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MARISA LÓPEZ ARMAÑANZAS HIJA DE UNA MUJER DESAPARECIDA HACE 17 AÑOS EN AZAGRA

Marisa López Armañanzas: "Quisiera que me dijeran dónde está el cuerpo de mi madre"

Blanca Esther Armañanzas desapareció el 5 de abril de 1991. Su única hija dice que el documento de defunción sólo será un papel mientras ella no tenga su cuerpo

Actualizada Domingo, 20 de abril de 2008 - 04:00 h.
  • LAURA PUY MUGUIRO . PAMPLONA .

La amiga que Blanca Esther tenía en San Adrián pensó que a lo mejor le había surgido algo y por eso no había ido a su casa para celebrar el cumpleaños. Pero la mujer no sólo no había tenido ningún imprevisto sino que ese mediodía había salido de casa, en Azagra, para coger el autobús hasta San Adrián y visitarla.

Era un 5 de abril y ya no se volvería a saber nada más de ella. "Todavía hoy, cuando suena el teléfono en casa, pienso si alguien me dirá que ha aparecido el cuerpo de mi madre", dice Marisa López Armañanzas, hija de Blanca Esther Armañanzas Martínez, a la que conocían por Blanqui. El pasado 5 de abril se cumplieron 17 años de la desaparición. Hoy, Blanca Esther tendría 79.

"Ya no me planteo que esté viva". Marisa, de 56 años, vive en Pamplona. Casada y con tres hijos, es la única hija de Blanca Esther y recuerda los días posteriores a la desaparición, "con los vecinos de Azagra volcados en buscarla". También, cómo pasaron las semanas sin ninguna noticia, cómo a los tres meses dos agentes de la Guardia Civil de la Policía Judicial de Pamplona reiniciaron una investigación que duraría hasta el año siguiente, cómo se cumplió el primer aniversario de la desaparición, cómo han ido llegando los demás y cómo a día de hoy pasa "momentos muy malos".

Y la esperanza de los primeros días por encontrarla bien es ahora una esperanza por que le devuelvan su cuerpo. Entonces, a lo mejor descanse. "Mi padre falleció antes de que desapareciera mi madre y sé dónde tengo que ir para verle, al cementerio. Pero de mi madre no sé nada. Y para mí eso es lo más importante". Más incluso que saber por qué la mataron, la probabilidad con mayor peso. "Al principio se miró si pudiera haberse ido de forma voluntaria, pero no se encontró nada que lo indicase. No se llevó dinero ni nunca sacó nada de la cuenta del banco". Además, en esa segunda investigación, la Guardia Civil encontró un zapato y una parte del cinturón.

Pero la familia nada ha sabido de la furgoneta blanca en la que le vieron montarse el día que desapareció, cuando esperaba el autobús para ir a San Adrián. "El día anterior, la misma furgoneta o parecida paró en San Adrián y la llevó a Azagra", explica su hija. Dice que eso era algo habitual. "Si alguien veía a un conocido esperando en la parada del autobús, le llevaban adonde iba". Y aquella no era la primera vez que algún vecino recogía a Blanca Esther y la trasladaba a su destino.

"Me costó un año hacerme a la idea de que la podían haber matado". Marisa cree que la tormenta que descargó la noche de la desaparición influyó para que se destruyera algún rastro que llevara a su paradero. "Pasados diez años de la desaparición de una persona, la ley la da por muerta. Y sin embargo, mientras no tenga el cuerpo, por mucho papel de defunción que me den, esto no habrá acabado. Ese papel no cambiará nada, sólo será un papel".

Marisa dice que quien acabó con la vida de su madre le ha quitado la posibilidad de estar con ella 17 años más. "Esa posibilidad me la interrumpieron de forma brusca". Y le pesa y le duele porque madre e hija no tuvieron apenas relación hasta que Marisa cumplió los 25 años. "Mis padres se separaron cuando yo era muy pequeña, me fui a vivir con mi padre y, al tiempo, mi madre y su pareja se marcharon a Bélgica, donde residieron muchos años hasta regresar a Azagra". Por eso, los catorce que pasaron hasta el 5 de abril de 1991 fueron escasos para recuperar el tiempo perdido. Aun y todo tiene el recuerdo de "momentos de mucho cariño".

Ya no espera nada más que la llamada o el aviso anónimo que indique dónde está el cuerpo de su madre. "Ojalá se le ablandara el corazón a quien lo hizo y dijera "aquí esta". Ahora no quiero nada más, ni siquiera saber quién fue y qué le llevó a hacerlo. Tal vez esté pagando de por vida". Durante años, Marisa siguió trasladándose a Azagra para visitar a la pareja de su madre. Pero desde que éste abandonó el pueblo, ella tampoco ha vuelto. Y no sabe si algún día tendrá que regresar.


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