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ETCÉTERA TOMÁS YERRO

ROSAS

Actualizada Lunes, 21 de abril de 2008 - 04:00 h.

Q UÉ elocuente imagen la de Carme Chacón, embarazada, pasando revista a una compañía de honores y dirigiéndose con autoridad a su responsable: "Capitán, mande firmes". El nuevo gobierno rosa de Rodríguez Zapatero -"demasiado rosa", según el incombustible Silvio Berlusconi- ha encontrado en la ministra de Defensa el logo perfecto.

Pero ojo al parche, que no todo el monte es orégano. La mayoría de los medios de comunicación, partidarios de la equiparación entre hombres y mujeres, faltaría más, lleva días y días hablando de mujeres sólo por su cara bonita, por cierto muy cercanas a políticos de renombre.

A estas alturas, quién se acuerda del discurso del presidente Sarkozy en el Parlamento británico a primeros de abril. En el imaginario colectivo sólo ha quedado grabada la imagen de su esposa, Carla Bruni, ataviada de Dior, abrigo largo, gris formal, apenas visible el cuello, guantes negros, gorro azafata y zapatos planos, con ecos de Jackie Kennedy. Aún está viva la cara del embobado primer ministro, Gordon Brown, flirteando con la ex modelo y primera dama de Francia a las puertas del número 10 de Downing Street.

Cambiando de tercio, a gran parte de la opinión pública le preocupa poco, por no decir casi nada, el escudo antimisiles proyectado por George W. Bush para instalar en Europa, que tanto ha molestado al Vladimir Putin, consciente de los riesgos de una peligrosa carrera de armamentos. Que Putin se perpetúe en el poder, ahora como primer ministro en vez de presidente, no quita el sueño a nadie.

Lo que de verdad intriga a medio mundo es si el mandatario ruso se casará o no con Alina Kabáyeva, la guapa gimnasta olímpica con más medallas del mundo, a la que le saca 30 años de ventaja. Que esta mujer haya sido elegida diputada de la Duma Estatal y vicepresidenta del comité parlamentario para Asuntos de la Juventud parece importar a muy pocos.

En los últimos días, el generoso escote lucido por Angela Merkel en la gala de inauguración de la Ópera de Oslo ha inspirado más artículos que todas las medidas políticas adoptadas por la canciller alemana desde 2005. Como si la inteligencia y el trabajo estuvieran reñidos con la coquetería.

Cambiar estereotipos ancestrales -mujer objeto o florero--supone una tarea de titanes. Sin embargo, resulta socialmente muy justo y pedagógico que el color rosa se haya instalado en las máximas alturas del poder político español. Para que además sea útil, se precisa una condición: no confundir el rosa espléndido de la mujer con la salsa rosa del cotilleo.


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