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CRÓNICAS DE ASFALTO FRANCISCO JAVIER ZUDAIRE

Inspiración

Un día, sin más, te quedas en blanco. Pero es falso, te engaña el cerebro, lo importante es sobreponerse y exprimirle el jugo a la nada. No hay nada tan inmenso y tan rico como la nada. De ahí sale todo.

Actualizada Domingo, 27 de abril de 2008 - 04:00 h.
  • OPINION@DIARIODENAVARRA.ES

N O sé a ustedes, pero a mí las cosas me inspiran cosas, y no importa de qué cosas se trate porque siempre, siempre, ellas me traen otras. Pueden ser pensamientos o algo más elaborado, como ideas, objetivos, proyectos... Digamos que voy por la calle y veo un guardia, pues bien, alguno dirá: ¿qué le va a inspirar un guardia? O resulta que pasa la grúa llevándose un coche.

Todavía más, el coche es el mío: ¿me va a inspirar algo todo eso? Claro que sí, asunto muy diferente es que el fruto inspirado por un guardia y una grúa sea publicable. Yo diría que no. La clave está en no dar nada por inútil, en no despreciar la fuente de inspiración, teniendo claro que todo, absolutamente todo, es fuente de inspiración. Y a partir de ahí, fijarse. Fijarse y algo más. Un ejemplo: alguien va a la ciudad y un amigo le encarga que le compre un loro, le da dinero para ello. Pero su amigo se lo gasta y, cuando se acuerda del encargo, advierte que no le alcanza el dinero, así que adquiere lo que considera más parecido y mucho más barato: un mochuelo. Al tiempo se encuentran ambos, y la mala conciencia le hace preguntar a su amigo por el ave: ¿Qué tal el loro?, ¿ya habla? Y el otro responde: Hombre, hablar, hablar, no habla, pero pone interés, se fija mucho. ¿Lo ven? No basta con fijarse. Llegados a este punto -y soy sincero-, desconozco adónde nos lleva todo esto, pero no puede quedarse parado a medio artículo un tipo que presume de estar siempre inspirado.

Sigamos, pues. ¿Hay una edad para la inspiración? Supongamos que tienes 17 años, vamos no es tan difícil, recuerda un poco, es un tiempo de comerse el mundo, estás enamorado, ella/él es el universo y tú un planeta inspirado y atrapado en su galaxia. Todavía no sabes que un día verás la vida como una porquería, que esta chica/chico te romperá en pedazos, se quede contigo o se vaya, lo ignoras casi todo. Pero estás inspirado. Has escrito a escondidas unos versos infames a tu amor, de ésos de rimar corazón e ilusión, y ni siquiera tienes la precaución de romperlos para que un día no te restriegue el alma tu nefasto sentido poético. Tan henchido de amor, miras a la gente de otra manera, todo te parece una maravilla, el sol y el día nublado, la lluvia y el viento. Y tu ciudad, de puro gris, es ámbar marino, un brillante bajo nubes. ¿A que fue bonito? Inspiración.

Ya, ya sé, la vida te llevó por aquí y por allá, te dieron hasta hartar, te lo pusieron crudo, y otras veces algo salió bien. Hoy te miras y, bueno, un poco de todo hay. Vale, esa mirada a tu alrededor, también es inspiración. De lo contrario te habrías puesto la noche por montera y habrías tirado a la alcantarilla el interruptor de la luz. Y no, estás vivo, estás inspirado, observas el camino dejado atrás, ya has aprendido que la vida no es una porquería, sino que la vida es todo lo que hacemos de ella. Lo que pasa es que no se puede tener siempre 17 años, ése es el problema. También la solución. ¿Te imaginas siempre con 17 años? Sólo los poetas se pasan la vida haciendo poesía, los demás estamos para no leerla.

Inspiración. En la esquina de la calle se levanta una casa en obras. Junto a la verja de alambre, un letrero de la firma constructora anuncia pisos de alto standing, paraísos de 200 metros cuadrados. Es noche cerrada y en un viejo bidón de hojalata cuatro mendigos queman madera y se tragan la noche a sorbos de vino encartonado. Uno de ellos explica que fue rico en esta vida, los demás asienten, se saben la historia de memoria. Porque también es la suya, mejor dicho, ya la han hecho suya después de tanto invierno al amparo de fuegos improvisados. Hoy, el hombre que fue rico está inspirado y les va a contar cómo veraneaba su familia, y él con ellos, en la Costa Azul. Todavía ve a su padre con el pantalón blanco, impecable, su chaqueta azul., y ella, su madre, juvenil con aquel vestido vaporoso que la hacía parecer una chiquilla. Portaos bien, nos decían, cuenta el mendigo, y no hagáis enfadar a Colette, la asistenta, cuando se iban a cenar a La mer d"argent, en pleno paseo de Niza. Una vez los llevaron a ellos, a su hermana y a él, y probaron las ostras de Arcachon y el paté de foie. Lo que mejor recuerda son los viajes, al comenzar el veraneo. Iban en un Austin Sheerlinenegro, reluciente, su hermana y él, en dos butaquitas plegables, de cara a sus padres, ambos en el enorme asiento trasero. Conducía un chauffeur. Luego, en el Citroën pato, viajaban Colette, Felisa, la cocinera y, al volante, Armando, el mecánico. También las maletas eran viajeras del segundo coche. Maletas de piel. Los tres mendigos escuchan la historia, se imaginan los rayos del soleilsaliendo del bidón ardiente, cabecean de arriba abajo y bendicen la inspiración del colega. En el reloj de una iglesia caen, serias como el plomo, las cuatro de la madrugada.

Es un reloj inspirado, dentro de una hora dará las cinco.


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