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MARÍA FORCADA GONZÁLEZ, DECORADORA, GALARDONADA CON LA CRUZ DE CARLOS III EL NOBLE

"Cada día hay que aprender algo y el que piense que lo sabe todo es que no es humilde"

"Odio los reportajes de las revistas cuando sacan la casa de fulano. ¿Por qué todo el mundo tiene que ver dónde vive un señor?"

Actualizada Domingo, 20 de abril de 2008 - 02:28 h.
  • TEXTO GABRIEL ASENJOFOTOS BLANCA ALDANONDO

Cruza la Av. de Zaragoza de Tudela para desayunar y le saludan media docena de conocidos y amigos. "Es una de las ventajas de no vivir en una ciudad grande", afirma. Precisamente por extender desde Tudela su prestigio de decoradora y empresaria hacia España acaba de ser galardonada con la Cruz de Carlos III el Noble.

Ha seguido al pie de la letra el consejo de su padre: sé tan valiente como prudente. Decoradora aliada con la filantropía, la tudelana María Forcada González recibe esta semana la Cruz de Carlos III el Noble desplazando méritos hacia la gente que le rodea. Ha conseguido hacer de su pasión infantil una forma de ocio y negocio que se extiende a dos tiendas de decoración y muebles en Tudela, una sala de arte y una cartera de clientes en España impensable cuando un diez de abril de hace 47 años, montó su primer escaparate en Tudela.

Si la belleza es un acuerdo entre el contenido y las formas, su talento le ha doctorado en la escuela de una mirada observadora del espacio vacío y de las conductas vitales de quienes lo van a ocupar. Relativiza elogios cuando el Decreto Foral que le concede la condecoración señala que ha abierto camino a la integración de la mujer en el mundo laboral y a su acceso a puestos de máxima responsabilidad. El Decreto valora "la muestra de desprendimiento hacia la comunidad con la donación al Ayuntamiento de Tudela de la Casa Palacio del Almirante", pero omite -afirman sus amigos- su simpatía y sencillez. Decoradora vocacional desde niña, viajera por necesidad, dinámica, con ánimo para improvisar en cualquier momento una escapada a Milán y combinar una exposición con una noche de ópera en la Scala, lo mismo duerme en el Palace que en un hotel de carretera. Ha trabajado tanto a pie de obra que en un accidente laboral se fracturó una vértebra.

Con dos litografías firmadas por Picasso apoyadas en un rincón del suelo de su despacho, con el recuerdo de los retratos de algunos de sus colaboradores fallecidos, de su equipo de trabajo dice que es una familia. Cuando afirman los que le conocen que es una mujer de interiores, más que a su condición de decoradora se refieren a un interior humano con fondo y arte para hacerse querer y sumar amigos. Pese a que los años en primera linea del mercado enriquecen su prestigio profesional, se lamenta de que en España, al contrario que en otras culturas, no se valore tanto la experiencia, pero admite cierta osadía cuando, en una sociedad y un tiempo en el que llevar pantalones era casi un delito en la mujer, decidió abrir un negocio en Tudela que le obligaba a dar órdenes a los hombres. Ha llegado a tener sobre su mesa y en su cabeza la ejecución de más de cien obras..

¿Cómo la definen?

Yo me definiría como una mujer sencilla y trabajadora que tuvo el impulso de tener mi libertad y conseguir una situación resuelta sin depender de nadie. Y tuve el arranque de hacerlo con bastante riesgo en aquellos años en los que había un rechazo hacia las mujeres trabajadoras.

Se refieren a usted como persona audaz y valiente

Es que empecé a trabajar entre hombres, entre gremios de albañiles, de carpinteros, barnizadores...Precisamente el 10 de abril hizo 47 años. Y me decía: tengo que demostrar que aquí estoy y que valgo, porque cuando uno sabe mandar el que obedece se da cuenta y lo aprecia, pero no es fácil. Además, también la sociedad de entonces, la de la clase media española, veía como un pecado, como un desdoro, trabajar. Lo veía en mis amigas, en mi familia y en las personas que luego me pidieron trabajo. Al verse que la tienda era distinta y que se veían piezas de arte de calidad, algunos no me daban más de tres meses de vida. Por eso ponía más empeño en salir adelante.

¿Cómo fueron los inicios?

Empecé sola y luego tenía unas 17 personas y varios talleres auxiliares. Trabajar en lo que te gusta es una bendición de Dios, porque trabajar a contrapelo es una tortura. En este trabajo lo primero es saber qué es lo que quieres tú y dónde quieres moverte. Yo, desde el principio, quería impulsar a la gente a vivir mejor. Y mi satisfacción siempre ha estado en que me han dicho: tiene usted unas tiendas singulares. Creo que sí, pero para ello me pateo mucho el mundo. Tengo los ojos siempre bien abiertos para observar lo que viene. Hay que vivir lo que va a venir ahora.

¿Dónde intuye las tendencias, las vanguardias que se aproximan en el arte y en la decoración?

Es algo que lo tienes dentro. Creo que es algo con lo que se nace. Cada uno tiene unas inclinaciones. Por otra parte, cuando no estoy de viaje, a la noche leo mucho y leo sobre mi profesión. Y cuando salgo veo mucho. Vas a una exposición a Basilea o vas a Arco y observas las tendencias. El otro día me comentaban que la pintura clásica y el mueble clásico está empezando a volver.

¿Por qué optó por la decoración y no la pintura o la arquitectura?

He hecho cursos en Barcelona, en Alemania, en Andorra, pero creo que naces con esa vocación. Recuerdo que, de niña, se iba mi madre y yo cambiaba los muebles. Creo que el gusto lo heredé de mi madre. Luego las amigas y conocidos me pedían que les arreglara la casa. Fue una vocación que se iba desarrollando y los impulsos internos no se pueden detener.

Dos tiendas de muebles y decoración y una galería de arte. ¿Tiene más de artista o de empresaria?

Me preguntan cómo siendo los artistas desorganizados yo soy una empresaria organizada. Supongo que lo de sentido artístico lo tenía dentro y lo he sacado fuera; y lo de empresaria lo he aprendido de mi padre y sus enseñanzas las he aplicado.

Abrir un espacio de decoración hace 47 años en Tudela era una apuesta de riesgo. ¿Por qué no en Madrid o Barcelona?

Me han propuesto muchas veces ir a Madrid y a Barcelona, pero aquí tengo mis raíces y siempre he querido estar aquí. Aunque tuve un negocio en Madrid. Era una sala de subastas en cooperación con otras personas. Iba mucho a comprar antigüedades por la campiña de Londres. Hubo una época muy buena entre los años setenta y los ochenta para las subastas.

¿Qué momentos claves almacena en el recuerdo?

Tantos.Pero el verdadero momento clave fue cuando ya me decidí salir de casa. Miro atrás y aún me pregunto cómo tuve valor. En aquella época de los 50 y 60 no sabías si te ibas a casar con un novio o si te ibas a ir monja. Lo que tenía claro era quería era sacar mi vida a flote. Pero si no te arriesgas no haces nada en la vida y en esto cada día te arriesgas.

Las dudas en Ruanda

¿Los momentos críticos?

Cuando estaba agobiada de trabajo y tenía más de cien obras entre manos y tenía que decirle a la gente que esperara. Pero tuve una interrupción en mi trabajo muy bonita. Unos amigos se fueron a Ruanda. Me llamaron para decorar el hospital y fui. Yo vivía con mi madre que ya era mayor y al irme me preguntó si nos volveríamos a ver. Trabajé de todo en el hospital y por la tarde me dedicaba a decorarlo. Hicimos hasta camisones y sábanas. Si no hubiese tenido a mi madre tan mayor me queda la duda de si hubiese regresado a Tudela para liquidar todo y volver a Ruanda.

¿Qué artistas, arquitectos, decoradores o pintores le iluminan en sus gustos? ¿Existe una escuela de la mirada para ser decoradora?

Me gusta la pintura moderna. Me gustan también los impresionistas, pero me voy más hacia Picasso, a Miró y hacia los pintores alemanes de hoy. He llegado a tener tres originales de Picasso y un Matisse.

Y ha llegado a decorar hasta una comisaría...

Nuestra profesión es muy variada. No sabes qué encargo llega por la puerta. Lo mismo trabajas en casas palacio que en hoteles, que tienes que viajar a una masía en el Ampurdán o a un cortijo en el sur o a La Mancha. Lo de la comisaría fue una anécdota. Era un edificio en Tudela, el de la cárcel vieja, que lo habilitaron para comisaría. Ahora hemos acabado unas oficinas y despachos para una compañía inglesa.

¿Es un trabajo para clientes ricos?

No. Trabajamos para todo tipo de gente. Desde jóvenes que se van a casar a bancos. Conoces muchas personas y muy distintas.

En su especialidad se da en mayor medida el diálogo del artista-decorador con el receptor de la obra. ¿Cuál es el "abc" o el manual de su profesión?

Cierto. Lo primero que tiene que tener un decorador es psicología. Luego estudiar el entorno. No puedes hacer una casa igual en el campo o en la ciudad, ni para un estilo de vida u otro. Estudias todo: cómo son ellos, cómo van a vivir... Les propones lo qué harías y un presupuesto. Y en comunicación con ellos trabajas. Hay clientes que te dicen: he comprado una finca y déjamela bien. Y es eso es una responsabilidad. Y algo muy importante: trabajar con honradez. Nunca meter una pieza por quitártela. Eso es fatal porque por medio está tu moral y tu nombre. Cuando tengo alumnos y alumnas de la Escuela de Arte de Corella les digo que nada es fácil. Cada día hay que aprender algo. Y el que crea que lo sabe todo es que no es humilde. Hay que aprender de una exposición, de un paisaje, de un arquitecto.

¿Sigue recorriendo el mundo?

Ahora he estado en Milán. Y si hay una exposición, cojo el avión y vuelo porque tienes que estar informada. No me comparo con nadie, pero otros, por vivir en poblaciones grandes, no ven más que nosotros.

¿Con qué le gustaría decorar el mundo?

Me gustaría hacer muchas cosas. Pero una de las que hago más a gusto es restaurar casas antiguas en el campo. Lo que haces es volverlas al esplendor que tuvieron. También he trabajado en iglesias porque hace años no había especialistas e iba con mi equipo a limpiar un retablo.


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