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A PUNTA SECA FERNANDO PÉREZ OLLO

Karajan, arte, mito y empresa

Para algunos, el problema de Karajan en el disco es que el sonido resulta un fin en sí mismo

Actualizada Lunes, 21 de abril de 2008 - 04:00 h.

H ERBERT von Karajan es para el gran público el mayor director de música conocido, el director por antonomasia, único por su imagen fuera de las salas de concierto, germánica, elegante y deportiva. El mito sigue vivo gracias al abundante legado de grabaciones, reflejo de la personalidad de quien llegó a constituirse por sí solo en una multinacional de la música, gran señor de la casa discográfica, Deutsche Grammophon Gesellschaft. Dejó 900 grabaciones y vendió 120 millones de discos.

"El "estilo Karajan" se definía -escribió Helena Matheopoulos- por los suéteres de cuello vuelto anudados sobre los hombros, los calcetines de colores y la esfera del reloj hacia dentro". Ése era el Karajan mundano, el de las revistas en las que aparecía como saludable e hiperactivo, esquiador o piloto de su fuera borda, su avión privado o cualquier prototipo motorizado aún sin lanzar al mercado, casi siempre al lado de Eliette, ex modelo, su tercera esposa, con la que convivió cuarenta años y cuyas memorias resultan demasiado edulcoradas. Muy diferente es la biografía que firmó Pierre-Jean Rémy. El hombre de Eliette, dulce, firme y tierno, Rémy lo pinta implacable, autócrata inflexible en el control de cuanto le rodeaba.

Todo eso está muy bien, pero ante todo y sobre todo fue un músico, icono inconfundible: conducía la orquesta siempre de memoria, con los ojos cerrados y unas manos incansables, enérgicas y expresivas. Claro que ése era el Karajan hacia afuera, el carismático, no el meticuloso de los ensayos extenuantes con sus músicos y los técnicos de sonido. "Las orquestas hay que dejarlas a su aire. Ellas te llevan, en lugar de llevarlas tú a ellas (.) El verdadero arte de la dirección es darse cuenta de que una música llega sin que la llames". La realidad de su trabajo invalida tales afirmaciones. Con todas las orquestas obtenía un sonido propio y reconocible, al margen de la calidad interpretativa y técnica. Un sonido homogéneo y pulido, de legato indefectible, meloso podría decirse, muy sensible a los detalles coloristas. Para algunos, el problema musical del Karajan discográfico, el único posible desde su muerte en 1989, es que el sonido parece un fin en sí mismo.

De Salzburgo a Berlín

Herbert von Karajan nació el 5 de abril de 1908 en Salzburgo, Austria. Era, pues, paisano de Wolfgang Amadeus Mozart. En 1912 comenzó a estudiar piano. Luego Bernhard Paumgartner le encaminó hacia Viena, donde fue alumno de Franz Schalk y Alexander Wunderer. Se presentó en 1927 con el "Fidelio" de Beethoven en Salzburgo, cuyo Mozarteum acogió su primer concierto dos años después. Trabajó como director en la Ópera de Ulm (1929-1934), de donde pasó a la de Aquisgrán (1934-1942). Antes de alcanzar la treintena el salzburgués despuntó como una de las batutas más interesante de su generación y fue el más joven director general de música en Alemania. Debutó en la Ópera de Viena en 1937, al año siguiente en Berlín y dos más tarde en la Scala milanesa. Durante la ocupación alemana de Francia, dirigió con frecuencia en la Ópera de París.

Hitler le detestaba, pero el "pequeño austríaco", como le llamaba el dictador, se hacía notar. En sus póstumos "Diarios de Berlín 1940-1945" -en castellano, Acantilado, 2004- Marie "Missie" Vassilitchikov, hija de príncipes rusos, políglota empleada durante la Segunda Guerra Mundial en el Ministerio de Asuntos Exteriores del III Reich, anota el 7 de diciembre de 1940: "Luego he ido a la ópera para escuchar a Karajan. Está muy de moda, y muchos creen que es mejor que Furtwängler, lo cual es absurdo. Sin duda, no le falta técnica ni pasión, pero tampoco presunción". El 8 de agosto de 1944, en pleno bombardeo de la capital alemana, cuenta que bajó al búnker. "Por lo visto, todos los huéspedes del hotel se habían vestido con prisa. Karajan, que suele ir de punta en blanco, iba descalzo con una gabardina y llevaba el pelo de punta".

Acabada la guerra, a Karajan, afiliado desde 1935 al partido nacional-socialista en Austria y en Alemania, se le prohibió dirigir en público durante dos años. En EE UU nunca pudo hacerlo.

Para ese período conviene tener presentes las memorias de la gran soprano Elisabeth Schwarzkopf, "On and off the record. A memoir of Walter Legge" (Charles Scribner"s sons, Nueva York, 1981), que ostentan una breve introducción de Karajan, acaso el personaje musical más atendido en el libro. No sin razón. Walter Legge, marido de la soprano, ingeniero de sonido de EMI-Angel, resucitó al director prohibido, le llevó a Londres, le consiguió la Philharmonia Orchestra, y le hizo trabajar en estudio grabaciones memorables. Para muchos, ese Karajan es el más interesante. Schwarzkopf no oculta el comportamiento posterior del director, ya encumbrado, con Legge.

Llamado en 1951 a Bayreuth, acaso la fecha decisiva en la carrera del salzburgués es 1955, cuando sucede a Furtwängler en la Filarmónica berlinesa. Para el gran público y no pocos aficionados decir Karajan es decir Filarmónica de Berlín y viceversa. Desempeñó otros puestos de gran relevancia: Ópera de Viena (1956-64), Festivales de Salzburgo veraniego (1956-60) y de Pascua, que él fundó en 1967, Orquesta de París (1969-71), pero la formación a la que se unió hasta fundir un binomio cargado de éxitos, no sólo artísticos, fue la de la capital alemana, entonces dividida. La Filarmónica berlinesa de Karajan quizá perdió esplendor tímbrico, pero ganó en ajuste y multiplicó los ingresos.

Ópera, autores y novedades

En Karajan hay que destacar algunas facetas, esenciales a mi juicio, poco interesantes para buena parte de los que han consumido sus "hits" millonarios. Fue ante todo fue un magnífico director de ópera, que destacaba el papel de la orquesta sin rebajar el de los cantantes. Obtuvo matices y planos diferentes en Verdi, Puccini,Mascagni, Wagner -menos monumental y heroico-, pero también en el bel canto: su Lucia di Lammermoor con Callas-Di Stefano-Panerai-Zaccharia en la Scala lo demuestra. No siempre prefirió a los mejores solistas instrumentales, pero sí a cantantes de primo cartellone.

Otra línea sobresaliente es su sintonía con Richard Strauss, operística y sinfónica. Cabe decir que es el compositor que mejor entendió e interpretó, pero sin oscurecer un trabajo extraordinario, no superado, de referencia inexcusable, el dedicado a los tres grandes de la Escuela de Viena, para algunos el mejor Karajan, pese a la fecha, 1973.

Apasionado compulsivo de los artefactos audiovisuales, apadrinó todas las novedades: el microsurco, el estéreo, el vídeo, el compacto, a las que dedicó ciclos enteros de obras. Grabó cinco veces las nueve sinfonías de Beethoven, siete veces la Quinta, ocho la Sexta de Chaikovski y defendió a Sibelius. Sus manías le llevaron, por ejemplo, al grabar las "Variaciones para orquesta", op. 31, de Schönberg a cambiar la colocación de los micrófonos en cada variación, para mejorar el sonido. Aun si aceptásemos, contra Glenn Gould, que la grabación es una fotografía sonora, existen muchos tipos de fotografía, como expone Timothy Day en "A Century of Recorded Music" (2002).

Secretarias judías

Una descalcificación le bloqueó parcialmente la médula, le paralizó una pierna y frenó su actividad. En 1983 pasó por el quirófano y recuperó la movilidad. Seis años después falleció en Anif, junto a su ciudad natal.

En los años finales le cometaron la dificultad de encontrar en Salzburgo secretarias políglotas.

- Las hay -zanjó-, hay muchas y buenas, pero son judías.


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