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POSTALES DESDE EL SANTUARIO

Los demonios de la civilización

Actualizada Jueves, 1 de mayo de 2008 - 04:00 h.
  • IÑAKI OCHOA DE OLZA

E speramos y miramos al cielo. En cuanto el pronóstico del tiempo sea favorable, saldremos en busca de la cima del Annapurna, lugar mágico donde de nuevo nuestros sueños serán destruidos sin compasión. Nuestros cuerpos, por su parte, se han declarado preparados para lo que se les viene encima sin remedio, aclimatados a la altura inhumana de este gigante de nuestros deseos más.

públicos El proceso de aclimatación a la altitud, que acabamos ahora de finalizar, es siempre una fase ingrata, dura e inevitablemente más larga de lo deseado. Pero me imagino que una vez más nos lo hemos ganado a pulso, tras un mes de estancia en el campo base e innumerables viajes arriba y abajo, cargados como mulos. Les recuerdo, no usamos porteadores de altura, nadie ha de jugarse el bigote por nuestra gloria o a cambio de nuestro vil metal. Sin duda esta es una de las expediciones en las que más he trabajado desde un punto de vista físico, pero ésta es la forja donde se templa el acero que luego nos ha de permitir cabalgar esas aristas colgadas del cielo. El hierro gime y se queja, dice el poeta, pero después se convierte en martillo y en espada. Nos encontramos con buena salud, contentos y motivados, y con el mismo equilibrio espiritual de un gurú, si es que ello es posible, rodeados de uno de los escenarios más hermosos que sea posible encontrar en este planeta.

El pasado día 21 de abril Horia y yo escalamos hasta los 6.500 metros por la ruta polaca de la cara sur (Kukuczcka-Hajzer, 1988). Subimos sin aparente esfuerzo, la pared se halla en condiciones aceptables. Al día siguiente, las piernas cansadas, nos dirigimos a la vía que se encuentra justo a la derecha de la anterior, abierta en solitario el año pasado por nuestro amigo el enérgico esloveno Tomaz Humar. Su ruta es fantástica, lógica y más segura de lo que parece. Entramos por una variante que puede ser nueva (800m.) y, sin llegar a sacar la cuerda de la mochila, ascendemos dos terceras partes de la pared, y nos dimos la vuelta casi a 7.000 metros porque tenemos el trabajo hecho. Destrepamos cada paso con cuidado hasta alcanzar de nuevo el glaciar. Hemos encontrado el cómo y el por donde, así que parte de los misterios del Annapurna han sido ya resueltos. Sólo falta lo mejor, la nata del pastel.

Creo que una de las numerosas razones por las que practicamos la escalada en el Himalaya es simplemente para purgar de nuestros cuerpos los demonios de la civilización occidental. Me refiero, como algunos de ustedes intuyen, a la soledad no elegida, el hastío, la depresión, el consumismo, el clima político que nos rodea, la violencia, las diversas adicciones posibles y probables, además de los malignos centros comerciales.

Todos estos demonios se han quedado directamente en casa, incapaces como son de desplazarse en el espacio hasta aquí. Mientras tanto, sus compañeros el colesterol, el sedentarismo, el aburrimiento y el sobrepeso, que quizás han viajado hasta aquí, están a punto de perecer con saña, sumidos los pobres en los inevitables encantos de la cara sur de esta montaña sin par. Pronto va a empezar un baile salvaje, que dejará nuestros cuerpos limpios y desnudos, privados de todo resto de fuerza, pero cargados hasta los topes de esa energía espiritual rica como pocas, que da cuerda a nuestras vidas sin cicatería alguna. Lo que ustedes pueden hacer por nosotros es enviar fuerza y buenos deseos, rezar si saben o quieren, y quizás dejar de lado por un rato el periódico o el ordenador y salir a dar una vuelta, correr o andar en bicicleta. más que nada, por sacudirse de encima por un rato a esos demonios de los que hablaba, tan poco amigables pero también tan débiles de carácter, los muy cobardes.


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