, domina el conjunto un ejemplar cuya copa de grandes dimensiones se convierte en un refugio atractivo para el ganado. Parece, explica el catálogo, que sus dimensiones se deben a la poda anual a la que se sometía el ejemplar en otro tiempo para obtener una mayor producción de bellota.


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